La pared como primera hoja. Antes del papel, antes del lienzo, antes de cualquier soporte que la modernidad pudiera inventar, estaba la piedra desnuda. Y sobre la piedra, la mano de los primeros hombres que caminaron sobre la Tierra, dejando sus huellas y su necesidad de trascender.
Mauge Suárez y el color que se niega a quedarse en el papel
Durante mucho tiempo, la artista buscó la manera de expandir el dibujo más allá de sus bordes. En la exposición “Agua, color y silencio”, los muros del museo fueron la respuesta.

Mauge Suárez no habla de esto como quien alude a una cuestión arqueológica o científica. Más bien lo expresa como una convicción: su muestra "Agua, color y silencio", inaugurada el mes pasado en el Museo Rosa Galisteo, retoma esa memoria ancestral del dibujo y la proyecta sobre las paredes del espacio expositivo, con pigmentos arrastrados por agua.
La artista, oriunda de Formosa y radicada en Santa Fe, egresó de la Escuela Mantovani como Técnica Superior en Artes Visuales. Esa formación aparece en cada decisión de la muestra: en el modo en que los colores construyen formas antes de que las formas sean pensadas, en la manera en que el silencio opera junto al agua y al pigmento.

El detonante creativo
La muestra no da una respuesta a la pregunta sobre dónde termina el dibujo y empieza la pintura. La pregunta sería el motor. Desde 2021, Mauge viene trabajando sobre papel con las herramientas del dibujo (tintas, marcas, líneas), y esas obras enmarcadas conviven en la muestra con intervenciones directas sobre los muros del museo.
"Yo entiendo esa expansión del dibujo en un espacio arquitectónico, museístico, como algo que tiene que ver directamente con el hecho de dar clases de dibujo", explicó Suárez durante una entrevista con El Litoral.
"Ese hablar, ese compartir, hace que el dibujo necesariamente salga de mi casa y se expanda en el espacio, porque está siendo indagado desde otros lugares", agregó.

La enseñanza es, entonces, como un detonante creativo. El taller No Dibuxo (que coordina) es una caja de resonancia donde los conceptos se ponen a prueba frente a personas sin formación artística previa. Ese diálogo con los alumnos empujó el trabajo hacia afuera de los marcos y hacia los muros.
El riesgo calculado
No hay metáfora en el título de la muestra. El agua es, literalmente, el agente que moviliza los pigmentos sobre las paredes del museo. Una acuarela sobre pared (sobre una superficie que "le es ajena", como señala el texto de sala) implica aceptar que el material tiene voluntad propia.
"Para mí el agua es movimiento. Y ese movimiento puede ser controlado o no", dijo Suárez. "Yo corría el riesgo de que todo el proyecto no funcionara", agregó en tal sentido.

El montaje llevó dos semanas. Mientras pintaba cada pared de a poco, la artista observaba cómo las formas dialogaban con el espacio, cómo surgían decisiones que no estaban en el boceto original (como intervenir las molduras de la antesala), que no estaban previstas en el proyecto enviado a la convocatoria.
El círculo como eje
Hay disciplina geométrica en el trabajo de Suárez, que convive con la fluidez del pigmento acuoso. Le interesan las formas simples (el círculo, la curva, los trazos que pueden generarse con un compás escolar o con la tapa de un desodorante apoyada sobre el papel) y la capacidad de esas formas para multiplicarse y formar composiciones complejas.
"Me gusta organizar el espacio de una manera simple, con formas sencillas", señaló. "Pero en este espacio, esas unidades puestas en conjunto muestran otra cosa. No dicen lo mismo que si las ponemos aisladas", remarcó.

Un pequeño grito de color
La artista utilizó, en la fundamentación de la muestra una frase muy particular: 2un pequeño y solitario grito de color entre tanto gris". No hace falta ir muy lejos para entender el contexto.
El campo de las artes visuales en Argentina atraviesa un momento de contracción institucional, con espacios de trabajo reducidos, becas que se achican y una presión creciente sobre quienes eligieron el arte como modo de vida.
Pero Suárez no responde a eso con una denuncia explícita, sino con su instrumento más amado, el color. Con una sala del museo Rosa Galisteo convertida en un espacio donde, según ella, uno debería poder desconectarse por cinco segundos.

"Pensaba en esta exposición como un espacio donde poder respirar", dijo. "Un lugar donde te relajes, porque eso es lo que me transmite el agua a mí".
La respuesta más contundente llegó cuando un nene que entró al espacio con su mamá empezó a rodar alrededor de una de las paredes intervenidas, pegado al muro, como siguiendo una órbita. Y días después, tres bailarines improvisaron movimiento frente a los tres círculos de la sala principal.
Sin el peso del "buen dibujante"
El taller No Dibuxo, que Suárez coordina en la Escuela Mantovani, es parte indisociable de su práctica artística. Está pensado para personas adultas que creen no saber dibujar. Para "artistas escondidos", como define ella misma el perfil de sus alumnos.

"Me interesa dialogar con aquellas personas que por mandatos familiares, o por creer que el arte no es una profesión, dejaron la carrera artística como adormecida", explicó. "O personas que, después de jubiladas, empiezan a reconectar".
"No me importa el dibujo. Me importa el proceso que te lleva hasta ese momento. ¿Por qué aparece esa necesidad de dibujar? ¿Por qué dibujamos?", remarcó.
Es una pregunta que la muestra "Agua, color y silencio" también formula, a su manera, sin palabras. Con agua, pigmento y las paredes de uno de los museos más importantes de Santa Fe (y del país) como soporte.
Que evocan esas mismas paredes que, antes de que existiera cualquier otra materialidad, fueron la primera hoja para la mano humana.








