Hermenegildo "Pipi" Lucero nació en Rafaela en 1946, vivió y trabajó durante décadas en San José del Rincón, y murió en Rosario en junio de 2016.
El ceramista santafesino que hizo del barro memoria viva
Artista rafaelino, Hermenegildo Lucero fue una de las voces más singulares de las artes plásticas santafesinas. Vivió y creó en San José del Rincón hasta su muerte en Rosario en 2016.

En ese arco de 70 años dejó una obra que abarca la cerámica, la escultura y la instalación, una extensa trayectoria docente y una presencia constante en el circuito de las artes plásticas santafesinas y del litoral argentino.
Lucero llegó a San José del Rincón a finales de los setenta. Lo que encontró allí fue el paisaje que acunaría toda su búsqueda. Los pajonales costeros, los pájaros, el ceibo, las enramadas. Esos datos de la naturaleza se convertían, en sus manos, en materia cerámica.

Desde su taller enseñó su técnica al pueblo y desarrolló una vasta actividad docente que lo convirtió en referencia de la plástica regional. No se quedaba encerrado en el estudio, era un "creador poroso al entorno", atento a lo cotidiano.
La cerámica como lenguaje
En 2006, el crítico Domingo Sahda escribió un descripción de la poética de Lucero. Se refirió al misterio de trasmutar la arcilla fría, gris, inerte en cuerpo cerámico de resplandecientes destellos, de tenues opacidades y leves acentos esgrafiados en superficie, en potente energía expresiva que empuja por imposición de presencia.
Esa alquimia (la transformación del barro inerte en objeto que irradia) era el centro de su trabajo. Sutiles entonaciones cromáticas, delicadas texturas, inquietos perfiles de proyección rotunda eran los rasgos que Sahda identificaba en las piezas. Regalos exigidos del autor al entorno, los llamaba. Señales que avisaban que los tesoros estaban ahí, con solo torcer la mirada hacia lo esencial.

El crítico Jorge Taverna Irigoyen ya lo había advertido en un texto publicado por El Litoral el 19 de mayo de 1971, hace 55 años, cuando Lucero expuso en la sede de la Dirección Provincial de Turismo de Santa Fe.
Escribió que sus terracotas estaban trabajadas con singular gracia y que sus figuras, a veces emergiendo del interior de sus propias vestiduras, metamorfoseadas en aves-doncellas, observaban una línea de misterioso humorismo.
La obra se convierte en ventana
En 2009, Lucero presentó en su propia casa de San José del Rincón la muestra "Visores”. Las obras no eran cuadros ni esculturas en el sentido convencional: eran cajas negras que contenían mundos, accesibles solamente a través de un pequeño orificio. Una ventana hacia adentro. Una invitación a mirar de otra manera.

La artista plástica Nanzi Vallejo, tras recorrer la muestra, describió la experiencia, según consta en El Litoral: por el pequeño orificio, algunos elementos sabiamente distribuidos e iluminados se aparecían detrás de aquella singular ventana que inmediatamente los transformaba en cuadro.
Trozos de madera, piedras, guijarros y racimos de uva de los que destellaba un color entre magenta y carmín conformaban los temas de aquellas pinturas que hacían olvidar su condición de efimeridad.
Lo que Lucero proponía era una lectura participativa y temporaria: el observador completaba la obra desde su propio universo íntimo. No había significado fijo ni interpretación correcta. El arte, sugería, no necesita imponer su condición de eternidad.

La muestra viajó luego al Museo Provincial de Bellas Artes Dr. Pedro E. Martínez de Paraná, inaugurada el 14 de agosto de 2009, con presentación del profesor Carlos Asiain y la organización de la Secretaría de Extensión Universitaria de la UTN Facultad Regional Santa Fe, la Asociación Cultural La Reja de la Tapera y la coordinación de Madreselva Lucero.
Una poética de la fugacidad
Lo que atraviesa toda la obra de Pipi Lucero es una obsesión por lo efímero. Sus obras atrapa la fugacidad de la vida, la señalan, la ofrecen como testimonio al tiempo y al hombre de este tiempo y para siempre, sintetizó Sahda.
Hay algo muy litoraleño: la conciencia del río que cambia, del paisaje que se transforma, de la naturaleza que no se detiene. Lucero no quería fijarla, la tomaba en el instante justo en que la materia dejaba de ser inerte y comenzaba a respirar.

Cada obra salida de su voluntad creadora huía de lo declamatorio para adoptar el temperamento del sentimiento conmovido. Esa sobriedad expresiva (ese contenido gesto y fervorosa convicción, como describió Sahda) fue quizás su marca más distintiva.
"Pipi" Lucero falleció en Rosario en 2016. Detrás quedó una obra que no cabe en una sola categoría: ceramista de formación y vocación, escultor, creador de instalaciones. Y docente, siempre docente: alguien que entendía que transmitir el oficio era también una forma de crear.








