Augusto Schiavoni dejó de pintar unos ocho años antes de morir. Cuando falleció en Rosario, en julio de 1942, su obra era prácticamente desconocida para el gran público. Cuando la ciudad de Santa Fe le dedicó una exposición muy completa, en mayo de 1971, llevaba casi tres décadas muerto.
Augusto Schiavoni: el "pintor maldito" que Santa Fe rescató del silencio en 1971
Hace 55 años, más de sesenta trabajos del artista rosarino fallecido en 1942 fueron expuestos en dos salas de la capital provincial. El Litoral realizó una amplia cobertura de ambas exposiciones.

Más de sesenta trabajos (óleos y dibujos que abarcan desde su etapa florentina hasta los últimos años de producción) ocuparon de manera simultánea el Museo Municipal de Artes Visuales y la galería El Galpón, y pusieron por primera vez frente a los santafesinos la dimensión real del artista.
Un artista ignorado
El 22 de mayo de 1971 el Museo Municipal de Artes Visuales de Santa Fe inauguró una exposición de sesenta óleos y dibujos de Schiavoni. De manera simultánea, la galería El Galpón, que estaba en calle San Martín, abría sus propias salas con obras del mismo artista, iniciando así su temporada. La muestra permanecería abierta hasta el 30 de mayo.
El recorrido abarcaba toda la trayectoria del pintor: desde los trabajos realizados en Florencia bajo la guía de Giovanni Costetti, entre 1915 y 1917, hasta los últimos óleos de 1934, año en que la enajenación mental interrumpió su producción.

Las obras habían llegado a través de distintas manos: las de sus hermanas María Laura y Victoria Schiavoni, el Museo Provincial de Artes Visuales Rosa Galisteo de Rodríguez, y coleccionistas privados. El Fondo Nacional de las Artes y el Cine Club Santa Fe auspiciaron el evento.
Entre Rosario y Florencia
Augusto Schiavoni nació en Rosario el 18 de julio de 1893. Se formó en el Instituto de Bellas Artes Doménico Morelli y en la Academia Fomento de Bellas Artes, dirigida por Ferruccio Pagni.
En 1914 viajó a Italia. Se radicó en Florencia, donde pasó tres años en el taller de Costetti junto con su colega, el pintor Manuel Musto, y donde conoció a Emilio Pettoruti, figura central del arte argentino de vanguardia.
Esa estancia italiana fue muy importante. En sus óleos sobre cartón de pequeño formato se notaba la influencia del naturalismo académico, pero también una búsqueda propia: el interés por la luz, una paleta de verdes, violetas y rojos, y una pincelada empastada con reminiscencias de Cézanne.

Sus retratos de ese período tienen una fórmula característica: la figura en medio perfil izquierdo, la mirada dirigida al espectador en sentido contrario. Volvió a Rosario en 1917 con una formación muy importante, pero lo que desarrolló después fue algo distinto de lo que había aprendido.
Como señaló el crítico Jorge Taverna Irigoyen en las páginas de El Litoral durante la muestra de 1971, "pinta según su propia óptica emocional, con una paleta que es innegablemente suya, con formas casi totalmente desprovistas de volumen".
Un lenguaje pictórico inclasificable
Ubicar a Schiavoni dentro de alguna corriente resulta un ejercicio frustrante y, en el fondo, innecesario. Taverna Irigoyen lo intentó en su columna de junio de 1971. "No resulta fácil ubicarla dentro de determinado ismo o corriente expresiva, si bien existen algunas 'familiaridades' indirectas con movimientos de importancia".

¿Pintor naif? La precisión compositiva y el equilibrio de los espacios lo desmienten. ¿Intimista, cercano a los nabis como Bonnard o Vuillard? Hay algo de eso en su manera de penetrar el clima vivencial de los retratados. Pero Schiavoni tiene una carga expresiva distinta, más oscura y más quieta.
El crítico eligió, finalmente, una categoría propia: "pintor místico". Y la fundamentó con cuidado: ese respeto casi religioso por el color, la mansedumbre de sus personajes ("mitad de cartón, mitad de carne y hueso"), el silencio demiúrgico que rodea cada uno de sus temas.
La paleta de su etapa rosarina se volvió más sobria, reducida a planos apenas modulados. Las referencias primitivistas aparecieron en la simplificación formal, las figuras perdieron volumen, los contornos ganaron peso lineal, y la materia se volvió opaca, luminosa de otro modo.
Los retratos en el corazón de su obra
En esa exposición de 1971, los retratos fueron los que más dieron que hablar. Figuras con expresiones de particular angulosidad, miradas fijas, solución planimétrica total. Y sin embargo, algo en ellas trasciende lo visible.

Obras como "Figura de viejo" (1931), "El chico de la blusa blanca" (1933), el "Autorretrato de 1920", "Diana" o "El chico de la gorra" (1934) generaban en el espectador lo que Taverna Irigoyen describió como "una indescriptible sensación de parentesco, de conocimiento humano".
"El hombre de la azada", una de las obras que el propio pintor más valoraba, junto a "El alemán", era para el crítico "una inmanente experiencia estético-vivencial". Sus hermanas recordaron que Schiavoni tenía predilección por los viejos como figuras, que nunca especuló con su arte y que vivió "como un solitario pero sin desvincularse de la familia".
La enfermedad, el silencio, el olvido
En 1934, coincidiendo con la muerte de su madre, Schiavoni abandonó la pintura. La enajenación mental que lo acompañaría hasta su muerte se fue apropiando del espacio que antes ocupaba el arte. Murió en Rosario el 22 de julio de 1942. Tenía apenas 49 años.

Sus obras se expusieron póstumamente en muy pocas ocasiones. La de 1971 fue, por eso, algo más que una retrospectiva. Era el intento de corregir una ausencia. El catálogo de la muestra contó con la presentación de Gustavo Cochet, uno de los pocos amigos del pintor, quien lo había acompañado desde el regreso de Europa.
Una deuda
Más de medio siglo después de aquellas muestras en Santa Fe, la obra de Schiavoni sigue siendo territorio de especialistas y coleccionistas, raramente incorporada a los grandes relatos del arte argentino del siglo XX.
El Museo Juan B. Castagnino de Rosario lo reconoce como uno de los artistas más representativos de la historia del arte rosarino, pero la circulación de su obra permanece acotada.
Taverna Irigoyen lo advirtió con precisión en 1971: Schiavoni "vivió en soledad torturada, y cuya obra continúa todavía hoy sin ocupar su debido lugar, su lugar merecido, dentro de la plástica nacional". La frase, lamentablemente, no envejeció.








