La historia del artista Tadashi Kaminagai posee ribetes únicos. Nació en Hiroshima, la ciudad japonesa dónde en 1945 explotó la bomba atómica que puso punto final a la Segunda Guerra Mundial. Luego siguió una vida monástica, que abandonó por el arte. Vivió en París (donde tuvo algún contacto con Henri Matisse y Raoul Duffy) y más tarde se afincó en Brasil.
El artista japonés que dejó el monasterio, vivió en París y halló inspiración en los paisajes de Brasil
Tadashi Kaminagai tuvo una vida extraordinaria. Nació en Hiroshima, devastada por la bomba de agosto de 1945. Por mandato paterno, estuvo en un monasterio y estudió agricultura. En París fue enmarcador y se hizo pintor. Una entrevista de 1951 con el diario Crítica, en un paso por nuestro país, permite asomarse a sus ideas.

Ese movimiento permanente y la mixtura entre culturas diferentes (oriental, europea y sudamericana) influyó mucho en sus trabajos. Sobre todo, como señalan algunos estudiosos de su obra, por la forma en que absorbió los detalles de cada contexto local. Tampoco se ciñó a una sola variante: ejecutó paisajes, naturalezas muertas, desnudos y retratos.

Brasil, una fuente de inspiración
A Brasil llegó en la década de 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, a instancias de su amigo, el pintor Tsuguharu Foujita. Quedó subyugado por la belleza de sus paisajes y vivió allí durante un período de 13 años, donde recorrió tanto Río de Janeiro como San Pablo. "Es demasiado hermoso para pintar, demasiado pintoresco", diría unos años después.
Marinho de Azevedo escribió que la Amazonia que plasmó el artista en sus pinturas no está lejos de Francia, producto de que trabajaba siempre con el mismo estilo, de tonos fuertes, pinceladas marcadas y pinceladas sueltas. Si fuera necesario describir su obra, podría decirse que se asemeja a una especie de "impresionismo moderno".

"Sin embargo en cada lienzo, el color reina, supremo. Desde las escenas francesas hasta la puerta de una casa en Río de Janeiro o los interiores llenos de luz, en todo brilla una vida feliz y una pincelada con énfasis y sensibilidad se impone", señala de Azevedo en la Revista Veja, en junio de 1985.
La visita a la Argentina
A finales de octubre de 1951, hace 75 años, Kaminagai realizó una visita a la Argentina, que fue registrada por El diario Crítica en su edición del 30 de octubre. Ese día, el medio de la ciudad de Buenos Aires publicó una entrevista con el pintor, al que describió como alguien que "demuestra una vez más las cualidades de asimilación de su raza al hacer una pintura puramente occidental".

En la entrevista, lo primero que le preguntaron (dado su lugar de nacimiento) fue por la bomba atómica. La madre del pintor había sido una de las pocas personas sobrevivientes. "Cuando estalló la bomba, se hallaba en la peluquería. El golpe la hizo desmayar; cuando volvió en sí, se hallaba entre los escombros y rodeada por las llamas de un feroz incendio", contó.
"Halló cerca una especie de colcha japonesa que posiblemente se hallara húmeda y se protegió con ella. Así estuvo mucho tiempo hasta que se extinguió el incendio. Al salir, se hallaba rodeada de ruinas y de cadáveres. Fue un verdadero milagro", añadió luego.

"Mi meta es la sencillez"
Más adelante, Tadashi recordó que su padre no quería que se dedicara a las bellas artes. Primero, lo hizo estudiar en una escuela budista, luego en una de agricultura. "Fue así que el futuro pintor, por obedecer los mandatos de su padre, más imperiosos en aquellas latitudes, se dedicó a estudiar las vegetaciones de las Indias holandesas", escribió Crítica.
Cuando murió su padre, se fue a París, el sueño de todo artista en cualquier parte del mundo. "El arte es universal y su expresión no puede ser considerada local", declaró en la entrevista. En París, cobró admiración por Braque, Picasso y Bonnard. "Yo los admiro, pero no los imito", afirmó.

En la certeza de que su arte no tenía ningún tipo de influencia oriental, el entrevistador lo requirió respecto a las impresiones de su patria. "Cuánto más lejos estoy de ella, más siento el terruño; pero no creo que haya que pintar como pintaron mis antepasados para demostrar que me siento anegado. Mi meta es la sencillez", resaltó.
En Brasil -contó luego- tuvo la posibilidad de apreciar a un grupo de artistas jóvenes que seguían las huellas de Cándido Portinari. "El movimiento es fuerte, artístico, moderno, dice, se puede esperar mucho de ellos". Respecto a los argentinos, a los que reconoció conocer poco, destacó los apellidos de Victorica, Quirós y Spilimbergo.
Tal vez por su espíritu inquieto, Kaminagai no se quedó para siempre en su admirado Brasil, sino que regresó a Japón en 1954. A los pocos años, se instaló nuevamente en esa París que décadas antes lo abrió a su pasión. Fiel a su perfil andariego viajó permanentemente entre Oriente y Occidente hasta su muerte, en 1982.








