El Concejo Municipal de la Ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz expresó días atrás su beneplácito por la publicación del libro “Relatos desde la ventana. Mea culpa por los niños”, de la histórica María Azucena Catania. La flamante publicación, editada por Niña Pez, será presentada el jueves 21 de mayo desde las 18.30 en Las Delicias-Gayalí (San Martín e Hipólito Yrigoyen) de la mano de Silvina Cian (también impulsora de la declaración).
María Azucena Catania: abrir la ventana a los recuerdos
La recordada conductora de “El mundo de María Azucena”, con gran trayectoria artística en Costa Rica, presentará el jueves 21 su libro juvenil “Relatos desde la ventana. Mea culpa por los niños”. El Litoral aprovechó la ocasión para conversar con ella sobre este trabajo y sobre sus largos años de dedicación a las infancias.

En la ocasión, El Litoral conversó con la docente, teatrista y escritora sobre este nuevo libro, su mítico programa de televisión (“El mundo de María Azucena”), su años en Costa Rica y su compromiso con la infancia.

Para jóvenes, de aquellos niños
-“Relatos desde la ventana” se plantea como un libro para jóvenes y adultos. ¿Cómo es escribir para ese público, y por qué lo de “mea culpa por los niños”?
-La gente que me ha conocido por televisión, rodeada de chicos chiquitos, a lo mejor piensa que es un libro para los más chiquitos; que por supuesto tengo un montón de cosas escritas (que ojalá tenga la posibilidad de editarlas) para más chiquitos.
Pero la editorial Niña Pez se interesó mucho por estos relatos, porque los encuadra dentro de lo que se llama literatura infanto-juvenil: cuando la persona, varón o mujer, deja de ser niño o transita ya para la adultez, para la juventud, y hay poco material, según ellos. Por eso se interesaron por estos relatos que están dirigidos a personas de 14 años La culpa... A veces pienso que quizás sea una justificación de parte mía, que ojalá sea universal, muy pretenciosa yo (risas), de sentir pesar, pesadumbre por tanta ignorancia que tenemos a veces de ciertas realidades tremendas. Que las conocemos por lecturas, por estudio, pero que no hemos llegado a vivirlas en la realidad.
Tuve la oportunidad de conocer un montón de chicos de otros contextos de vida, y realmente me impactaron de tal manera, y llegué a quererlos tanto (porque además enriquecieron mi vida y expandieron mi corazón) que sentí que necesitaba escribirlos.
Por eso es un libro testimonial, digo yo. Es un testimonio de historias reales de niños reales, que me encantaron mucho; y que me parece que era una materia pendiente que tenía con ellos. Para decir “por lo menos yo hice alguna cosa en favor de ellos”. Pero me interesa sensibilizar o llamar la atención por estas cosas para que otros también conozcan esta estas realidades, como yo pude hacerlo.
Son testimonios: no quiere decir que sean una biografía perfecta de cada uno, porque por supuesto los ficcioné bastante para hacer más agradable la lectura. Pero sí son niños reales que yo conocí y sentí que debía contar sus historias.
Palabra e imagen
-En la contratapa se habla de “un pacto con la palabra”, en una época donde estamos rodeados de pantallas.
-No ignoro que a lo mejor este pequeño libro sea una gotita en el mar o una arenilla en una playa; pero siempre he creído en estas en esas cuestiones pequeñas, simples, cotidianas, dirigidas al niño; que pueden (como las bolas de nieve) ir agrandándose hasta llegar a oídos de gente que realmente tiene en sus manos hacer cosas por ellos.
En ese sentido entiendo que los chicos están absolutamente absorbidos por la tecnología, y que la lectura ha perdido un campo con los jóvenes. Pero creo que también (y no estoy segura: eso lo ignoro porque no lo he investigado) en secundario (en las primarias siempre se lee), desde los 14 años, donde para los que va dirigido este libro, también ojalá tengan horas de lectura.
Y que esas lecturas (en el caso de otros libros, no estoy pretendiendo el mío) sensibilicen de alguna manera a los jóvenes a entender que hay otras realidades, otros contextos y que todos podemos hacer algo por eso, aunque sea una pequeña cosa. Esa es la idea.
-Pasa lo mismo con la narración oral.
-Creo absolutamente en la narración oral. Y doy fe porque a veces nos reunimos en familia, que somos una familia bastante numerosa, con nietos, con bisnietos, con hijos. De pronto digo: “¿Quién quiere escuchar un cuento? El que quiera que me siga" , así en broma. Y se vienen a escuchar un cuento, y lo escuchan pero no sabes cómo.
Lo interesante es que ese cuento les da posibilidades para poder analizarlo, criticarlo, aportar ideas, comentarlo. En cambio, cuando los vemos leyendo o viendo las pantallitas pequeñas que usan ahora los chicos, a partir de ahí ya está todo dado: la palabra, la música. No da un pie a la imaginación.
En cambio, uno de los valores de la narración oral es que vos largás la palabra y a partir de ahí el niño se adueña de ella, y puede hacer con ella lo que le parezca: analizar, criticar, etc. Creo en la palabra oral, sí, muchísimo, en la palabra en general.
No en contra de la imagen: imaginate que si trabajé en televisión no puedo estar en contra de la imagen; y menos que nada en toda esta maravilla de la ciencia que nos está aportando todo este tipo de cosas. Lo que pasa es que hay que tener cuidado de que esas de esas tecnologías no se conviertan en nocivas. Nosotros las convertimos en nocivas porque nos dejamos apabullar por ellas.
Hay que tratar de nosotros apoderarnos de ellas, no ellas de nosotros. Y (como siempre digo) todo comienza al principio. Empezar a crear hábitos de lectura, y también de tecnología, no estoy en contra de eso. Tan es así que una vez me hicieron una pregunta: “Si fuera a hacer otro programa, María...”; cosa muy extraña, porque a mi edad ya no lo podría hacer con la intensidad que uno lo hacía en la juventud.
Pero cuando me preguntan eso, sí claro, tendría que haber unos cambios y ahí la tecnología me ayudaría muchísimo. Estoy en contra del mal uso de la tecnología.
Reconocimientos
-El Concejo Municipal ahora la distingue por este libro, de la misma forma en que hace dos años se reconoció su trayectoria artística. ¿Cómo se reciben esos reconocimientos de la ciudad de uno?
-Con un agradecimiento total. No con falsa modestia, porque hay que prepararse para trabajar con niños: es muy fácil criticar desde afuera y no saber que uno se ha preparado por muchos años, que sabe qué es lo que necesitan los niños; que sabe quererlos de verdad, y eso los niños lo huelen enseguida cuando estamos queriéndolos verdaderamente.
Siempre digo que cualquiera que hubiera sido capaz de trabajar en la televisión, de emprender algo así, un proyecto de ese tipo: hubiera sido exitosa. A mí me tocó y lo agradezco montones: a Santa Fe, a todo el mundo, a cada uno de las personas que creyeron en mí, que me apoyaron.
Y a los niños: porque ese cariño que me dieron los chicos fue algo impresionante, que voy a agradecer toda mi vida.
-¿Qué siente al ver que varias generaciones siguen recordando “El mundo de María Azucena”?
-Ahora no me reconocen tanto, porque el tiempo cambia los rostros. Pero hasta hace poco cuando me veían, “Ah, María” y me cantaban “El mundo era mío”, o “Hasta mañana me voy”, hay chiquitos que los escucho cantando eso y les digo: “¿Ustedes saben que yo escribí eso?”. “Ah, nosotros lo cantamos en el jardín de infantes”. Todo eso te llena de una ternura tremenda y de un agradecimiento a la vida: porque se dio, y logré que estuvieran felices los chicos, que era lo importante.

Llegada especial
-Dijo que era un apostolado ese programa. ¿Cómo era trabajar en un contexto diario en la televisión de esa época?
-Era bravo, en el sentido de que recaía mucho sobre uno; aparte de, por supuesto, un equipo de directores y demás que eran muy buena gente, buenos directores, que me apoyaban montones.
El sujeto siempre es el niño, eso es importante aclararlo: el sujeto no es la que dirige el programa, sino el niño. Entonces nos sentíamos a veces como huérfanos: de poder agregar otras cosas, de poder enriquecer el programa de alguna manera; porque no contábamos con tantos elementos. Éramos primerizos en la televisión en aquel entonces.
Así que era una ardua tarea, no tanto física... que también, porque yo todavía era madre de cinco hijos, me llevaba dos al canal por lo general y era cansador físicamente; llegaba a casa bastante extenuada, y además a la mañana trabajaba en el colegio, en las Adoratrices.
Pero lo hacíamos con tanta convicción, con tanto amor al destinatario que lo pasábamos bien, no me puedo quejar.
-¿Cómo era preparar cada programa, el proceso creativo?
-Estaba Fernando Thiel (Juansi), que era un excelente mimo, perfecto. Yo había pedido la colaboración del papá (Oscar), pero me dijo que estaba ya muy grande y me lo mandó a Fernandito, que realmente era una aporte increíble. Y Vilma Cattáneo, que por ser actriz sabía muy bien su papel de brujita (Osofeta) y cosas así.
Prepararlo no era tan terrible, porque como yo daba clases de creatividad, de actividades creativas, siempre tenía mucho material y mucho conocimiento de lo que tenía que darles y cómo ofrecérselo a los chicos. Porque en el cómo está la cosa: uno puede tener mucho material... eso nos pasa a los maestros: podés tener mucho material, mucho apoyo, pero si no estás preparada en cómo ofrecerlo al niño para que lo acepte, lo goce, lo viva y lo haga crecer, es bravo.
Esa parte era la que más me agobiaba: poder hacer las cosas realmente bien. Pero estaba con muchos años de preparación y de material: ya sea literario, de títeres, de montones de cosas. Y después era recibirlos a los chicos con un gran cariño.

Desde casa
-Parte de esa formación (además de de la experiencia docente y de haber sido formadora de otros docentes) viene de una familia muy ligada al arte y a la comunicación, con hermanos como Alfredo, Lucho y Carlos. ¿Cómo fue crecer y desarrollarse en ese entorno familiar?
-Por eso digo que todo empieza al comienzo. En casa, cuando éramos chicos, hacíamos tertulias literarias en familia: se leía, se analizaba, se criticaba, se aportaba. Yo estudiaba piano. Mis hermanos ya estaban con el bichito del teatro; nunca estuve con ellos, porque era menor que los dos mayores. Espiaba por el agujerito de la llave cuando ensayaban en casa, pero nunca hice teatro con ellos.
Pero sí, aprendí un montón en conversaciones. Y fue así como empecé a escribir obras para niños: tengo 11 obras para niños, en Costa Rica presenté nueve, como autora, directora y actriz. Así que estaba la semilla ahí sembrada y no hizo más que germinar de una manera natural, cada uno con sus vocaciones.
Papá y mamá nunca interfirieron en las vocaciones nuestras. Y eso que, por ejemplo, Carlos (el mayor) empezó estudiando abogacía, después estuvo en el Colegio Militar hasta que dijo: “Papá, esto es lo que me gusta”, y así fue. Lo mismo Alfredo (“Pato”, le decíamos): estudió medicina en Rosario; papá era médico y estaba fascinado porque el hijo fuera médico, pero tampoco.
Y así se van dando las cosas naturalmente. Siempre con un hábito o con un estímulo creativo desde chicos. Y mucha libertad de juego, sobre todo: jugábamos mucho.

Recuerdos ticos
-Mencionó Costa Rica que es un lugar muy importante en su vida y en su carrera.
-Absolutamente.
-¿Cómo fue llegar ahí?
-Entré por la puerta grande, porque me habían contratado el ministro de Cultura, que era suegro de mi hermano, y mi hermano, director de Cultura. Me propusieron el proyecto de abrir un taller; que no fue un taller, sino que yo le llamé “Educación por el arte a través del arte”.
Llegué y ya tenía las puertas preabiertas y todo el apoyo de muchísima gente importante. Así que fue muy lindo. Lo único que sentí fue que la brujita Vilma Cattáneo no nos pudo acompañar, pero sí me acompañó Fernando Thiel con el que empezamos a dar una obra de teatro que habíamos dado acá, que se llamaba “Los amigos”: fue increíble el éxito que tuvimos.
A partir de ahí se fueron dando las cosas naturalmente, todo muy bien. Empecé a escribir mucho, di muchas clases de aproximación al niño en bibliotecas. Y estuve rodeada de gente realmente muy importante en el aspecto literario de Costa Rica.
-¿Había diferencias entre los públicos infantiles de Argentina y Costa Rica?
-No: los niños en esencia son exactamente iguales. Con las mismas necesidades de amor, de cobijo, de salud, sobre todo de amor. Luego las distintas culturas donde nacen los forman de distinta manera; pero el niño en sí, hasta los seis (o cuando empiezan la escuela) son esencialmente iguales: son niños, con la gran capacidad natural del juego. Y a partir de ahí después puede haber cambios, pero en general sí, son todos iguales.
No tuve ningún problema, sólo adecuar a veces algún lenguaje, porque allá no dicen chico, sino niño; hay un montón de palabritas a las que tuvimos que adecuarnos. Pero gozaban las obras de teatro y nos relacionamos perfectamente con ellos. No hubo ningún problema.
Tiempo de jugar
-Si pudiera volver a abrir aquella ventanita de “El mundo de María Azucena”, ¿qué mensaje le gustaría compartir a los chicos y a las familias de la actualidad?
-Aquel que decía Jean Jacques Rousseau: “Dejen madurar la infancia de los niños. No los apuren”. Al contrario, nosotros adecuémonos a ellos: ayudándolos, amándolos profundamente, respetándolos, respetando sus tiempos.
Veo que ahora hay niños y niñas de 10, 11 años, que parecen ya como de 13, 14: como que están apurados. Siempre creí que somos nosotros los adultos los que estamos promoviendo esas cosas; a lo mejor la vida se puso difícil, no estamos tanto en casa. Entonces es más fácil sentirnos en en caso de los padres compinches de los hijos en vez de padres, o las madres amigas de la hija. Pero no: los niños necesitan la guía de un papá, de una mamá, con roles claros, para seguir formándose en la vida.
La infancia es lo más maravilloso que hay en la vida, es el comienzo de todo. Si aportamos al comienzo te puedo asegurar que todo esto andaría muchísimo mejor.
Aquella poesía tan bonita que yo decía: “El mundo era mío / en él yo reinaba / por mí las abejas / alegres zumbaban”: es todo lo que necesitan los niños para sentirse realmente bien.








