El cine construyó mitologías inmunes al paso del tiempo. Pero entre los meses de marzo y mayo del año 1978, Charles Chaplin (el inefable Charlot, "Carlitos" en estas latitudes) fue arrastrado hacia una dimensión extraña, aun dentro de los parámetros de la ficción, como la profanación post mortem.
La increíble historia del robo del cadáver de Chaplin y el eco que tuvo en las páginas de El Litoral
Ocurrió en 1978, pocos meses después del fallecimiento del actor. La crónica incluyó rumores de traslados clandestinos y cartas "enfermizas". El Litoral informó sobre el robo, siguió los hechos a lo largo de las semanas y hasta editorializó sobre la bajeza moral de atacar a un ícono.

Lo que parece una historia salida de la afiebrada mente de Stephen King ocurrió, sin embargo, en la apacible Suiza, donde el comediante de "Tiempos modernos" vivió sus últimos años. Y encontró un fuerte eco en las páginas de El Litoral, que registró el caso con detalle.
El aniversario del nacimiento de Chaplin (que ocurrió el 16 de abril de 1889) ofrece una excusa para volver la mirada sobre aquellas crónicas del pasado, que reconstruyen una historia tan insólita como perturbadora.

Cuando la muerte fue violentada
El 2 de marzo de 1978, apenas dos meses después de su muerte, el cadáver de Chaplin fue robado del cementerio de Corsier-sur-Vevey, en Suiza. El ataúd desapareció en la noche de un pueblo acostumbrado a la calma.
Detrás no había una motivación política sino algo más prosaico: los delincuentes exigían un rescate de 600 mil dólares. La respuesta de Oona, viuda del artista, fue tajante: no pagaría nada. "Charlie lo hubiera encontrado ridículo", dijo.
Durante muchos días, prevaleció la incertidumbre. Recién cinco semanas más tarde, la policía suiza logró detener a los responsables: Roman Wardas, polaco, y Gantscho Ganev, búlgaro. El cuerpo fue hallado en un campo, y los culpables condenados a cuatro años y medio de trabajos forzados.
Tras la recuperación, los restos fueron enterrados nuevamente, esta vez en una tumba reforzada con concreto.

La mirada de El Litoral
Más allá de los hechos, interesa cómo lo cubrió El Litoral. El 4 de marzo de 1978, apenas dos días después del robo, el diario eligió ir un paso más allá del registro informativo. Bajo el título "Los profanadores de tumbas", publicó un texto que está más cerca del ensayo moral que de la crónica policial.
Desde el inicio, el artículo sitúa el hecho en un escenario que parece salido de la literatura. "Suiza es un país tradicionalmente pacífico. Su cementerio ha de ser el sitio sino ideal, perfecto para descansar en paz".
Esa construcción inicial intenta enfatizar la ruptura simbólica que implicó el delito. La violencia no ocurre en un lugar cualquiera, sino en uno históricamente asociado al orden, la calma y la neutralidad.
La evocación de Chaplin ("la más simpática, cordial y humana personificación de la bondad") abre otro nivel de lectura. El Litoral alude a la profanación de un símbolo cultural que pertenece al mundo. Es que Charlot es un antihéroe cuya fragilidad lo vuelve universal.

El texto deriva luego a una reflexión más amplia sobre la violencia. "Había que ofender también a la muerte atacándola en su más solemne y terrenal refugio". En plena década del 70, atravesada por el terrorismo y la violencia política, el diario lee el hecho como parte de un "crescendo inhumano".
Pero el punto más filoso llega al final. "La palabra crueldad resulta un tanto benévola para calificar a la estupidez". Es justamente en ese absurdo donde el robo del cadáver encuentra su costado más inquietante.
"Nada se sabe de los restos"
El 31 de marzo de 1978, El Litoral volvió a preocuparse por el hecho, al reproducir un despacho internacional. A casi un mes del robo, "tanto la familia como la Policía suiza dijeron no tener la menor idea" de los responsables.
La información es fragmentaria, atravesada por rumores que el propio texto se encarga de desmentir o relativizar. Uno de los elementos más significativos es la mención a las comunicaciones anónimas: cartas y llamadas que se atribuían el delito pero que eran "falsas o enfermizas".

El artículo también reconstruye el contexto familiar y cercano. El pequeño cementerio de Corsier, los recuerdos de la vida de Chaplin junto a Oona frente al Lago Ginebra, la ausencia de la actriz Geraldine Chaplin en el funeral. Detalles que humanizan la historia y la alejan del mero y frío registro policial.
Al mismo tiempo, da cuenta de versiones que bordean lo novelesco, como la posibilidad de que el cuerpo haya sido trasladado a Gran Bretaña o que Chaplin hubiese querido ser enterrado en su residencia. La incertidumbre es total.
El cierre policial y el desencanto
El 17 de mayo de 1978, la noticia del hallazgo ocupa la primera página de El Litoral. La información es precisa: el féretro fue encontrado cerca de Noville, a unos 40 kilómetros de la residencia familiar, y los responsables fueron detenidos tras intentar cobrar el rescate.
Las declaraciones del magistrado Jean-Daniel Tenthorey estructuran el relato. "Los motivos eran dinero y no políticos". Esa aclaración desmonta cualquier intento de dotar al hecho de un significado ideológico.

El diario también registra el alivio de la familia, aunque evita el tono celebratorio. Hay, en cambio, una sensación de cierre administrativo, burocrático. El dato de que el monto exigido "no alcanzaba al millón de francos suizos" y el silencio oficial durante la investigación completan una escena que va de lo extraordinario a lo trivial.
Entre el mito y la profanación
La cobertura de El Litoral sirve para leer el episodio más allá de lo policial. Hay una tensión constante entre la figura mítica de Chaplin y la banalidad del delito. El creador de Charlot encarnó la dignidad de lo pequeño, la ternura frente a la adversidad. Robar su cuerpo fue, en ese sentido, una forma de despojo simbólico.
Pero lo que se impone (y el diario deja entrever sin explicitarlo) es algo más incómodo, como la ambición y la estupidez. El gran Chaplin reducido a un caso de extorsión que parece creado por los Hermanos Coen para un capítulo de "Fargo".

Pero así es la condición humana, esa misma que Carlitos fue capaz de describir tan bien en sus películas.








