"Entendemos que la crítica, sin olvidar las reacciones sensibles y el juego de la imaginación, debe enriquecerse por sus fundamentos teóricos y por su modo inteligente de explorar la realidad, lo que no significa en modo alguno que la concibamos como una fría estructura de ideas".
El paso de Jorge Romero Brest por Santa Fe y su provocadora conferencia sobre el arte en crisis
Fue el 23 de septiembre de 1970, en el Club del Orden. El afamado crítico habló de los jóvenes que dejaban de pintar, del agotamiento de ciertos lenguajes y de las nuevas formas que comenzaban a surgir.

El 23 de septiembre de 1970, el crítico Jorge Romero Brest (1905-1989) habló durante casi dos horas en el Club del Orden de Santa Fe. Invitado por la institución, dedicó su exposición a la crisis que vivía, desde su perspectiva, el arte contemporáneo y a los cambios que estaban poniendo en cuestión la idea misma de obra de arte.
La conferencia tuvo humor, polémica y una preocupación de alcance internacional. Frente a galeristas, artistas plásticos, funcionarios y numeroso público, Romero Brest trató de interpretar qué ocurría en el mundo del arte y qué podía surgir de esa etapa de cambios.
Lo presentó Jorge Taverna Irigoyen, quien lo definió como un "investigador de los fenómenos estéticos de vanguardia". Entre los asistentes se encontraba Ricardo Passeggi Cullen, entonces director de Cultura de la provincia.

La crisis del arte a comienzos de los 70
Romero Brest ubicó el problema en términos geográficos. A su entender, la crisis y la encrucijada del arte contemporáneo se manifestaban a escala mundial, mientras que en la Argentina aparecían apenas parcialmente en Buenos Aires.
Santa Fe, según su lectura, permanecía al margen de ese proceso, aunque había tenido una experiencia que consideraba positiva: la intervención de Lea Lublin. Nota al pie: en 1969, Lublin había realizado Fluvio Subtunal, una propuesta vinculada a los festejos por la inauguración del túnel subfluvial, que obtuvo amplia repercusión.
El punto de partida de Romero Brest era una concepción precisa de la obra tradicional. Un cuadro, sostuvo, guste o no guste, es una cosa terminada, una proposición que puede ser aceptada o rechazada.
Mientras los artistas producían obras como "proposiciones finitas", explicaba, tenía sentido una actitud valorativa. De allí su afirmación de que el valor hacía a la "esencia del arte", del mismo modo que podía hablarse de la esencia del hombre.
Pero algo había empezado a cambiar. Hacía unos cinco años, según su mirada, se habían producido cambios violentos en el campo artístico. El happening era un ejemplo. Los artistas jóvenes comenzaban a cuestionar la necesidad de pintar cuadros y algunos habían dejado de hacerlo.

Del cuadro al "arte de la proposición"
Las nuevas generaciones, según Romero Brest, buscaban formas que se apartaran de las grandes tendencias que habían surcado las décadas anteriores. El cubismo, el informalismo y otras corrientes que habían dominado el arte décadas antes.
Eso afectaba también la relación entre artista, obra y espectador. En el arte tradicional podían distinguirse creador, cuadro y contemplador. El cuadro era una suerte de intermediario entre quien producía y quien observaba.
Para Romero Brest, esa estructura empezaba a entrar en crisis. "Creo que la cultura de los jóvenes es una cultura de comunicación por inmanencia", sostuvo durante la conferencia.
Los jóvenes desconfiaban y aspiraban a una relación sin intermediarios. De allí surgía lo que denominó "arte de la proposición", una forma de producción que, según explicó, era llamada "conceptual" en Estados Unidos y "pobre" en Italia.
Era un arte que podía parecer "una cosa estúpida", admitió. Pero entre quien todavía balbuceaba una lengua vieja y quien intentaba descubrir otra cosa, aún de manera torpe e infantil, Romero Brest encontraba una posibilidad nueva.

Cuando el refinamiento empieza a agotarse
El crítico también se detuvo en los artistas del expresionismo abstracto norteamericano y en aquellas formas que podían resultar difíciles de aceptar.
Recordó una exposición que había visto en Alemania, donde estaban reunidos algunos de los grandes nombres de esa corriente. Allí, dijo, había comprendido que la búsqueda de una "superperfección de lo sensible" podía llevar el arte hasta un punto en el que dejara de ser lenguaje.
En esa regresión ubicó a Rómulo Macció y a Francis Bacon, cuyo nombre había adquirido resonancia una década antes. También mencionó a Pablo Picasso, a partir de un óleo que había visto en Londres y que calificó como "mal pintado".
El exceso de refinamiento podía terminar empobreciendo la capacidad del arte para hablar. Por eso, según Romero Brest, esos artistas "balbuceaban". El lenguaje se encontraba frente a una dificultad que no era simplemente técnica.
La pregunta era cómo volver a producir sentido después de haber llevado un lenguaje artístico hasta sus límites. "Parecería que lo más nuevo es la supresión del juicio valorativo", afirmó.

¿Por qué los jóvenes habían dejado de pintar?
Una parte de la conferencia estuvo dedicada a explicar por qué la pintura tradicional había perdido fuerza entre los artistas más jóvenes.
Romero Brest vinculó la representación con el conocimiento. Representar era saber, sostuvo. Desde el siglo XV hasta el XVII, artistas como Velázquez, Rubens y Zurbarán habían enriquecido el lenguaje pictórico a través de una práctica que implicaba una determinada concepción de la representación.
Esa concepción había comenzado a transformarse. Según su lectura, durante cuatro siglos había predominado una cultura de representación basada en la infinitud del ser. En el siglo XIX comenzó a imponerse la idea del hombre como un ser finito.
La representación, entonces, dejó de resultar suficiente para expresar la experiencia contemporánea. Y allí Romero Brest encontraba una de las razones de la angustia de la vida moderna. Para pintar cuadros, planteaba, había que tener fe. Los jóvenes, en cambio, habían perdido esa fe.
La crisis del cuadro no podía entenderse, entonces, como una simple sucesión de modas artísticas. Detrás de ella había un cambio en la relación entre representación, conocimiento, hombre y realidad.

La desaparición del artista como figura especial
Romero Brest llevó luego la discusión hacia la dialéctica. En el arte tradicional distinguía tres términos, creador, cuadro y contemplador. El cuadro, decía, interrumpía la dialéctica existencial.
De allí surgía la búsqueda de una relación sin intermediarios y la desconfianza de los jóvenes frente a aquellos “sentimientos innominados” de los que había hablado Baudelaire. "Estamos en una peligrosa etapa de destrucción y hay que seguirla para saber lo que queremos", afirmó.
En ese contexto aparecía su idea de prospectiva. La cuestión consistía en observar cómo se desarrollaban los procesos. "Creo que lo que importa no es adónde vamos a llegar, sino cómo se plantean los procesos, que interesan más que las cosas procesadas", sostuvo.
Este escenario también cambiaba el lugar del artista. La prospectiva buscaba nuevas formas de arte sin intermediarios y, en ese proceso, el artista podía dejar de ocupar el lugar de un ser especial dentro de la sociedad.

"Hay que pensar sobre el pensar"
La conferencia volvió entonces sobre el arte como una forma de pensamiento. "Hay que pensar sobre el pensar", sostuvo Romero Brest. También afirmó que el arte había sido históricamente para pocos o muchos, pero nunca para todos, y debía serlo.
En otro tramo habló de la economía de consumo simbólico, en relación con una Argentina que, según su lectura, había salido de la etapa preindustrial. La reflexión lo llevó a discutir la idea de que el desgaste de todo aquello que se produce, se usa y se destruye necesariamente deba ser entendido como una forma de alienación.
Allí apareció Herbert Marcuse. Romero Brest se preguntó si ese desgaste era realmente tan alienante como sostenía el filósofo alemán y afirmó, en contraste, que nunca como entonces el hombre había actuado con tanta libertad.
La provocación final
La conferencia terminó con otra alusión a Picasso. "Si fuera él e hiciera el balance de dónde están los cuadros que he pintado, me moriría de pena", dijo Romero. La razón, explicó, era que muchas de esas obras no estaban en manos de personas sensibles, sino de "patanes y ricos ignorantes". Pero, culminó, "éste es tema para otra conferencia".








