La muerte de Luis Brandoni es el cierre de una trayectoria que fue mucho más allá de la escena artística, para inscribirse en el imaginario popular de los argentinos. Con la misma fuerza que lo hicieron Héctor Alterio, Federico Luppi, Pepe Soriano o Alfredo Alcón, aunque con una impronta propia, muy particular.
Luis Brandoni y sus personajes: una forma de ser argentino
Su muerte clausura una carrera de seis décadas en cine, teatro y televisión. Dueño de un estilo inconfundible, reflejó con detalle al hombre común y dejó creaciones que están grabadas en la identidad cultural argentina.

En una entrevista con La Nación dijo: "se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo". Sin duda lo logró. Revisar la vida y la obra de "Beto" es también mirar los matices de la historia argentina reciente, que supo sintetizar en su militancia y compromiso público. Nunca eludió sentar posición frente a los temas candentes de cada momento.
Por su fuerte apego a la actividad política (militó en el radicalismo) podría decirse que lo que deja tras su muerte no se agota en los personajes que interpretó. Pero si es necesario subrayar que en ellos el hombre común y corriente siempre encontró un espejo privilegiado.
Hablar de Brandoni es aludir a una forma de habitar la actuación. Una ética del oficio donde lo cotidiano se hace escena y lo reconocible toma espesor dramático. Lo cierto es que fue capaz de armar personajes que pertenecen a todo el pueblo argentino. Tal vez el vendedor ambulante de "El verso", aunque no es el más recordado, es uno de los trabajos que mejor sintetiza su forma de actuar.

Cualquier argentino promedio podría pensar en "Beto" Brandoni como un tío, un amigo del café, un compañero de trabajo, un parroquiano con quien tomar un vermut en un club de barrio o alguien con quien hablar del clima en un colectivo.
Personajes icónicos
En "La Patagonia rebelde", dirigida por Héctor Olivera, su composición de un obrero que lidera una serie de huelgas en el sur del país, posee una de sus virtudes, la capacidad de "fundirse" con la historia sin perder su singularidad.
Esa cercanía encontró otra dimensión en "Esperando la carroza", donde su Antonio Musicardi se vuelve inolvidable por sus frases icónicas y su personalidad que va de lo detestable a lo entrañable. Brandoni irrita, incomoda y hace reír. Eso es todo un logro, generar rechazo y reconocimiento.
En "Cien veces no debo", el registro va hacia el grotesco, ese territorio tan propio del teatro nacional. Brandoni asume los equívocos con precisión, en la delgadísima línea entre el humor y el espanto. Allí aparece otra de sus habilidades, el manejo del ritmo y el lenguaje popular.

Mucho tiempo después, en "Nada", ya no se trata del personaje, sino del actor reconocido atravesado por su propia historia. En esa serie, donde el paso del tiempo es tema central, Brandoni aporta una verdad que excede el guión, la de quien ha vivido y tiene la piel dura por todo lo pasado.
Y en "Parque Lezama" es difícil desligar al personaje del actor, que, ya sin necesidad de demostrar nada, se apoya en la palabra y en el vínculo con el otro actor (Eduardo Blanco) para sostener la escena. Es un intérprete en total madurez, que maneja todos los matices y emociona sin remedio.
Toda una presencia
Luis Brandoni fue, sobre todo, un actor inspirado en lo reconocible. Ese hombre común atravesado por tensiones, contradicciones y pequeñas gestas cotidianas.
En cada uno de sus personajes hay algo que permanece porque remite a lo propio, a lo cercano, a lo que duele y también hace reír.

Su muerte cierra una etapa, pero no apaga esa presencia. Porque si algo logró Brandoni fue eso que pocos alcanzan, que sus personajes sigan hablando con la misma persistencia que su León Schwartz de "Parque Lezama".








