Walter Lezcano es docente, periodista, editor y escritor. Publicó libros de cuentos, novelas, poemarios, ensayos y crónicas, entre ellos “Nunca seré policía”, “Los wachos”, “La lucha armada”, “Violencia doméstica” o “¿Sueñan los ricos con la sangre de los pobres?” Condujo podcasts y programas de radio. Dirigió tres cortometrajes de ficción. También escribió y dirigió dos documentales.
"El racismo que yo sufrí hizo que escriba como escribo"
El periodista, docente, músico y escritor chaqueño publicó “Marrón cabeza”, una obra que revisa sus orígenes, y marca los hitos de su vida lectora y su vida escritora.

Con su banda Semilla Negra sacó los discos “El llamado de la violencia” y “Navidad Negra”. Escribió canciones para grupos de rock y algunos de sus poemas fueron grabados para distintos proyectos audiovisuales. Trabajó de extra en un videoclip de una banda pop a cambio de alcohol y sanguchitos de miga. Actualmente vive en Constitución y escribe todos los días. Su último libro es “Marrón cabeza”.
Madre corazón
Al ritmo loco de la locomoción, Walter Lezcano lo hizo de nuevo. Un libro más, distinto a los anteriores, pero creador de sus predecesores. Walter quiso arreglar cada uno de los baches de su identidad y para ello construyó un libro-padre: “Marrón cabeza” (2026, Emecé). Walter tenía poca información. No conoce a su abuelo ni a su padre. Sabía que él y sus hermanas son hijos de distinto padre. La preocupación por los padres de su familia (”familia de padres ausentes o problemáticos”, describe) alimentó una serie de notas en torno a la historia de sus orígenes. O, como sintetiza Fero Soriano en el prólogo, la búsqueda de comprender el mapa de su cara.
Cayó entonces, como anillo al dedo, la propuesta de Ana Ojeda (editora de Planeta): pensar cómo en determinados contextos adversos se crean lectores y algunos de esos lectores se ponen a escribir. “Esto tiene que ver con mi parte docente”, perfila Lezcano, uniendo las partes rotas del gran espejo interior. “Siempre trabajé en escuelas que están en barrios difíciles. Está la idea de que construirse como lector es una zona lejana, imposible o que no genera interés. Y ahí surge lo biográfico”.
“Marrón cabeza”, confiesa el autor en diálogo con El Litoral, “es la puesta en escena de una serie de ideas que venía compartiendo y que nunca había abordado de forma tan directa”. Con un radar multidisciplinario y ecuménico que reúne por los azares de la libre asociación a Burroughs, Cronenberg (y hasta una canción popular de Los Caballeros de la Quema), el autor declara: “Nunca había hecho el almuerzo desnudo sobre la mesa. Siempre estaba cubierto bajo la forma de la ficción, de la poesía. Quise poner toda la carne sobre el asador, y ver qué se podía hacer en relación a la propia vida. De todas formas, en determinado momento es imposible ver tu propia vida con un grado de verosímil extremo: solo tenés recuerdos, resonancias. Yo tenía una sola voz para confrontar mis recuerdos, mis sensaciones o mis impresiones de lo que había vivido: la de mi vieja. Ella es una especie de corazón del texto”.

Rompecabezas
“Marrón cabeza” abre con una imagen fuerte: la madre de Walter cortando el yeso de su pierna derecha con un Tramontina. La memoria atávica prepara el terreno. La incisión de la mujer en su férula y la incisión del hijo en su historia. Incisión, incidencia. Al llanto, catarata contenida por el historial de violencia, se lo traduce con la escucha atenta en una época donde “no escuchamos mucho”, dice el poeta.
Walter quería escribir algo que no venía leyendo en primera persona. Sabía que, una vez que lo hiciera, el material biográfico transmutaría a material literario. “Quería poner sobre la mesa de trabajo al varón del conurbano que accede a cierta información que lo pone en un jaque emocional”, cuenta a El Litoral. Pero, reconoce, se enfrentó a una herencia borgiana: “Cuando hay algo de sentimiento, se lo trata de ocultar porque pareciera que bordea el melodrama”. Walter necesitaba saber. Y saber, no pocas veces, duele.
“Yo nunca hice terapia. Vengo de una familia de gente muy áspera que tuvo experiencias de vida que las marcaron y les cuesta hablar. Mi vieja es así, pero nos enseñó a mirar el dolor de frente”, explica Lezcano. “Yo tenía lagunas en mi historia personal que quería entender y, de alguna manera, resolver. No sabía de la parte toba de mi familia, no sabía que mi mamá había pasado parte de su infancia con otra familia. No me lo dije a mí mismo, pero estaba tratando de armar el rompecabezas de mi historia. Había una búsqueda secreta. El libro sirvió para que mi vieja rompiera esas estructuras y se abriera un poco. Porque hay un tipo de salvajismo que ella nunca pudo domesticar en sí misma”.

Pilares
Como en cada una de sus producciones, Walter Lezcano suma un ladrillo más a la casa que logró construir a través de los años. Esa casa, no lo dice pero todos los indicios dejan verla, es el espacio en donde transcurren su vida lectora y su vida escritora. O, como manifiesta, la voracidad, el hambre de leer y de escribir. El combustible (o el cemento) es la educación emocional motorizada por los libros que escuchó y la música que leyó cuando no podía comprarlos. La “dueñidad”, en él, es de las ideas que va mestizando en el triple juego de agarrar-leer-seguir.
Cuando recibió la propuesta de Ojeda, Walter entró en “una zona nebulosa, caótica”. Luego de meses de dejarse habitar por la propuesta sin planificar, le llegó la estructura del índice: Leer, Escribir y Combatir. Yendo a trabajar, en el colectivo recibió las tres columnas que “se parecen a la evolución de una persona”, dice. “Escribí el libro con este mapa de territorio, algo que nunca me había pasado. Empecé a recordar momentos. Cuando aprendí a leer solo, cuando me puse a escribir porque una chica me había abandonado... Después, hay un salto temporal donde sucede el racismo y yo lo miro de frente”.
Hay un cuarto pilar de “Marrón cabeza”: la música. “La música es mi vida. Sin ella no puedo vivir. Es parte de lo que yo encontré para indagar la existencia: cuestionarla, tensionarla, hacerla más hermosa y más compleja. La música es una especie de tejido interno del libro, es la otra usina creativa que me movilizó”.
-Lo llamativo es la ausencia de la TV en ese mapeo de los insumos literarios y, sobre todo, musicales.
-La televisión no fue mi educación sentimental, tampoco la radio. Es un signo de pobreza que yo quería poner en el libro, una marca de clase. Los pobres no nos educamos con la radio ni con la tele (o, por lo menos, el tipo de pobre que yo encarné). No había televisión ni un espacio para ver tele.
Nos mudamos mucho con mi vieja, muchas veces con tipos psicópatas y violentos. Por eso siempre tuve que salir de los lugares donde vivía. Tuve que irme afuera a encontrarme la vida. En la calle encontraba la música, las revistas y los libros. Iba nutriéndome lo poquito que podía estar en la casa (en mi habitación o en donde sea que durmiera), escuchando alguito, leyendo alguito, y después salía a la calle a seguir buscando.

Flujo vital
El derrotero ensayístico de Walter Lezcano incluye libros dedicados a Lou Reed, Andrés Calamaro (fue entrevistado por El Litoral a propósito de “Días distintos”), Babasónicos, Él Mató a un Policía Motorizado y Rosario Bléfari. Como se dijo arriba, “Marrón cabeza” tiene una costura musical que se percibe, entre otras capas, en expresiones de cuña rockera como “gira de viviendas” y en la intertextualidad. Cita una de las mejores letras del rock argentino, “Sucio y desprolijo”. Elige un fragmento de la canción de Pappo: “Son muchos pensamientos para una sola cosa” (1972). El vacío que produce la ausencia de la ausencia de la frase siguiente, como suele decirse, brilla por su ausencia. El lector es el encargado de completarla cayendo en la cuenta de todo lo que dice sobre el sujeto de enunciación: “Estoy algo cansado de vivir, en realidad” (Napolitano, N.) Otra vez, tensos como cuerdas de cuadrilátero de box, material biográfico y material literario.
Walter empezó a pensar “Marrón cabeza” una vez terminada la biografía de Marcelo “Cuino” Scornik que saldrá este año. “La vida completa de un artista es inabarcable, empezando por el propio protagonista. Cuando trabajé el libro con Cuino, pensé muchísimo en cómo se construyen los recuerdos, qué significa relatar una vida. Todas las partes que no están en relación con lo que me cuenta mi vieja, las tomé como algo tentativo, como la posibilidad que tiene una persona de recordar sin caer en la ilusión de que eso sea la verdad absoluta. Lo digo con alegría, después cada uno decidirá si lo cree”, explica Lezcano.
Consultado acerca del propósito del libro, dispara: “Un monstruo mutante, un flujo vital”. Un género mutante que le permite abordar, al tiempo que cuestionar, los géneros “biografía” y “autobiografía”. “Me encanta esa frase de Aira que dice: ‘Yo nunca usaría la literatura para pasar por una buena persona’. No quería resguardarme, quedar como una persona sufrida. Traté de tirar todo sobre la página para que el lector decida. Hay muchísimas cosas que no conté, pero de lo que conté voy con quinta a fondo. A mí me rebota y a vos te explota”.

La calle
“Salía a la calle a seguir buscando”, dijo Lezcano renglones arriba. “La calle es su lugar” se titula la canción de G.I.T que todos conocemos como “Ana”. ¿Cómo habrá sido el andar, el ritmo loco de la locomoción de Walter en aquellos años de asfalto? Habrá que romper la imagen del flaneur para elaborar otra: un escapista o un desesperado. La calle, años después, es el lugar en donde el autor de “Marrón cabeza” escuchó el insulto que no vale la pena repetir y que acciona la necesidad del ensayo.
Walter Lezcano curte la calle desde los 7 años. Era común, para él, irse a 40 kilómetros de su casa hacia la zona céntrica. “Todas las escenas que tengo son de puro descubrimiento y deslumbramiento. Iba a buscar cualquier cosa que no estuviese dentro de mi algoritmo barrial: los cines, los recitales, las iglesias... un lugar limpio. Tuve la suerte de encontrar esa última parte de Cemento; no tener plata para entrar y que me dejaran pasar. Hasta el día de hoy lo sigo experimentando y sigo yendo a la calle a buscar cosas”.
En el imaginario de un país, la calle es un lugar donde reclamar los derechos perdidos, en comunidad. Lezcano hace una salvedad al respecto: “Yo me doy cuenta que no tengo cultura de clase media. El slogan ‘Vamos a recuperar las calles’ es muy de clase media: quien lo dice sabe que tiene un espacio propio, una casa, un lugar adonde estar. Para un pobre la calle es un lugar natural. Es el lugar donde vas a encontrar todo eso que no está en tu casa: alegría, amor o aventura”, explica.
-¿Qué es lo que seguís encontrando en la calle hoy?
-Ahora puedo alquilar un lugarcito lindo, chiquitito, pero un espacio propio. Vivo cerca de la Estación Constitución, entonces la calle también me muestra eso. Así como la docencia es una versión molecular que me permite ver cómo está el país anímicamente, en la calle veo la situación económica: muchísimas mujeres, muchísimas familias durmiendo en la calle. Todo eso es un caldo muy espeso que yo no me quiero perder. No me quiero aislar de ninguna forma porque la calle es el espacio natural que yo encontré donde vivir una vida completa. Te da la posibilidad de encontrar todos los contrastes, todas las alegrías y todos los horrores que hay en la vida. “La vida, para mí, no es una cosa que deba proteger entre algodones”, como decía el Indio. Quiero estar cerca de todo. Si mi vida está expuesta a un montón de situaciones eso hace que mi cabeza y mi corazón puedan ir a otra velocidad. Por supuesto, me robaron, me cagaron a piñas por averiguación de antecedentes, pero también me pasaron cosas hermosas en la calle. Es el caos lo que uno va a buscar. Y yo todavía lo sigo buscando en la calle.
Racismo en Argentina
-“Marrón cabeza” empezó a circular en la época del Mundial, en donde se puso en discusión si los argentinos somos o no somos racistas. ¿Cómo creés que salimos de ese debate?
-Argentina tiene una condena: los blanquitos nos explican el racismo de Argentina. Tengo varios poemas donde hablo de forma violenta en contra de los racistas. Cuando los leo, escucho un silencio incómodo, no hay aplausos. Porque el argentino no se autopercibe racista. Lo peor de todo es que también se autopercibe -como si fuera un monstruo amnésico- de una tierra mestiza, pero se quiere ver reflejado en Europa. Alucina que Argentina es una pequeña Europa en un territorio caníbal latinoamericano.
Desde chico padezco el racismo de muchas formas posibles. Hasta el día de hoy me paran, me piden los documentos o me miran la mochila cuando salgo de algún lugar y a nadie más le han revisado la mochila. Tuve la suerte de viajar de Jujuy a Tierra del Fuego, he visto y escuchado cosas, y puedo decir que hay racismo en Argentina. Cuando fui a festivales de literatura y tenía que hacer el check-in me dijeron: “La gente de limpieza es por la otra puerta”. Lo interesante de lo que pasó en el Mundial es que, por primera vez, los argentinos se enfrentaron hacia eso. Entre toda esta vorágine y enojo, se pudo ver que no es el mismo racismo que tienen en Estados Unidos, en África o en otros lugares.
Además, el problema racista argentino es de los argentinos. Es un racismo específico de este lugar, en contra de lo marrón, queriendo combatir cualquier facción que nos haga pensar en los pueblos originarios. Es un modo de anularlo para representarnos, los argentinos, en donde nos vemos reflejados: en la Europa blanca. Es algo que viene de Sarmiento y de Roca. Fue un plan sistemático para anular de la identidad argentina cualquier vestigio de pueblo originario. Por suerte, muchísima gente quiere que haya voces disidentes en un montón de lugares. Para que no se olviden la belleza y la riqueza de la diversidad.
A mí, como lector y como escritor, me formó el racismo argentino. Eso hizo que yo lea como leo. El racismo que percibí, que sentí y que sufrí también hizo que yo escriba como escribo.








