El Día de Reyes siempre fue una mezcla de ilusión, ritual familiar y momento compartido, con la magia y la pureza por sobre todas las cosas.

Hace 80 años, una nota de El Litoral registró cómo la celebración de la festividad incorporó automóviles, altoparlantes y un sistema de reparto de regalos pagos que dejó al descubierto escenas de desigualdad social.

El Día de Reyes siempre fue una mezcla de ilusión, ritual familiar y momento compartido, con la magia y la pureza por sobre todas las cosas.
Sin embargo, el 7 de enero de 1946, hace 80 años, El Litoral publicó un texto que se corría del tono celebratorio para observar, con ironía y mirada social, un curioso fenómeno vinculado con Melchor, Gaspar y Baltasar.

Según relata el diario, aquellos "reyes" no llegaban en camellos ni desde Oriente. Circulaban en automóvil, acompañados por un altoparlante que anunciaba su presencia con música de radio y todo el ruido posible.
La escena era, cuando menos, llamativa: vecinos asomados a las puertas, chicos muy expectantes y adultos observando una cabalgata algo extraña.

Los juguetes, aclara la crónica, habían sido comprados previamente por los padres con la solvencia necesaria para pagar una comisión. Los "reyes" cumplían el rol de intermediarios disfrazados. Una solución práctica, pero no exenta de consecuencias.
El problema, más que la puesta en escena, era el recorrido. Las figuras paraban en algunas casas y seguían de largo en otras. No hacía falta mucha perspicacia para notar el patrón: las favorecidas eran las de las familias más acomodadas, mientras que los hogares humildes rara vez recibían la visita.

La crónica lo señalaba con claridad y cierto humor ácido: la desigualdad en los regalos no era nueva, pero antes al menos los "reyes" no se dejaban ver ni despertaban a todos para atender a algunos. La visibilidad cambiaba las reglas del juego.
El texto recogía escenas domésticas con preguntas simples, difíciles de responder. Chicos que no entendían por qué los "reyes" se olvidaban de ellos y madres que improvisaban explicaciones y promesas para calmar el llanto.

"-Mamita por qué no me trae nada? ¿No he sido buena todo el año? -Si hijita: pero los Reyes se han olvidado de ti.... -Son muy malos, mamita. Ya no los quiero.... Y la criatura se echaba a llorar, hasta que la madre le prometía que el papá tomaría cartas en el asunto y les demandaría a los Reyes la entrega del regalo para la nena", decía.
Más que dramatizar las cosas, la crónica observaba. Y en esa observación dejaba clara una idea: los chicos juzgan los hechos con una lógica directa, sin vueltas. Para ellos, si alguien fue bueno, merece premio. Todo lo demás son explicaciones de adultos.

Revisitar esta crónica de El Litoral es asomarse a una ciudad que comenzaba a cambiar de a poco, donde la modernidad empezaba a influir también en las fiestas tradicionales.
También es una invitación a leer el pasado sin solemnidad, entendiendo que muchas discusiones actuales ya estaban ahí, disfrazadas de "reyes" y amplificadas por un altoparlante.