La Pato y el Teca se criaron juntos en el barrio, en un universo acotado: el quiosco, la canchita, la escuela y la plaza; espacios donde ranchan los “fisuras” de siempre. Ella es una flor en el barro, una belleza marginal “cascoteada” por la vida (“te queda bien el 13, si sos re yeta”, dirá él). Él es pícaro y entrador (“se te re pegó la Mónica”, le reprochará ella).
"Onliyú": la frontera de los cuerpos

La Pato quiere salir de esa geografía limitada y mezquina en felicidad. El Teca parece contento con las circunstancias que le tocaron en suerte. Parece que le gusta ese mundo, pero lo que más le gusta es la Pato. Y la tensión sexoafectiva que se corta con un cuchillo indica que la atracción es mutua.

Desgraciadamente, los años de rateadas, de esquina y birra caliente construyeron una friendzone espesa de la que no pueden salir. Y los años de vida hostil los han privado de las palabras y los gestos para trascenderla. Ante la proximidad física, sus cuerpos reaccionan con empujones y rusticidad; cuando el lenguaje se dulcifica, aparece el agravio infantil. Demasiado tiempo a la defensiva.
El deseo parece estar en otros lugares donde no está el amor; ella le agrega algún componente transaccional, una posible puerta de salida que los obliga a eternizar un posible último día; una noche que deviene zona crepuscular arltiana, con límites indefinidos que la vida resolverá fuera de escena.

Construcción
A partir de un poema de Mariano Blatt, Vanina Monasterolo construyó una alquimia única, sumando la música de Gauchito Club (el título de la obra viene de su reversión del clásico “Only You”), las improvisaciones con dos intérpretes que nunca habían trabajado juntos (y en el escenario aparentan tantos años de familiaridad como sus personajes) y el aporte en la dramaturgia y la asistencia de dirección de Agustina Novero para contar esta pequeña gran historia.
Una pared, arena y cajones de cerveza (devenidos en dispositivo modular) alcanzan para pintar una cosmovisión. Y la iluminación apropiada: “El teatro (...) no necesita otra cosa que un cuerpo emocionado atravesando el espacio, bañado por una luz”, diría Mauricio Kartún.

El resto es de los actores: Nicolás Sierra le aporta al Teca una picardía aniñada, una ternura subterránea y la contrariedad silenciosa del “pagafantas”, como se dice en España.
Y Florencia Minen construye una Pato rota, gastada; un animal herido que corre al rincón para que no la lastimen. Y fundamentalmente nos convence de que una Florencia Minen puede nacer en cerca de una canchita perdida en la geografía de la Patria.
Quizás una noche no alcance para decir todo lo que queda pendiente; pero quizás deja la esperanza de que alguna vez llegue un día que dure “toda la vida”.

Ficha técnica
Dirección: Vanina Monasterolo.
Actúan: Florencia Minen y Nicolás Sierra.
Dramaturgia y asistencia de dirección: Agostina Novero.
Supervisión dramatúrgica: Mariano Saba.
Fotografía y video: Alfonsina Torres.
Diseño gráfico: Maru Siota.








