¿Qué pasa cuando un chico llega al aula atravesado por la soledad, la violencia, la discriminación o algún otro sufrimiento? ¿Puede convertirse la escuela en un espacio de reparación, cuidado y construcción de vínculos? Esas son algunas de las preguntas que atraviesan el último libro de la pedagoga Carina Kaplan, “Educar en la empatía” (Paidós).
Kaplan: “No se puede separar lo afectivo del aprendizaje cognitivo; somos seres integrales”
Carina, reconocida por los Premios Konex 2026, examina en "Educar en la empatía" cómo la escuela puede abordar el sufrimiento social de los estudiantes.

La doctora en Educación por la Universidad de Buenos Aires, profesora de Sociología de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata e investigadora del Conicet fue reconocida con un diploma al mérito de los Premios Konex 2026 por sus aportes en Educación, distinción que recibirá en septiembre. Para Kaplan, el reconocimiento representa “un honor” y también una oportunidad para reivindicar el valor de la escuela, la ciencia y la investigación “en un contexto de desfinanciamiento y desacreditación”, más aún en el ámbito de las Humanidades.
Esta semana, la especialista estuvo en la ciudad de Santa Fe invitada por el Cemupro y la diputada Gisel Mahmud en el marco de una mesa de diálogo, de cara a la discusión de una futura ley de educación para la provincia.
-¿A qué se refiere con “justicia afectiva” que es uno de los conceptos que viene desarrollando junto otros investigadores?
-El interés de nuestras investigaciones es poder mostrar cómo la escuela, bajo ciertas condiciones, puede transformarse en un refugio simbólico para las infancias y las juventudes. En un contexto en donde los niños y los jóvenes están atravesados por el dolor social, la cuestión es preguntarse qué lugar ocupa la escuela en los procesos de reparación de las heridas sociales.
Ahora, por ejemplo, tenemos una indagación acerca de la función de la amistad en la escuela. Pudimos identificar que, cuando los estudiantes logran construir lazo social, sobre todo de amistad con sus pares generacionales, eso es una experiencia biografizante, es decir, que los fortalece. Mientras que, cuando no logran o tienen dificultades para hacerse amigos, eso representa una experiencia dolorosa para los niños y para los jóvenes en las escuelas.
-Una de las cuestiones que se habla mucho es de los chicos muy solos en sus casas, frente a la tecnología…
-La soledad es una de las emotividades que está muy asociada al sufrimiento. Nosotros estamos estudiando cómo es que los niños están tanto tiempo en soledad conectados con las máquinas, y tan poco tiempo conectados con el lazo humano. Y cómo la escuela es una de las pocas instituciones que permite el encuentro con el otro, aprender a sentir al otro.

La pregunta sería: ¿qué hacer cuando observamos a un niño solo en un recreo? ¿Qué hacer cuando el docente advierte que un niño no está siendo invitado a participar de las actividades grupales o con sus pares generacionales, con sus compañeros? Entonces, estamos pensando cómo se hace trama en la escuela, basada en el respeto y en el reconocimiento mutuo.
Y para nosotros, entonces, la justicia afectiva es la concreción o la materialización del derecho de los niños, de las niñas, de los jóvenes a ser amados, protegidos y cuidados. Es decir, cómo lograr que el amor predomine por sobre el odio, que es una emotividad que está muy impregnada y transmitida desde las redes sociales, de las plataformas digitales.
“Tramitar el dolor social”
-Sin embargo, a veces parece difícil que la escuela tome en cuenta la emotividad del chico. Pareciera que está para ir solo a aprender contenidos...
-Primero, que hay una tradición en donde se escinden los procesos académicos de los socioafectivos. Suelo decir que un niño que está bajo formas de sufrimiento social no puede aprender matemática, pero no porque tenga una dificultad en las tareas ni en la apropiación de ese conocimiento, sino porque hay algo ahí que le genera malestar, que no puede conectar con los otros ni con su propia experiencia emocional.
Entonces, es necesario que la escuela valide lo que sienten los niños y que los niños aprendan a validar lo que sienten en la escuela. Cómo hacer también para que se socialicen los sentimientos, para poder tramitar, sobre todo, el dolor social. No es la única emotividad el dolor, porque los niños también son felices en la escuela y hay muchos aspectos de ésta que reponen algo del orden de lo vital.

Sin embargo, puntualizamos en las experiencias dolorosas, las experiencias que los hacen sufrir. Por ejemplo, aumentó considerablemente el suicidio en la población joven y también en la infantil. Entonces, ¿qué hacemos frente a esas experiencias tan traumáticas? ¿Qué sucede frente a una imagen del pupitre vacío de un compañero o una compañera que se suicidó? ¿Cómo hacer para que la escuela no sume más dolor de aquel que ya traen, por su condición de infancia vulnerada o por problemas familiares?
La mayoría de los problemas a los que aluden los estudiantes por los cuales sufren son problemas intrafamiliares. Muchos tienen que ver con la violencia, el descuido, porque vivimos en una sociedad atravesada por la desigualdad afectiva.
Escuela y cultura digital, un solo mundo
-¿Y qué puede hacer la escuela ante eso?
-Puede promover “justicia afectiva”, justamente, que es reponer ese efecto protector que a través de ritualidades y gestos de cuidado, educar la mirada de los docentes para que puedan validar lo que sienten y también fortalecer a los niños, e ir un poquito más allá, que significa identificar el daño que generan, por ejemplo, ciertas prácticas de violencia, como la humillación, las faltas de respeto, el lenguaje despreciativo respecto de los otros, la discriminación por color de piel, que se han incrementado. Es necesario contrarrestar la cultura digital que es una experiencia que transmite odio y desigualdad. Es necesario sensibilizar a la comunidad escolar para interrumpir las violencias del cotidiano en la convivencia escolar y en la cultura digital. Los memes tienen que ver con las imágenes de humillación pública.
Y, entonces, también entender que no hay una cultura escolar o una convivencia escolar y, aparte o separada, una cultura digital. No son dos mundos. Los jóvenes lo viven como un solo mundo, unificado, donde construyen sensibilidad y forman su subjetividad.

El afecto, inherente al oficio de educar
-Usted habla de trama escolar, pero la mayor parte del tiempo está el docente solo con el chico en el aula. Un maestro que también viene con su carga desde afuera, a lo mejor tiene dos cargos en el día. ¿Cómo hacer para que esté atento a un grupo de 20, 30 chicos también en la afectividad?
-Sí, porque la función afectiva no es una función que se adicione al oficio de enseñar, es inherente al mismo. Pueden educar en la empatía por el otro, para construir narrativas, escenas escolares en donde ellos se identifiquen, se imaginen cómo se sentirían en lugar del otro y, además, repararlo, porque una de las funciones centrales de la escuela es la reparación de las heridas sociales.
Entonces, ¿cómo aprender a reparar el daño? ¿Cómo no anestesiarse, como sí se hace en la cultura digital, frente al dolor ajeno? ¿Cómo hacer para que la escuela contrapese la cultura digital, que está impregnada de odio, de crueldad, de soledad, con otros valores y otros sentires que tienen que ver con la solidaridad, el respeto?
Estamos en sociedades donde el respeto es un bien muy escaso. Entonces ver cómo hacer para incrementar las relaciones de respeto, las relaciones de solidaridad en la escuela.
-Hay chicos para los que la escuela es dolorosa por distintas situaciones: bullying, abuso, discriminación o repitencia, que afectan su autoestima. Son huellas que pueden quedar a lo largo de la vida adulta. ¿La escuela también tiene que hacer una mirada hacia adentro de estas cuestiones?
-Sí. A veces suelo invitar a los maestros a pensar acerca de cómo la escuela necesita dejar huella y no aumentar las cicatrices. En un tiempo en donde, además, los niños y los jóvenes se autolesionan, quiere decir, ejercen violencia contra el propio cuerpo, se autoagreden, como un grito desesperado para llamar la atención, para mostrar que no pueden vivir de esa manera, porque necesitan de sostén de los otros.
Tanto la amistad de los pares como el sostén de un adulto son necesidades afectivas. Por eso yo no separo el aprendizaje de lo afectivo del aprendizaje cognitivo, porque somos seres integrales, seres que nos conmovemos con los otros y con el mundo.
¿Cómo hacer para que el docente se conmueva por lo que le sucede a su estudiante, eduque su mirada y salga de ciertos prejuicios y estereotipos? ¿Cómo hacer para no cargar más la mochila del niño y alivianarlo de aquellos problemas que trae por su condición de infancia invisibilizada o por problemas sociofamiliares que atraviesan su trayectorias educativa?

Y sí, yo creo que la dimensión afectiva es central para comprender el oficio docente como un oficio de resistencia, contracultural, que salva vidas. Así nos han hecho saber los estudiantes. Frente a problemas familiares, la escuela tiene disposición para la escucha, y eso implica que, entonces, los peores pensamientos pueden ser tramitados en la escuela y en forma colectiva.
"Que el docente se sienta acompañado"
-Muchas veces se escucha a los docentes pedir gabinetes escolares, psicopedagógicos, psicólogos, pedir apoyo. ¿Lo puede hacer el docente solo o siempre está bueno que en las escuelas haya alguien que asesore, por ejemplo, en estas cuestiones?
-El docente, primero, necesita formarse, capacitarse en la comprensión de las experiencias emocionales o los procesos socioafectivos en la escuela, como procesos de reparación. Pero, por otro lado, es importante que haya otros actores que acompañen, que ayuden al docente a tramitar. Porque también hay algo de artesanal en el oficio, ¿no? Uno va construyendo en la práctica, en la experiencia. Así que sí, me parece que es central que el docente se sienta acompañado y cuidado en su tarea de educar en tiempos tan complejos.
A su vez, es difícil enseñar si uno no está dispuesto a conmoverse por el sufrimiento del estudiante. Porque es verdad que los docentes también están bajo formas muy exigidas de construcción de su oficio, de su trabajo, pero cuando logran reparar vidas dañadas, me parece que eso repone algo del sentido de educar.









