En los laberintos del tiempo, en los misterios de esa ciudad que lo vio nacer, en un barrio con holgura económica e históricas -y encumbradas descendencias patricias-, con grandes casonas, compitiendo unas contra otras, comenzó "Georgie" (intra familiar) a respirar. Mucho conservadurismo.
J.L.B. (Georgie), soberano de las metáforas
El autor de "El Aleph" y "Fervor de Buenos Aires" transformó las letras argentinas con su singular visión del mundo, entre metáforas y laberintos literarios.

Apellidos ilustres, heredados tras varias generaciones, que hoy tienen nombres de calles, plazas y paseos. A muy temprana edad arremetió el abra, con el destino de libros. La biblioteca del padre, lo abrazó desde niño. Se sumergió en idiomas, en lejanos confines, en arcanos de las religiones, en filosofía y variadas poesías.
Siendo todavía un niño, aprendió el idioma inglés que le enseñaba su abuela británica. Se dice que con tan solo nueve años tradujo al castellano el libro "El príncipe feliz", de Oscar Wilde.
Y cuando afinó su intelecto, insufló interminables ideas en los cerebros de los leyentes. Salpicó enseñanzas desde la cátedra, y a pesar de no caminar mucho entre los malevos de las orillas, con poco conocimiento carnal, los describió sin hesitar: "Cómo habrá sido aquel hombre... alto lo veo y cabal" (don Jacinto Chiclana).
Pero uno de sus hábitos era caminar el sur de aquella que describió con "Fervor de Buenos Aires". Este es el punto de partida para leerlo. El que no conoce a Jorge Luis Borges argumenta que es muy difícil, muy intelectual, pero esto no es así, tiene de todo, desde lo más simple hasta lo más complejo.
Entonces digo: hay que animarse y empezar con el "Fervor". A este libro lo escribió a su regreso de Europa con su familia, muy joven aún. Acopiamos aquellas frases inmortales: "quizá la historia universal, es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas".
Nos dejó su estudio e interpretación de la esfera de Blaise Pascal ("Otras Inquisiciones"): "el universo es todo centro, el centro del universo está en todas partes y la circunferencia en ninguna". ¡Soberano de las metáforas! Pero había mucho más en él. Imaginó y describió un mundo, donde caben todos los mundos ("El Aleph").
Vaya, que adelanto de internet tantas décadas antes. Inventó ficciones, de ficciones, de ficciones, en ese mundo de espejos que pergeñó. Buceó, extensamente, en la literatura de los países nórdicos de Europa. Viejas leyendas, ásperos hombres, inextricables poesías.
Se zambulló en esa respetada simbiosis de Honorio Bustos Domecq. Enarboló distintos gustos en las letras: relatos, poesías, cuentos, ensayos, narraciones. En el ámbito de la ironía, que siempre profesaba, dictaminó por qué no escribía ni le gustaban las novelas.
Decía que eran interminables (700, 800 páginas), tediosas, y que uno, casi llegando al final, no sabía quién era quién, o qué personaje era bueno o malo. En definitiva, un galimatías bastante indescifrable.
Pero hay otra más maligna, porque en este terreno -el de la ironía- algo o mucho de malicia tenía: cuando le preguntaron qué opinaba de Horacio Quiroga (otro célebre cuentista de los nuestros), dijo: "es un hombre con apariencia de leña". Él afirmaba haber leído los cuentos de Quiroga…
Con respecto a Ernesto Sábato, tuvo una relación compleja, entre la mutua admiración, distancia intelectual y rivalidad política. Se conocieron en los años cuarenta en el círculo de Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo. La tensión inicial entre ellos se suscitó luego de que Jorge Luis le devolviera a Ernesto un manuscrito de "El Túnel" con correcciones.
A pesar de las chanzas y la distancia irónica de Borges hacia Sábato, prevaleció el reconocimiento de dos grandes intelectuales argentinos, previa reconciliación en los setenta.
El fragor de las fuertes luchas ideológicas, de otros tiempos y otros escenarios -incólume postura intelectual- lo llevó a enfrentarse en forma rígida con sus adversarios, lo cual resultó en exilio no deseado. Habitó amores, ocupando el primer puesto de la grilla, su madre.
Luego, practicó quereres con varias mujeres, el de Platón, que no busca la belleza simple, pues se persigue lo bello de quien se ama; porque el malusado "amor platónico", se queda en la belleza física, idealizando y creyendo que el amor es algo inalcanzable. El más punzante fue el de Estela Canto, de entrañables lazos emocionales e intelectuales.
Todo se desarrolló en perfecta armonía, comunión de corazones, y como establecía el mandato de época, debían casarse. Ella propuso como requisito previo unirse carnalmente, lo cual hizo que él, en su habitual timidez y recato, levantara una barrera entre los dos; el escenario de la pasión estaba muerto.
Estela dejó un libro clave sobre Borges, que se titula "Borges a contraluz", aparecido en el año 1989. Allí narra, desde una perspectiva íntima, su relación de amistad y afectiva con el escritor, en los años cuarenta. Revela rasgos de su personalidad, cartas de amor y polémicas familiares.
En lo más aquilatado de su existencia, quedó privado de las luces, de los paisajes, de los amaneceres, de los crepúsculos, de sus seguidas palabras. En definitiva, de todo lo que lo rodeaba. Pero, sus creaciones siguieron -para bien de todos- intactas.
El agnóstico, el de las ficciones, las metáforas y los espejos, recibió cargos y honores: dictó cátedra, dirigió la Biblioteca Nacional, fue halagado con varios premios, nacionales e internacionales. Solo le faltó uno, el más importante para un escritor, sobre todo de su talla, el Premio Nobel de Literatura, injustamente negado.
Se dijo en muchos ámbitos, que la Academia no le otorgó el más encumbrado de los galardones porque la narrativa era poco representativa de su país (se reserva el beneficio de la duda).
Producido el golpe militar de 1955, titulado por los usurpadores "Revolución Libertadora" (para otros, "Liberticida"), fue nombrado director de la Biblioteca Nacional Argentina. Él, con su conocido sarcasmo, definió la coincidencia como una "magnífica ironía" y agregó "un lento crepúsculo".
Ahí, quedó totalmente ciego, tras varios años de progresiva pérdida de la vista, a la vez que quedaba a cargo de novecientos mil libros. Él plasmó allí una célebre frase: "Dios me dio a la vez los libros y la noche".
Sus restos descansan en el Cementerio de los Reyes -conocido también como Cimetiere de Plainpalais-, ubicado en la ciudad suiza de Ginebra, desde su fallecimiento el 14 de junio de 1986. En el lugar reposan otras figuras de renombre mundial, como Juan Calvino y Jean Piaget.
El panteón familiar está en la Recoleta en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, solo que el escritor eligió pasar sus últimos días y ser sepultado en Suiza. La perfecta y profunda sentencia del más grande, dice: "Dejo a los varios porvenires (no a todos), mi jardín de senderos que se bifurcan".











