"Así es la vida: polvo. Menos que polvo: viento. Menos que viento: sombra. Menos que sobra: un eco. Acaso un eco inútil. ¡O todavía menos!"

Fue el 8 de enero de 1936. Capdevila estaba junto al historiador Alberto Palcos, durante un viaje a Lima. A 90 años, esa escena permite revisar su figura y el rol cultural del diario.

"Así es la vida: polvo. Menos que polvo: viento. Menos que viento: sombra. Menos que sobra: un eco. Acaso un eco inútil. ¡O todavía menos!"
La frase, de melancolía despojada, parece escrita para dialogar con el paso del tiempo. Y también sirve para explicar por qué, 90 años después, la visita de Arturo Capdevila a la redacción de El Litoral, el 8 de enero de 1936, sigue siendo algo más importante que una anécdota archivada.
Santa Fe era entonces una ciudad atravesada por la palabra escrita. Y El Litoral un espacio de legitimación cultural, por la circulación de ideas que ayudaban a pensar la provincia, incluso el país. En ese contexto, la llegada del poeta, jurista e intelectual cordobés no fue algo menor.

Arturo Capdevila había nacido en Córdoba el 14 de marzo de 1889. Vivió allí hasta los 22 años, se formó como abogado en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba y desarrolló una extensa carrera como camarista y juez.
Pero reducir su figura a lo jurídico sería erróneo: encarnó la idea del humanista integral. Por razones profesionales se radicó en Buenos Aires, donde se vinculó con los intelectuales más prestigiosos de su tiempo y desplegó una intensa labor docente.
Sus intereses abarcaban el derecho, la historia, la literatura, la medicina -llegó a cursar la carrera y escribió ensayos sobre la lepra- y las cuestiones del lenguaje. Instaló el primer Consultorio Gramatical de Urgencia.

Capdevila fue un autor prolífico y muy leído. Sus libros tuvieron grandes tiradas y una circulación que hoy resulta difícil de imaginar para un escritor argentino.
Entre sus obras más relevantes figuran "Jardines solos" (1911), "El poema de Nenúfar" (1915), "El libro de la noche" (1917) y "Córdoba azul" (1940), libro que fijó para siempre esa imagen poética de la ciudad mediterránea.
También escribió sobre Rubén Darío, Alfonsina Storni, San Martín, Dorrego y Juan Manuel de Rosas, con una mirada crítica que defendió, sin ambigüedades, los valores democráticos.

El 8 de enero de 1936, El Litoral publicó una nota titulada "Dos publicistas, en viaje a Lima, se encuentran en Santa Fe". Allí se informaba que esa mañana habían visitado el diario "dos altos valores del mundo intelectual argentino": Arturo Capdevila y el historiador Alberto Palcos.
El retrato que el diario trazó de Capdevila muestra el prestigio que ya tenía entonces. "Ambos nombres gozan de justificada reputación; llevan realizadas sendas obras de reconocidos méritos". Y más aún: "El primero es un exquisito narrador de cosas que obran en el espíritu del hombre para adherirle tenazmente a la tierra nativa".
La prosa periodística se vuelve literaria al describir sus versos como "ideas diluidas en sentimientos románticos que ensanchan el alma", comparando su tono con el de "un monje de larga experiencia en salones mundanos".

Un dato de color: en el suplemento literario que, durante muchos años, publicó El Litoral, aparecieron textos de Capdevila, como el que se adjunta.
Capdevila no pasó de largo por la ciudad. Acompañado por Palcos y por el doctor Clementino S. Paredes, visitó el Archivo Histórico de la Provincia, las bibliotecas, el Museo Provincial y la Municipalidad.
No era un viaje de descanso rumbo a Lima. El propio diario advertía que ni Capdevila ni Palcos podían descansar "en presencia de lo bello y de los documentos que hallarán en los anaqueles de las viejas localidades que guardan culto a la tradición".

Antes de partir, ambos dejaron un mensaje que El Litoral consignó: sentían por Santa Fe una "particular estima" y dejaban un cordial saludo.
Cuando Capdevila murió en diciembre de 1967, El Litoral volvió a escribir sobre él, recordándolo como una de las figuras más sobresalientes del país, defensor de la democracia, profesor universitario, autor de una obra vasta y brillante, y jurista comprometido.
A noventa años de aquella visita, el eco de Capdevila no es "inútil". Persiste en la idea de que el periodismo, cuando se cruza con la literatura y el pensamiento, puede derivar en intercambios fértiles. Hoy, releer esa página de enero de 1936 es una forma de volver a esa premisa.