En agosto de 1971, un hombre llamado Juan Jacobo Bajarlía llegó a Santa Fe acompañado por su esposa, Enriqueta Mayo, y se sentó a conversar con El Litoral. Aquella entrevista, publicada el 21 de agosto de aquel año, hace 55 años, es una radiografía de un poeta que la literatura argentina tardó en poner en el lugar que merece. Pero finalmente lo hizo.
La poesía según Bajarlía: "una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección"
El 21 de agosto de 1971, El Litoral publicó una entrevista con el poeta Juan Jacobo Bajarlía, de paso por Santa Fe. Traductor pionero de Eugène Ionesco al español, el escritor repasó su mirada sobre el teatro del absurdo, la censura y el erotismo en escena, y cerró la charla citando a Lautréamont.

Bajarlía (1914-2005) fue de esos autores que se resisten con fuerza a la etiqueta. Poeta, dramaturgo, cuentista, abogado, traductor y ensayista, transitó la ciencia ficción, lo fantástico, la parapsicología, la novela policial, el erotismo y la investigación histórica. Hasta investigó la figura de Jack el Destripador.

Introdujo las vanguardias en la Argentina y fue, además, el primer traductor al español de Eugène Ionesco. En 1955 vertió "La lección", cuando en el país casi nadie conocía al dramaturgo rumano-francés.
El absurdo no es lo que parece
En la charla con El Litoral, Bajarlía se detuvo justamente en esa idea, mal entendida en su época, del "teatro del absurdo". Para él, el término era una etiqueta impropia. Sostenía que ese lenguaje, en Ionesco y en los autores de vanguardia, incluía "una imagen con relación a estructuras de traslación que valen más que la metáfora".

El escritor señalaba además que ese absurdo tenía practicantes locales como Eduardo Pavlovsky y Griselda Gambaro, aunque aclaraba que el primero ya se inclinaba hacia temas "más aristotélicos", atentos a las relaciones de lugar y tiempo propias del teatro clásico.
Desnudo, palabra y moral
La entrevista también avanzó sobre un debate de la época, el lenguaje de Edward Albee y las experiencias de "Hair" y "¡Oh, Calcuta!". Bajarlía defendió esas búsquedas apelando a D. H. Lawrence. La palabra, decía, no debe estar disociada de su concepto. Divorciarlas produce pornografía; usarlas juntas, en cambio, es un acto moral.

Sobre el cuerpo desnudo en escena compartía la tesis de Jerzy Grotowski respecto a que la desnudez y el concepto son cosas distintas, y un actor desnudo no implica nada en sí mismo si la acción lo justifica.
Literatura, vida y una máquina de coser
Consultado por el viejo conflicto entre literatura y vida que ya había planteado Henry James, Bajarlía respondió desde un lugar del escritor, que es un integrante más del medio social, y esa condición se vuelve, inevitablemente, materia de su obra.

Cerró la charla con una imagen tomada de Lautréamont, la de la poesía como el encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección. Invención pura, la definía él, frente a Heidegger y su fundación del ser por la palabra, y a Breton y su enigmático "cachimbo".








