Llegamos a la octava entrega de "Obras que cuentan". En este espacio pensado en la sección Arte de El Litoral, nos detenemos cada semana frente a una pintura, escultura o grabado para ir un paso más allá de lo que salta a primera vista. Y recordar cómo se gestó, qué dijo en su momento y qué sigue diciendo hoy.
La pintura que Guillermo Kuitca hizo a los 22 años, entre ecos de Borges, Carpentier y la sombra de la dictadura
En 1983, el artista pintó "La consagración de la primavera", una obra influida por la literatura y también por Pina Bausch. En el final de la dictadura, el Kuitca creó una escena que establece un diálogo con el clima de un país que estaba a punto de recobrar la democracia.

En esta oportunidad, la obra elegida es "La consagración de la primavera", que el artista Guillermo Kuitca pintó en 1983. Acrílico sobre tela de 150 por 300 centímetros, integra la colección del Museo Nacional de Bellas Artes y es la pieza que abrió una pequeña serie que el artista realizó entre dos de sus ciclos más largos, "Nadie olvida nada" y "El mar dulce".
En la composición, según explica Viviana Usubiaga en un texto creado para la web del mencionado museo, conviven un poema de Jorge Luis Borges, una novela cubana, una coreógrafa alemana y, sobre todo, el clima de un país que trataba, con tambaleos, de recuperar la democracia, tras la larga noche de la dictadura.

Kuitca tenía 13 años cuando expuso por primera vez en la galería Lirolay, en 1974. Era ya un fuera de serie. Para cuando pintó esta obra, con 22 años, ya había estudiado Bellas Artes y también había vivido un episodio que reorientó su lenguaje y que fue el encuentro, en 1980, con el teatro de Pina Bausch, bailarina y coreógrafa.
Una obsesión escénica
La artista alemana visitó Buenos Aires ese año y su impacto en Kuitca fue de tal que, a pesar de que apenas tenía 19, viajó a Alemania para trabajar con ella. De regreso al país, esa experiencia derivó en una incursión teatral propia, en sociedad con Carlos Ianni, que convivió y hasta "compitió" con su producción pictórica.
Esa doble práctica, pintura y teatro, explica algo de lo que ocurre en "La consagración...". A diferencia de las figuras que flotaban sin referencia espacial en fondos rojos, azules y blancos y amarillos en "Nadie olvida nada", acá los personajes empiezan a habitar escenarios teatrales.

Título prestado, no traducción
El nombre remite a Igor Stravinsky, pero lo cierto es que el vínculo es indirecto. Kuitca lo tomó, en realidad, de la novela homónima de Alejo Carpentier, publicada en 1978, que había leído en 1980 y que intentó llevar al teatro dos años más tarde.
La novela, que sigue a una bailarina rusa refugiada en Cuba y a un joven burgués cubano que emprende la militancia revolucionaria, trabaja la muerte y renacimiento de la suite de Stravinsky en un alegato contra el racismo y los regímenes autoritarios. Que Kuitca retomara eso en 1983, al final de la dictadura militar, dice mucho.
El rabino, el Golem y el insomnio de Borges
Bajo el mismo título, Kuitca realizó en años sucesivos tres pinturas sobre el judaísmo, el comunismo y la homosexualidad como experiencias de persecución de minorías en Occidente. En todas buscaba algo parecido a un ritual de celebración, la puesta en escena de una comunidad que persiste pese a las circunstancias adversas.

En esta obra en particular, la elegida para esta columna hay, además, dos poemas de Borges como inspiración, que son "El Golem" e "Insomnio". El primero aparece en la figura de un rabino que emerge de espaldas, hacia la izquierda de la composición pensada por Kuitca, observando desde cierta altura a su descendencia.
El segundo poema se filtra en el tono ferroso de los telones que dominan la escena y en la atmósfera nocturna y afiebrada de toda la pintura, donde se acumulan referencias a la música, el cine, la fotografía y la literatura, tan propias del cruce de lenguajes que caracteriza al autor.
La orquesta que sobrevive
Hay también un poema de Arturo Carrera, del libro "Children's Corner", que había formado parte del prólogo del catálogo de la muestra donde probablemente se exhibió por primera vez esta obra: la Galería del Retiro, en 1984.

Esa idea de anhelo de totalidad se traduce en la precariedad deliberada de las pinceladas que delinean las figuras, sobre todo las que componen una orquesta que recuerda a las que existieron en los campos de concentración.
Los músicos tocan y sobreviven mientras algunos se hunden, junto a una mujer en el extremo izquierdo que, como muchos personajes de Kuitca de esos años, oculta el rostro. Viviana Usubiaga, afirmó que esas figuras "imprimen algo del orden de lo ominoso en su pintura".
El grupo, el taller y lo que siguió
En 1983 Kuitca "prestó" el título de esta serie para una muestra colectiva en el Espacio Giesso, junto a Alfredo Prior, Armando Rearte, Osvaldo Monzo y Rafael Bueno.

Había estudiado pintura en el taller de Ahuva Szlimowicz, y más brevemente con Víctor Chab, y era parte de esa generación de artistas que empezó a desarrollar su lenguaje en el cruce entre la supervivencia a la represión y la experimentación con la libertad recién estrenada.
Ese mismo año había participado en las muestras de arte joven organizadas por Jorge Glusberg, recibido el Gran Premio de la Bienal Arché y sido distinguido como Artista Joven del Año por la Asociación Argentina de Críticos de Arte.
La historiadora Mercedes Casanegra colocó esta serie dentro de una constante de su obra, los grandes interiores a modo de escenario, donde el piso se rebate hacia el espectador y el sujeto aparece vencido, minimizado, incapaz de salir de su propio drama interior.
Hacia 1992, Kuitca abandonaría estas alegorías para volcarse a las plantas de departamentos, los mapas y los planos de ciudades que terminarían de establecer su lugar en el mundo del arte contemporáneo internacional.








