"Seguí espía todas las multitudes que se esconden en él y las pone a la luz con la fría pasión del soñador despierto". Jacques Meunier, citado por el diario Clarín en 2019.
Antonio Seguí, el artista que usó su propia imagen para reírse de los destinos posibles
Con elementos de la caricatura, referencias históricas y humor, el pintor cordobés trabajó su "Autorretrato de las vocaciones frustradas" como una reflexión sobre la identidad. Es un trabajo que permite descubrir hasta qué punto sus experiencias personales alimentaron una mirada cáustica sobre la sociedad.

La última entrega de "Obras que cuentan" siguió el recorrido de Raymond Monvoisin, el pintor bordelés que llegó a Buenos Aires en 1842, camino a Chile, y dejó un retrato inconcluso de Juan Manuel de Rosas que Eduardo Schiaffino fue a buscar a Boulogne-sur-Seine varias décadas después.
En esta undécima entrega, también hay un viaje. En octubre de 1963, un cordobés de 29 años, Antonio Seguí viajó a París con el dinero de la venta de "Autorretrato de las vocaciones frustradas", una pintura que el Instituto Di Tella había adquirido por impulso de Jorge Romero Brest. Se quedó para siempre.

Seguí nació el 11 de enero de 1934 en Villa Allende, Córdoba. A los 17 hizo su primer viaje a Europa, donde asistió a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, y a la École des Beaux-Arts de París. Encontró a Goya, a Daumier y a Gutiérrez Solana, tres maneras de mirar la sociedad con lucidez y mordacidad. Aspectos, sobre todo el segundo, que su obra posterior no iba a olvidar.
De regreso, estudió abogacía en Córdoba y militó en la juventud frondizista. Esa doble pertenencia, la del joven que podía haber sido abogado o político y la del que ya dibujaba, es la materia secreta del cuadro que hoy nos ocupa en la sección de Arte de El Litoral.
El giro de 1963
La historiadora Isabel Plante, en un texto del Museo Nacional de Bellas Artes, sitúa la obra en un punto de quiebre. Hacia 1962, Seguí había dejado atrás una abstracción lírica de tonos terrosos. Con obras como esta, aclaró la paleta, aligeró la carga matérica y delineó las formas con mayor nitidez. En su iconografía entraron a partir de este momento letras, números, flechas y tachados.

Ese año participó del Premio Nacional del Centro de Artes Visuales del Di Tella. Romero Brest, su director, promovió la compra del "Autorretrato", y la suma resultó suficiente para la estadía en el extranjero. En París, Antonio Berni le prestó su taller por un tiempo. Su profesionalización, según Plante, se aceleró. Expuso en la Bienal de París y, al año siguiente, tuvo muestras individuales.
Las vidas posibles
La obra es de gran formato y está dividida en seis recuadros. En cada uno aparece el rostro del artista, la misma fotografía, fotocopiada y adherida a la tela. Sobre esa base, Seguí hizo con su propia imagen lo que había ensayado con las fotos de la serie de Felicitas Naón, es decir, agregarle rasgos y vestimentas con pinceladas rápidas hasta volverla caricatura.
Las inscripciones son como pistas. En el ángulo superior derecho, el pintor luce una melena y la leyenda dice "año 1905". Plante propone leer allí una alusión a la sublevación radical de ese año. En el ángulo inferior derecho predominan rojo y blanco, colores de la UCR, y Seguí aparece como militar. Al lado, la fecha "1935" remite al regreso del radicalismo a las urnas, tras el gobierno de Justo.

Décadas más tarde, el artista lo explicaría. "Tuve que elegir entre la pintura y la política y me quedé con la pintura". Y agregó que tampoco había entendido cómo funcionaba el medio político, del mismo modo en que no había entendido el artístico en Buenos Aires.
El humor como método
El periodista Demian Orosz, en La Voz del Interior, describió el conjunto de la obra de Antonio como "un gran retrato de la comedia humana", con elementos de la caricatura, la historieta, las tiras cómicas y una ironía que a veces crece hasta el sarcasmo. Y vinculó eso con el humor cordobés.
"Siempre ha habido un cordón umbilical dirigido por el humor y sale de Córdoba. Es un humor adquirido, es parte de mi vida, de mis sentimientos, de la relación con el mundo y con la gente", aseguró alguna vez el propio artista. Otra marca de su iconografía es la figura del hombre con sombrero, que Seguí atribuyó a sus recuerdos de infancia, cuando los hombres llevaban sombrero.

Camila Palacios, en un texto para el catálogo de la muestra del Museo Nacional del Grabado, sumó otros recuerdos, los de su padre y su abuelo, el almanaque de Alpargatas ilustrado por el inefable Florencio Molina Campos, las historietas y el almacén de ramos generales de la familia.
Una obra que se multiplicó
Seguí representó al país en la Bienal de Venecia y sus obras integran casi cien colecciones públicas, entre ellas las del MOMA y el Centro Pompidou. En 1988 creó el Centro de Arte Contemporáneo en Córdoba, y en los 90 sus esculturas de "La Familia Urbana" fueron un hito. En 2020, el Museo Nacional del Grabado exhibió "Antonio Seguí. Grabados del patrimonio, colecciones y donación".
Visto desde esta perspectiva, el "Autorretrato" parece anticipar el método. Un mismo rostro que se copia, se repite y se disfraza prefigura a esos hombres pequeños con sombrero que, según Selena Mattei, caminan como autómatas por paisajes urbanos laberínticos, y que de cerca son individuos pero, desde lejos, forman un patrón.








