"Dulce la sombra, demora, demora su beso íntimo. / Las suaves colinas, sin embargo, se exhalan hacia el cielo / con una frescura apenas azul / que casi se hace fluida en los caminos de arena".

La colección Biblioteca Juan L. Ortiz, impulsada por la UNL y la UNER ofrece una serie de herramientas críticas para poder abordar una obra que reclama lentitud, escucha y entrega.

"Dulce la sombra, demora, demora su beso íntimo. / Las suaves colinas, sin embargo, se exhalan hacia el cielo / con una frescura apenas azul / que casi se hace fluida en los caminos de arena".
En 1978, cuando murió en Paraná a los 82 años, El Litoral despidió a Juan L. Ortiz. "Víctima de un enfisema pulmonar falleció el destacado escritor y poeta entrerriano", consignó.
Había nacido en Puerto Ruiz, cerca de Gualeguay, en 1896. Lo llamaban "Juanele". Y ya en vida su obra completa se reconocía bajo el título "En el aura del sauce".
Casi cinco décadas después, la reciente reimpresión de sus libros vuelve a poner en circulación una de las experiencias poéticas más intensas de la literatura argentina. Es una invitación a releer a Juan L. Ortiz desde el presente, desde el litoral y desde esa pregunta persistente sobre el sentido del paisaje y la palabra.

"En el aura del sauce", publicado en 1971 hacia el final de su vida, reúne medio siglo de trabajo poético ininterrumpido. Ese volumen es, a la vez, una constelación.
Mítico entre los lectores, está compuesto por catorce libros: los diez primeros publicados casi artesanalmente, en tiradas mínimas que el propio Ortiz distribuía entre amigos; luego tres más sumados a la edición de su poesía reunida, y uno inconcluso. La autonomía y la cadencia de cada uno participan de la definición de su estilo.
Poeta lírico y de acusada sensibilidad, "Juanele" practicó “la prosa libre sin perder la tendencia rítmica del poeta nato", tal como señalara El Litoral. Su musicalidad extendió su fama a todos los países de habla hispana, aun cuando su temperamento íntimo deseaba rehuirla.
La colección Biblioteca Juan L. Ortiz, impulsada por las editoriales de la Universidad Nacional del Litoral y la Universidad Nacional de Entre Ríos, se propone volver a editar los textos, acompañados por prólogos y notas de especialistas.

En ese marco, llegaron recientemente a manos del autor de estas líneas, por gentileza de los editores, dos volúmenes: "El Gualeguay", con texto introductorio de Sergio Delgado, y "La mano infinita”, con prólogo de Marilyn Contardi.
"No es fácil leer El Gualeguay", advierte Delgado. "El lector que abra este libro y vaya directo al poema, salteando saludablemente el matorral de esta introducción y de las notas, nadará, entre la fascinación y el desconcierto, en aguas de ‘mares incontemplados’ para decirlo con palabras de Michaux".
Y agrega: "Puedo incluso recomendarlo, al menos como una primera aproximación. Pienso incluso en un lector ya familiarizado con la poesía de Juan L. Ortiz, que reconocerá su singular lenguaje poético, pero que de todas maneras deberá emprender una experiencia única".
La advertencia es, en realidad, una velada invitación. Leer a Juanele supone aceptar el ritmo lento del río, la deriva del pensamiento y la contemplación como forma de conocimiento.

En el prólogo de "La mano infinita", Contardi dice que "en la poesía de Ortiz se inscriben el asombro y la expresión de ese asombro".
"El maravillarse ante la profusión de formas de la Naturaleza y el descubrimiento en cada una de ellas, aun en las más diminutas, de una gracia pura, exquisita, que él se aplica, podría decirse, hasta devotamente y con fervor, a tratar de expresar", agrega.
Ahí está uno de los núcleos de la poética del maestro entrerriano admirado por Juan José Saer casi como si fuera un profeta: el asombro. No pensado como una acción ingenua, sino más bien como una actitud ética ante el mundo.
Reencontrarse con la obra de Juanele es siempre un ejercicio estimulante. Tal como apunta Delgado, es una "experiencia única" que puede estar mediada por un abanico de diferentes posibilidades intertextuales.

Para el lector criado en los paisajes litoraleños, tendrá algunas claves de lectura ancladas allí, pero la experiencia que propone Ortiz supera ampliamente el paisaje y se va hacia algo más profundo.
Podría decirse que es un ser humano que se vale de lo que tiene a mano (en este caso es la poesía, pero podría haber sido otra cosa) para intentar descifrar, desde el rincón de espacio-tiempo que le tocó, los misterios del mundo.
La reimpresión de los libros de Juan L. Ortiz actualiza una pregunta de la literatura: ¿qué puede hacer la poesía frente al "ruido" del mundo? Tal vez la respuesta esté en ese sauce que sigue extendiendo su aura sobre el río.