Los primeros años de la década de 1960 eran complejos en Argentina. Más allá de los conflictos políticos y económicos, se daban cambios en las costumbres, la vida urbana y las expresiones culturales. La juventud ganaba cada vez más protagonismo y el arte buscaba caminos nuevos en la experimentación, la vanguardia y el cruce de disciplinas.
Las aguafuertes de Ernesto Deira inspiradas en Vargas Llosa y cómo llegaron a Santa Fe en los 70
En octubre de 1974, seis grabados del artista argentino basados en la novela “Pantaleón y las visitadoras” se expusieron en el Museo Municipal de Artes Visuales. El propio escritor peruano había escrito un texto sobre las obras, en el cual subrayaba la mirada crítica sobre la condición humana.

En ese contexto, Ernesto Deira se juntó con Luis Felipe Noé, Rómulo Macció y Jorge de la Vega. En grupo, presentaron, en 1961, la muestra Otra Figuración. "La intención de los artistas de reintroducir la imagen del hombre en la pintura se realizó a través del collage, las chorreaduras y el énfasis en la expresión". En otras palabras, lo que intentaron fue una "neofiguración".
Entre ellos, Deira sobresalió porque supo desarrollar una obra que alcanzó una particular densidad. Para ello se valió, según el portal Arte de la Argentina, de "un lenguaje abstracto pero con claras referencias figurativas, plasmando la angustia y la fragilidad humana con cierto tinte sarcástico".

Laura Feinsilber escribió en Ámbito, en 2023, que el artista fallecido en 1986 generó una obra gráfica, eminentemente política, en blanco y negro. "La delgada línea de su dibujo no ahorra, con su sarcasmo, la crítica y la sátira a los militares de pacotilla con poder de fuego que constituyeron las dictaduras latinoamericanas", subrayó.
En 2006, Loreley Gaffoglio descubrió en el artista "un desvelo existencialista centrado en la representación de una imagen inédita del ser humano o, mejor, en la fisonomía del hombre transfigurado por una circunstancia histórica -la segunda mitad del siglo XX- para él decadente". Lo escribió en La Nación.
Una novela de Vargas Llosa
En octubre de 1974, en paralelo con una exposición que se habilitó en el Museo Municipal de Artes Visuales, dedicada al Grupo Quince de Madrid, Deira expuso en Santa Fe. Lo hizo a través de un original conjunto de seis aguafuertes inspiradas en la novela "Pantaleón y las visitadoras", del escritor peruano Mario Vargas Llosa, publicada un año antes.

El protagonista de la novela de Vargas Llosa es Pantaleón Pantoja, capitán del Ejército peruano, a quien le encargan organizar un servicio secreto de prostitución para atender a los soldados destinados en las guarniciones de la Amazonía peruana, para contener los abusos sexuales de los militares cometen contra las mujeres de la región.
Para cumplir la tarea, Pantaleón organiza un sistema que denomina Servicio de Visitadoras para Guarniciones, Puestos de Frontera y Afines. Con ese argumento, y en tono satírico, el autor habla de la burocracia, la obediencia ciega, la hipocresía moral, el poder, la doble moral y los prejuicios sociales.
Lo interesante es que la historia no responde a una narración convencional, alterna diálogos (donde Vargas Llosa muestra bien el lenguaje de su país), informes militares, cartas, documentos oficiales y fragmentos periodísticos. Lo cual permite ver los hechos desde diversos ángulos.

Esa es la fuente de inspiración de Deira para sus aguafuertes, que el propio Mario Vargas Llosa calificó de "excesivas" en un texto que se puede hallar en los archivos de la Galería Jacques Martínez. El mismo es extenso y complejo, pero hay sin embargo párrafos que sirven para dar una idea del tono.
"Un mundo desmedido y feroz"
"Ilustran -dice Vargas Llosa aludiendo a las aguafuertes- no la vida objetiva y pública de los comportamientos y realizaciones, la de los hechos consumados, sino la secreta y mental de los hechos apetecidos, inventados, idealizados, aquellos que no suceden nunca o que, luego de sucedidos, la memoria enriquece, pervierte".
"Deira usa como materia prima para sus grabados la realidad segunda, puramente ilusoria, de una ficción. A esa realidad transformada él ha infligido a su vez nuevas transformaciones con la llave mágica de su propia fantasía y la eficacia de su técnica", añade.

"El resultado es un mundo desmedido y feroz, rigurosamente imposible, donde reinan como monarcas omnímodos estos tetrarcas: el sexo, la pesadilla, el sarcasmo y la muerte", explica. "El amor, aquí, no es el sentimiento tierno, pudoroso, elevado que cantaron los trovadores provenzales, sino el instinto arrollador, animal y tremebundo que pintó Rabelais".
"Directo, crudo, obsceno, generoso, vulgar, el sexo de esta galería de imágenes corresponde a un mundo reprimido y inculto", dice. "En toda esta exageración no hay, propiamente, humor, sino mordacidad, ironía sangrienta. Los blancos contra los cuales dispara sin misericordia el arte sarcástico de Deira no me parecen, por lo menos en estas aguafuertes, pese a las apariencias, de naturaleza social".
"No creo que sean ciertas instituciones y quehaceres -la Iglesia, el Ejército, la prostitución, la praxis religiosa- lo que sus imágenes caricaturizan y fustigan sino algo más antiguo: la naturaleza humana, en la que Deira a todas luces cree y a la que, evidentemente, admira apenas".

Cultura, conflicto y máscaras
Cómo dice un texto que figura en la página del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Deira "siempre habló del hombre en clave universal, refiriéndose a su cultura, sus conflictos, sus máscaras". Falleció en París en 1986, pero dejó más de 900 obras. Dentro de esa herencia de gran valor para todos los que aman el arte, quedaron esas seis estimulantes aguafuertes.








