El 17 de enero de 1973 murió Tarsila do Amaral. Una artista que había logrado algo infrecuente si se toman en cuenta los parámetros de América Latina: construir una imagen de su país que no dependiera de la mirada europea.

La obra de la brasileña "dialoga" con las búsquedas de Xul Solar, Emilio Pettoruti y Antonio Berni. Artistas argentinos que, desde lenguajes distintos, enfrentaron el desafío de armar una identidad visual latinoamericana.

El 17 de enero de 1973 murió Tarsila do Amaral. Una artista que había logrado algo infrecuente si se toman en cuenta los parámetros de América Latina: construir una imagen de su país que no dependiera de la mirada europea.
Medio siglo más tarde (53 años para ser exactos) su obra sigue abriendo preguntas incómodas y a la vez fértiles sobre los temas que desvelan a los que ocupamos esta parte del mundo: identidad, desigualdad, territorio y violencia.

Los trabajos de Tarsila pueden cruzarse con versos de Mario Benedetti. "Aquí abajo, cerca de las raíces es donde la memoria ningún recuerdo omite y hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven. Así entre todos logran lo que era un imposible que todo el mundo sepa que el Sur también existe".
Precisamente, Tarsila elaboró una poética visual que reúne el imaginario indígena, la cultura popular y las tensiones de un Brasil que se industrializaba a gran velocidad. Proyecto estético que dialogó, incluso sin contacto directo, con búsquedas paralelas que se desarrollaban en la Argentina.
Según el Museo Guggenheim de Bilbao, "más que una pintora, fue una visionaria que hizo uso del arte para indagar en la identidad y en los cambios en su país. Su legado pertenece en el tiempo, inspirando a generaciones de artistas a que busquen su propia forma de unir la tradición con la modernidad".

La Fundación Juan March aporta una definición. "Tarsila es una figura destacada de las vanguardias latinoamericanas y emblema del modernismo brasileño. Exótica, sofisticada y cosmopolita, asimiló en París los principios del cubismo y se alimentó de las demás corrientes de la vanguardia europea como una civilizada antropófaga".
En la mirada de Miguel Calvo Santos es, quizás, la principal artista modernista del ámbito latinoamericano. "El perfecto ejemplo de unión entre tradición local y vanguardia". Amelie Leroux completa la idea. "Tarsila no fue solo una pintora, fue la arquitecta de una identidad visual para Brasil".
La obra más emblemática de Tarsila es "Abaporu" (1928), término guaraní que significa "que come carne humana". En esa figura de pies desmesurados, brazos alargados y cabeza mínima conviven las raíces indígenas sudamericanas con el lenguaje moderno aprendido en Europa, pero transformado.

La obra fue adquirida por Eduardo Costantini en la década del 90 y hoy integra el acervo del Malba. Desde Buenos Aires, la obra dejó de ser solamente brasileña para convertirse en una bisagra del modernismo latinoamericano, que dialoga con la tradición artística argentina y latinoamericana.
Uno de los cruces se da con Xul Solar. Si Tarsila construyó una imagen mítica del Brasil, Xul lo hizo con América en su conjunto. Obras como "Vuel Villa" (1936) o "País" (1931) muestran una búsqueda similar, o sea crear símbolos nuevos para una identidad que no dependa de Europa.
Ambos artistas compartieron la necesidad de fundar lenguajes propios. En Tarsila, esa invención es orgánica y telúrica; en Xul, mística, lingüística y urbana. Pero el impulso es el mismo, el arte como herramienta de transformación cultural.

El diálogo Tarsila-Emilio Pettoruti se produce en otro registro. Formado en Italia, Pettoruti absorbió el cubismo y el futurismo para producir obras como "Quinteto" (1927), donde la fragmentación geométrica convive con motivos locales.
En Tarsila, la geometría está más suavizada, integrada al paisaje y al cuerpo. Obras como "A Negra" (1923) o "E.F.C.B" (1924) muestran al cubismo como herramienta para narrar lo propio. En ambos casos, la vanguardia europea deja de ser modelo y se hace material para ser transformado.
Antonio Berni representa otro cruce. En su etapa temprana, especialmente en obras como "Desocupados" (1934), Berni también se pregunta por las consecuencias sociales de la modernización.

Si Tarsila construye un Brasil simbólico y mítico, Berni se inclina hacia un realismo crítico. Pero los dos entienden que el arte latinoamericano debe hablar desde su realidad concreta. Son caminos posibles para una misma inquietud.
Tarsila do Amaral no está en el pasado. Su obra opera como una matriz desde la cual pensar el arte latinoamericano y, también, el argentino. Su pregunta sobre cómo construir identidad sin nostalgia ni subordinación no ha sido respondida y tal vez allí radique su vigencia.
