"El mejor pintor español del siglo XIX, después de Goya". Jorge Larco sobre Eduardo Rosales Gallinas.
Un boceto, un coleccionista argentino y la mujer dormida que llegó al Museo Nacional de Bellas Artes
Es una obra del pintor español Eduardo Rosales Gallinas, considerado entre los más importantes del siglo XIX. Fue pintada entre 1865 y 1870. Casi un siglo después, encontró al argentino Jorge Larco, artista plástico y coleccionista, dispuesto a incorporarla al patrimonio público.

La última entrega de "Obras que cuentan" se basó en una historia de Antonio Seguí, el cordobés que en octubre de 1963 viajó a París con lo que logró cobrar por su genial obra titulada "Autorretrato de las vocaciones frustradas". La anterior, tenía que ver con Raymond Monvoisin y un retrato de Juan Manuel Rosas que el notable pintor francés dejó inconcluso en la Buenos Aires de 1842.
En esta duodécima entrega, la obra también tiene detrás una venta y una pintura que su autor no terminó de cerrar. Se trata de "Mujer desnuda dormida", del español Eduardo Rosales Gallinas (1836-1873), que integra la colección del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires y que, según José Manuel Cruz Valdovinos (citado en la web de la institución) debe fecharse a fines de la década de 1860.
El disparador para la selección de esta semana tiene que ver con una noticia reciente. En julio pasado, el Ayuntamiento de Murcia y la Asociación Amigos de Eduardo Rosales inauguraron un busto de bronce en el Jardín de la Glorieta de España, en la ciudad donde el pintor pasó los dos últimos años de su corta vida, cercenada por la tuberculosis.

Del lado argentino, la historia empieza con Jorge Larco, un pintor al cual aludimos otras veces en este espacio. Larco compró el desnudo con lo recaudado en una muestra de 1960 y con la venta de algunos dibujos. Quería que Rosales fuera parte del patrimonio público.
Si Monvoisin, cuando se ocupó de Rosas, abandonó un retrato a medio hacer, aquí la pintura quedó en poder de su autor, y según la lectura del MNBA, él mismo la tenía por un boceto, o sea una representación todavía inicial y provisoria del trabajo.
Como en cada entrega de este espacio que llamamos "Obras que cuentan", la idea es mirar el cuadro y tratar de reconstruir aquello que no aparece en una primera impresión. Es decir, cómo llegó hasta el lugar en el cual se encuentra ahora, qué ideas discutió si es que lo hizo y, lo más estimulante, qué sigue diciendo hoy pese a las muchas décadas transcurridas.

Un busto en España
Hay que señalar, para reforzar el vínculo con la actualidad, que la alcaldesa de Murcia, Rebeca Pérez, y el presidente de la Asociación Amigos de Eduardo Rosales, Juan Antonio López Delgado, inauguraron la escultura en uno de los espacios más representativos e institucionales de la ciudad.
La obra fue realizada por los Hermanos Martínez Cava, un taller murciano especializado en escultura e imaginería. El Ayuntamiento explicó que la elección buscó, además, poner en valor el talento artístico local. El vínculo con la ciudad tiene una razón: Rosales estuvo en Murcia en 1872 y 1873, en busca de un clima favorable para tratar la tuberculosis que padecía.
El pintor que volvió a mirar a Velázquez
Para el El Prado, Rosales fue "una figura capital de la pintura española del siglo XIX". Su carrera se jugó en las exposiciones. En la Nacional de 1864 obtuvo la primera medalla por "Isabel la Católica dictando su testamento", "una de las cumbres del género en España". Tres años después, en París, recibió la Legión de Honor. En 1871 volvió a ganar el máximo galardón con "Muerte de Lucrecia".

Pero desde el Museo del Prado subrayan otra cosa y es que Rosales estaba llamado a renovar el género histórico y a dar un giro a la pintura española, "volviendo los ojos desde el purismo académico hacia la lección realista del arte de Velázquez". Esa lección es la que permite leer de otra manera el desnudo que hoy descansa en la ciudad de Buenos Aires.
Una etiqueta en el ángulo inferior
La pintura conserva la etiqueta de la testamentaría firmada por Vicente Palmaroli y Gabriel Maureta. Es un dato que dice bastante: el cuadro estaba entre los bienes que el pintor dejó al morir. Roberto Amigo, en su comentario para el MNBA, afirma que su calidad es comparable con "Mujer al salir del baño", del Museo del Prado. Ambas comparten el verde y el blanco, lo que señala una paleta común.
Hay además una pista sobre cómo concebía Rosales la pieza. Siguiendo una sugerencia de Xavier de Salas para otras composiciones, Amigo plantea que haberse conservado en poder del artista indica que él mismo la consideraba un boceto, y no una obra terminada según su concepción académica.

Una modernidad que nace del estudio
Paradójicamente, aquello que hizo de la pintura un trabajo de estudio es lo que la vuelve moderna. Amigo lo atribuye a la libertad del tratamiento plástico, visible en el brazo apoyado sobre el cuerpo, donde la línea oscura que define la silueta cambia de espesor. Rosales aplicó capas delgadas de materia con pinceladas rápidas y anchas. En la carnación usó un color más cobrizo para las sombras.
El verde del empapelado merece una lectura aparte. Amigo sugiere que podría ser el reflejo de un espejo, una cita velazqueña, y que recuerda un recurso de Mariano Fortuny. Pero Rosales no pinta el cuerpo reflejado, su intención, escribe Amigo, no era potenciar la carga erótica sino "realizar un extraordinario ejercicio de desnudo".
El primer dueño argentino de la obra fue Jorge Larco, acuarelista, escenógrafo y refinado coleccionista. Había estudiado en España con Alejandro Ferrant y Julio Romero de Torres, y tenía a Rosales Gallinas como el mejor pintor español del siglo XIX después de Goya.

La mirada de Larco
Jorge Larco fue acuarelista, escenógrafo y refinado coleccionista. Conocía bien la pintura española, ya que había estudiado en España con Alejandro Ferrant y Julio Romero de Torres. Según Roberto Amigo, para él la figura de Rosales expresaba la renovación de la pintura española, y lo consideraba "el mejor pintor español del siglo XIX, después de Goya".
Larco escribió además sobre un desnudo de Rosales. En un ensayo de 1964 en la revista Lyra describió un "Desnudo femenino" de la galería Witcomb, y Amigo señala que esa descripción concuerda con la obra del MNBA. Allí hablaba de "la carnación dorada de la mujer semidormida, armoniza delicadamente con los ropajes y el ambiente de verdes y blancos apagados".
Y agregaba: "utilizó Rosales para pintarlo, una materia licuosa que recuerda a Degas, especialmente en su primera época, con la que coincide en el momento de su ejecución". La comparación no hace de Rosales un eco tardío del francés. Los pone en el mismo tiempo: la materia del español y la del Degas inicial se tocan en una misma década.

Lo que sigue diciendo
Rosales murió en 1873. Las grandes telas de historia, las que le valieron medallas y la Legión de Honor, fueron adquiridas por el Estado para el Museo Nacional, como recuerda el Prado, y se conservan allí. El desnudo tuvo otro recorrido. Quedó en poder del pintor, pasó por la testamentaría y llegó a manos de un coleccionista que lo quiso para el patrimonio público.
A más de siglo y medio de su muerte, Murcia fijó a Rosales en un busto de bronce, en una plaza, con la solidez de aquello que se da por cerrado. En Buenos Aires, en cambio, sigue una superficie de pinceladas rápidas y de una línea oscura que cambia de espesor, una obra que su autor parece haber dejado abierta, pero que el público puede disfrutar.








