La entrega anterior de "Obras que cuentan", la número nueve desde que iniciamos este espacio, aludía a una pintura de Alfredo Guttero, que su polémico autor donó al Museo Nacional de Bellas Artes para "forzar su propia entrada" a una institución que lo miraba con recelo. La de hoy es completamente distinta.
El retrato de Rosas que un pintor francés dejó sin terminar en la Buenos Aires del siglo XIX
Raymond Monvoisin llegó a la ciudad en septiembre de 1842, rumbo a Chile, pero encontró clientes y prolongó su estadía. De aquel paso quedó una pintura inconclusa de Rosas, atravesada por las dudas sobre su origen y por el relato del temor que el artista dijo haber sentido.

Para entender su historia, hay que ubicarse primero en 1903. Eduardo Schiaffino se encuentra en Europa en misión oficial, para adquirir obras destinadas al mencionado Museo. En Burdeos le llega un dato: en una casa de Boulogne-sur-Seine hay un retrato de Juan Manuel de Rosas, pintado por un francés que había estado en Buenos Aires. Tras una negociación laboriosa, se lo lleva.
En esta décima entrega del espacio de la sección Arte de El Litoral pensado para detenerse frente a una obra y tratar de reconstruir su recorrido, nos ocuparemos precisamente del "Retrato de Juan Manuel de Rosas", de Raymond Monvoisin. Es un cuadro inconcluso, detrás del cual hay miedo, cálculo comercial y una mirada sobre el poder.

Un pintor de la corte
Raymond Auguste Quinsac Monvoisin nació en Burdeos en 1790, en una familia de la alta burguesía, y la Academia de su ciudad lo premió antes de cumplir 23 años. Un retrato de la duquesa de Angulema, pintado durante la visita de la familia real a Burdeos, le valió el reconocimiento de Luis XVIII y el dinero para instalarse en París.
Allí ingresó al taller de Pierre-Narcisse Guérin, el maestro neoclásico, y tuvo por compañeros a León Cogniet y a Eugène Delacroix. En 1821 compartió el Premio de Roma en un galardón doble, otorgado después de la polémica por el triunfo de Joseph-Désiré Court. Fueron cuatro años de residencia en la Villa Medici.
De vuelta en Francia desde 1826, pintó retratos y escenas para las galerías históricas de Versalles. Entre quienes posaron para él había jóvenes chilenos de paso por Europa, como Mariano Egaña, José Miguel de la Barra, los hermanos Santiago y Luis Rosales.

Esos vínculos terminarían ofreciéndole la salida que necesitaba. En sus memorias, el pintor dice que en esa época estaba "cansado por la falta de éxito monetario y honorífico" y decía haber vuelto los ojos "hacia el extranjero". En 1842, por intermedio de Francisco Javier Rosales Larraín, el gobierno chileno lo alentó a fundar una escuela de pintura en Santiago.
Tres meses en el Buenos Aires de Rosas
Monvoisin llegó a Buenos Aires en septiembre de 1842. Su destino era Santiago, y la ciudad rioplatense debía ser una escala. Pero aparecieron los clientes, entre ellos el cónsul de Cerdeña, Picolet d’Hermillon, y miembros de la élite porteña. Así, la escala se convirtió en una temporada de trabajo.
Para el cónsul pintó tres cuadros de gran formato: "Soldado de la guardia de Rosas", "Porteña en el templo" y "Gaucho federal". Se cuentan entre lo mejor de su producción americana. Roberto Amigo observa que de esa estadía salió algo que sería muy importante en su obra posterior, el uso del cuero como soporte.

El artista, según se desprende de las fuentes analizadas, supo agradar a los federales sin dejar de presentarse como neutral. Cabe recordar que en 1842 Rosas ocupaba la gobernación de Buenos Aires con facultades extraordinarias y manejaba, más por vínculos personales y clientelares, una confederación de provincias autónomas.
Una cabeza, un poncho y la opinión de Mitre
El retrato de Rosas está sin terminar. Según el mencionado Roberto Amigo, su atractivo reside en la fuerza de la cabeza, que el cuerpo volumétrico del poncho negro, listado en bandas amarillas y rojizas, destaca contra el cuello blanco de la camisa. El contraste es tenue, y alcanza para enmarcar el rostro.
Bartolomé Mitre, que conoció a Rosas, hizo un comentario sobre la obra del cual el propio Schiaffino tomó nota. Le pareció “el retrato más parecido” que conocía del prócer, con "mucho de emperador romano, pero atenuado y corregido por un marcado acento criollo".

La frase sirve también para entender al pintor. Un alumno de Guérin que llegaba a Buenos Aires con un repertorio hecho de emperadores y héroes, y se encontró de pronto con un modelo al que ese molde casi le calzaba, pero no del todo.
Un Rosas sin uniforme
La iconografía de Rosas fue un instrumento de fuerte carga política. Circuló a través de grandes óleos retóricos de exhibición pública y en litografías de amplia difusión, y trabajó, dice Amigo, tanto el consenso como la coerción. Su rasgo más constante era el uniforme militar de brigadier, con los atributos del cargo y la condecoración de la Campaña del Desierto.
El poncho, en cambio, aparecía en otro lado. Lo usaba la prensa ilustrada de los exiliados en Montevideo para sostener la diatriba del gaucho bárbaro. Ese es el espacio que ocupa el cuadro de Monvoisin, en el estrecho espacio entre la efigie oficial y la caricatura opositora. Amigo señala que, dentro de la vasta iconografía rosista, esta imagen es singular.

La partida hacia Chile
Monvoisin se fue de Buenos Aires el 29 de noviembre de 1842. El viaje hasta Mendoza duró cincuenta días, y en el camino su coche zozobró y perdió unos 9.000 francos, buena parte de lo ganado en la capital. Cruzó la cordillera en enero de 1843 y recordó la travesía como dura, por los precipicios y peligros.
En sus memorias, Monvoisin contó que temió caer bajo las represalias de Rosas y que debió partir en secreto. También relató que, en el viaje, una tropa rosista habría perseguido a la caravana en la que viajaba. Según su versión, logró escapar porque divisaron a lo lejos el color rojo de las vestimentas de los estribos y tuvieron tiempo de montar a caballo.
Sobre eso hay otra versión. Los descendientes del pintor aseguraron a Schiaffino que el retrato era el estudio preparatorio de un retrato ecuestre de tamaño natural, ejecutado en Chile y perdido durante la guerra franco-prusiana. Sin embargo, Amigo la considera poco factible.

Monvoisin -dice el especialista- era un artista muy atento al aspecto mercantil, y no habría resignado el pago por una obra de esa importancia. Además, en Santiago lo rodeaban exiliados unitarios, para uno de los cuales pintó en 1843 un retrato del derrotado general Lavalle. Y la hipótesis choca con la huida. Lo único innegable, concluye Amigo, es que el retrato fue tomado del natural.
Después de Rosas
En Chile lo esperaba el éxito. En marzo de 1843, la exposición en la Antigua Universidad de San Felipe abrió una racha de encargos, y pintó a Andrés Bello, a Manuel Bulnes y a José Miguel Infante. Con su socia Clara Filleul viajó a Lima en 1845 y a Río de Janeiro en 1847, donde retrató al emperador Pedro II y fue condecorado como caballero de la orden del Cruzeiro.
Su influencia llegó también al otro lado de los Andes. Amigo la ubica en los inicios de la pintura de historia de Benjamín Franklin Rawson y en los textos sobre arte de Domingo Faustino Sarmiento, exiliado en Santiago.

La casa de Boulogne
Monvoisin murió en 1870, en las afueras de París, y El Mercurio de Santiago lo despidió como "el fundador del gusto de la pintura en Chile". Tres décadas después, Schiaffino entró a la casa de Boulogne-sur-Seine donde el retrato había quedado en manos de su sobrino.
Junto al cuadro se llevó una copia de la autobiografía del pintor y de su breve diario de viaje a Sudamérica, es decir, el relato en primera persona que hoy la historiografía lee con cautela. También compró un paisaje que, a su vuelta, catalogó como "Calle de Italia", aunque lo había descrito como “un bonito estudio” de casas bajo el sol.








