El último día de octubre de 1951, hace 75 años, se estrenó en los cines Radar y Capitol de la ciudad de Buenos Aires "El niño del cabello verde". Fue el primer largometraje del director Joseph Losey y una de las películas más raras de la segunda parte de la década de 1940. Difícil de clasificar, fue un anticipo, también, del tipo de cine que vendría poco después.
La extraña película sobre un chico diferente que se adelantó a los miedos de la Guerra Fría
Llegó a los cines del país entre finales de octubre y principios de noviembre de 1951, antes de los episodios más críticos de la tensión entre la Unión Soviética y Estados Unidos. "El niño del cabello verde" tomó la historia de un huérfano y logró una compleja alegoría contra la guerra y los prejuicios. El diario Crítica destacó, entonces, su "moraleja pacifista".

La película, protagonizada por un Dean Stockwell de 12 años, (al actor lo veremos más tarde en films como "París, Texas" y "Terciopelo azul", donde tiene una intervención de pocos minutos pero imborrable) había sido producida por RKO en 1948 y llegaba a la Argentina tres años después.
El diario Crítica la reseñó al día siguiente, el 1 de noviembre de 1951. Su crónica, titulada "Encanto poético tiene El niño del cabello verde", la presentó como "un alegato contra la guerra". Una mirada muy acertada, en sintonía con la época.

De hecho, la película puede verse como una suerte de preludio de un tipo de cine que, durante toda la década siguiente, planteará desde Estados Unidos distintas miradas sobre la desconfianza hacia el otro, hacia aquel que no se parece a los demás dentro del propio "bando". Algo muy propio de las circunstancias de la Guerra Fría.
La Argentina a la cual llegó el film
Pero también el año 1951 había sido muy agitado en la política argentina. El 28 de septiembre había fracasado un intento de golpe contra el presidente Juan Domingo Perón y, a poco más de una semana del estreno, el 11 de noviembre, las mujeres votaban por primera vez en una elección a nivel nacional, tras la sanción de la Ley 13.010.
En el plano internacional, la Guerra Fría ya no era una amenaza lejana. La Unión Soviética había probado las posibilidades de su poderío atómico y las tropas estadounidenses combatían en la península coreana. Las tensiones eran fuertísimas y repercutían con distinta densidad en el resto de los países del mundo.
En ese clima, las salas argentinas recibían producciones de Hollywood. Y ese Hollywood, diferente al de los 30, por su parte, estaba cambiando de temas, en línea con los nuevos tiempos. El miedo al conflicto nuclear y a la infiltración ideológica empezaba a despuntar en los argumentos, casi siempre bajo el ropaje de la ciencia ficción y el terror.
La década de los invasores y los diferentes
Ese mismo 1951 trajo dos títulos fueron importantes. "The Thing from Another World" (1951), donde un grupo de militares y científicos son atrapados en una base polar por una criatura venida del espacio. Y "The Day the Earth Stood Still", del mismo año, en la cual un extraterrestre que llega a Washington advierte sobre la carrera armamentista y es recibido a balazos.
Lo que vino después amplió la fórmula: "Invasores de Marte" y "La guerra de los mundos" (1953), "El mundo en peligro" y "Godzilla" (1954), "La invasion de los usurpadores de cuerpos" (1956). El enemigo podía ser una hormiga gigante, un monstruo nacido de una prueba atómica o un vecino reemplazado por una réplica.

El rasgo fundamental es que la amenaza, en todos los casos, venía de afuera o se escondía adentro para, desde ahí, afectar a un determinado grupo. Además, el desconocido, el diferente, siempre merecía sospecha, hostigamiento y hasta la misma muerte antes que cobijo o comprensión.
Frente a ese catálogo, la propuesta de Losey tiene una singularidad. El "diferente", esta vez, no baja de un ovni ni sale de un laboratorio. Es un chico de piel clara y mirada inocente, al que una mañana le cambia el pelo. El pueblo, sin embargo, reacciona como esi estuviera ante un invasor.
Lo que dijo el diario Crítica
La reseña del diario porteño de 1951 describió al protagonista como "un muchachito, huérfano de la guerra", "consciente de estar de sobra en un mundo que lo acepta apenas", al que le falta, "sobre todas las cosas, el afecto familiar".

Fue explícita sobre su sentido político. Calificó la película de "una fantasía cuya moraleja pacifista tiene en la actualidad un significado especial", sobre todo en su país de origen, "dada la tirante situación entre las grandes potencias mundiales". En 1951, esa frase no necesitaba notas al pie.
Ternura, ritmo y actuaciones
La crónica dedica buena parte de su espacio a los méritos del conjunto. Describe una dirección de Losey "con ritmo apacible", que "se demora en detalles de índole doméstica" y logra "momentos de emoción y de ternura honda".
Celebra a Stockwell como "un consumado artista", capaz de transmitir "los más variados estados anímicos", y destaca a Pat O’Brien por un trabajo "de contornos humanos muy atractivo". De Robert Ryan dice que su personaje es "puramente episódico", y de Barbara Hale, que resulta "eficaz en su papel de maestra".

El texto concluye ubicando a "El niño del cabello verde" en "la tradición de los grandes cuentos infantiles", aquellos donde, “gracias al mérito de la poesía”, tienen entrada también las personas mayores.
Una pregunta para 2026
Visto desde hoy, el cruce entre la película y la década tiene algo de espejo. El cine de los 50 entrenó al público para reconocer al intruso: el que habla distinto, el que actúa sin emoción, el que trae un mensaje que nadie quiere oír. Losey, con un chico y una cabellera verde, propuso mirar en la dirección contraria: el malo no es el otro, sino el que impulsa el prejuicio.
La Guerra Fría terminó hace muchos años, con la caída del Muro de Berlín, pero hoy el recelo hacia el que se aparta de la norma, sea esta cual fuere, sigue siendo centro de críticas. Amplificadas por las plataformas tecnológicas. Por eso la película de 1948 conserva una vigencia que su director, fallecido en los 80, no pudo imaginar. Vale la pena revisarla.








