La muerte de Adolfo Aristarain es el cierre de una mirada que resistió modas y concesiones. A los 82 años, deja una filmografía que tiene mucho que ver con la historia reciente del país, pero también con una tradición cinéfila arraigada en el clasicismo. Su obra, lúcida, siempre eligió un lugar incómodo: el de los que pierden.
Murió Adolfo Aristarain, el director de los derrotados
Referente del cine nacional, en sus películas expuso los conflictos sociales y mantuvo siempre una mirada ética sobre los perdedores. De "Tiempo de revancha" a "Roma", su obra resiste como una de las más sólidas de Argentina.

Si algo definió a este enorme director fue su capacidad para aludir al contexto histórico sin subordinarse a él. No hay en su cine consignas explícitas, tampoco alegorías sencillas de leer. Más bien aparecen relatos en los cuales el conflicto social se cuela en la experiencia de los personajes.

En "Tiempo de revancha", probablemente su obra más emblemática, la lucha de un trabajador contra una corporación se convierte en una metáfora del poder durante la dictadura. Aristarain filma el silencio (Federico Luppi se hace pasar por mudo) y con eso trabaja sobre la imposibilidad de decir.
Allí aparece la Tulsaco, esa empresa ficticia que recorre buena parte de su filmografía. Más que un recurso narrativo, es un concepto: el rostro impersonal del capitalismo en su versión más despiadada. Una maquinaria que aplasta a los individuos, que absorbe cualquier atisbo de rebeldía.
El cinéfilo antes que el autor
Antes de convertirse en uno de los directores argentinos más importantes, Aristarain fue (en realidad nunca dejó de ser) un cinéfilo obsesivo. Su primer largometraje, "La parte del león", con Julio De Grazia, Ulises Dumont y un joven Julio Chávez fue una declaración de amor al cine clásico.
La influencia del noir es evidente, pero también su admiración por Don Siegel y Sergio Leone, a quienes dedica la película. No es una pose: Aristarain trabajó con Leone en "Érase una vez en el Oeste", y esa experiencia marcó su manera de entender el relato.

Una galería de derrotados
Como en el cine de John Huston, los personajes de Aristarain parecen condenados desde el inicio. Pero a diferencia del romanticismo trágico de Huston, en Aristarain la derrota es más brutal, sin que eso le haga perder dignidad a sus criaturas.
En "Últimos días de la víctima", el protagonista es un asesino atrapado en una lógica que ya no controla. En "Un lugar en el mundo", el conflicto entre un modelo solidario y las fuerzas del mercado termina mostrando la fragilidad de la utopía.
En "Martín (Hache)", quizá su film más conocido fuera de Argentina, la derrota es generacional. Hay un desencanto al final del siglo pasado que va más allá de los vínculos, las geografías y los lenguajes. Y en "Lugares comunes", el eje va hacia la vejez, la expulsión del sistema, la dignidad en retirada.
En todos los casos, Aristarain construye personajes que no buscan ganar. Buscan, en el mejor de los casos, no traicionarse a sí mismos. Esto se muestra explícitamente cuando Mario, en "Un lugar en el mundo", quema la lana de la cooperativa, para no tener que romper sus principios.

El epílogo de una mirada
Su última película, "Roma", es un cierre melancólico. Menos lograda que sus trabajos anteriores, más dispersa en su estructura, conserva la marca autoral. La memoria como territorio en disputa, la identidad como algo frágil.
Hay en "Roma" una sensación de despedida, aunque no necesariamente consciente. Un tono más pesimista, más resignado, que no abandona las convicciones, pero sí parece asumir sus límites. Sería muy bueno que su mirada tenga seguimiento en las siguientes generaciones.








