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Domingo 20.06.2021 - Última actualización - 10:59
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Conversando con un psicoanalista

Creía que mi padre era Dios

El amor está en los actos y cuando hacemos algo con amor, eso despierta en otro la capacidad de amar. Crédito: Gentileza del autorEl amor está en los actos y cuando hacemos algo con amor, eso despierta en otro la capacidad de amar.
Crédito: Gentileza del autor

El amor está en los actos y cuando hacemos algo con amor, eso despierta en otro la capacidad de amar. Crédito: Gentileza del autor

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Conversando con un psicoanalista Creía que mi padre era Dios El amor no es algo que podamos dar o recibir entre personas, como si fuese un líquido que trasvasa de un recipiente a otro. Creo que el amor está en los actos y que cuando hacemos algo con amor, eso despierta en otro la capacidad de amar.

@Para escribir a esta sección: lutereau.unr@hotmail.com

 

Cuando yo era niño, recuerdo que de noche mi papá nos llevaba a la cama. Antes de dormir nos contaba, a mis hermanos y a mí, historias de la Biblia. Así conocí la vida de Jesús y rápidamente me apasioné por ese hijo generoso e injustamente tratado. Con esos relatos creo que surgieron mis primeras ideas morales y también aprendí a rezar.

 

"Cuando de nada nos sirve rezar", dice un bello poema de Antonio Machado que popularizó Joan Manuel Serrat en su canción Cantares. Es cierto que hay momentos en que el mundo se derrumba a nuestro alrededor, pero ¿no son esos momentos en que más necesaria se vuelve la fe? En esas horas oscuras es que yo rezo, no porque piense que me vaya a servir para algo, que las cosas se van a resolver mágicamente, sino porque al rezar me pasa algo muy curioso: no puedo hacerlo sin escuchar la voz de mi papá.

 

Mi papá tiene una voz dulce y suave, pausada y profunda, que en su vida cotidiana oculta debajo de un tono estridente y campechano cuando hace sus chistes malos, o de exclamaciones chillonas cuando está apurado y esto ocurre casi siempre. Creo que él no conoce su voz, como nadie se conoce a sí mismo. Porque solo podemos conocer aquello que nos despierta amor. De niño, yo aprendí a amar la voz de mi papá que, además, es inseparable de una musicalidad.

 

No solo descubrí la voz de mi papá cuando aprendí a rezar, sino también cuando lo escuchaba cantar. En aquellos años, me acuerdo de que los sábados a la tarde íbamos a jugar al fútbol con sus amigos y en el viaje en auto, en el que casi no hablábamos entre nosotros, él cantaba. Creo que así también aprendí a cantar yo y, aunque no lo hago para nada bien, mi relación con las canciones es una prolongación del acto de rezar. Cuando canto también papá está cerca de mí.

 

Cuando estoy triste, suelo rezar y cantar. La relación con mi mamá es muy distinta. Es que en ella necesito pensar cuando el amor me abandona. El amor de mi mamá está en mí como una fuerza indestructible. No es que haya sido un hijo especialmente amado o consentido, pero la verdad es que siempre me pareció increíble que alguien -incluso mis padres– pudiera amarme. El amor es un milagro, es inexplicable. ¿Cómo puede ser que una persona ame a otra? Todavía hoy me ocurre que si alguien me dice que me ama, lo cierto es que -por lo menos en un primer momento– no lo creo.

 

Yo no creo en el amor. Lo máximo que puedo es amar el amor, o más fácilmente de vez en cuando amo. Pero el amor y la creencia son, para mí, cuestiones diferentes. Dije antes que, si alguien me dice que ama, "no lo creo". No creo que me ame, pero sí puede ocurrir que "le crea". No creo en el amor, pero sí en las personas que dicen que aman. En la voz de mi papá, por ejemplo, yo descubrí un amor. Cuando rezo, o canto, el amor que habita en esa voz vuelve a mí y me permite amar el mundo, a pesar de su derrumbe inminente o sus ruinas.

 

Gracias a la voz de mi papá, desarrollé una teoría bastante disparatada. Creo que el amor no es algo que podamos dar o recibir entre personas, como si fuese un líquido que trasvasa de un recipiente a otro. Sí creo que el amor está en los actos y que cuando hacemos algo con amor, eso despierta en otro la capacidad de amar. Espero que ningún psicoanalista se tiente y se ría de mi teoría, calificándola de "infantil", porque quizá no haya más teoría que las infantiles.

 

Lamento, querido lector, si en estas líneas dedicadas a celebrar el día del padre, no ofrezco una versión idealizada de la figura paterna, si no hablo de un padre potente y símbolo de una autoridad inquebrantable. Lo siento, pero yo nunca le pude tener miedo a mi papá. Lo veía trabajar demasiado, pienso que a mi edad de hoy él ya tenía seis hijos a los que mantener y corría de un lado para el otro. En mis recuerdos de infancia, papá estaba cansado y el país, en medio de la hiperinflación, estaba en llamas.

 

A propósito, recuerdo que una vez lo acompañé a una visita de su trabajo y me pidió que esperara en el auto. Como yo era muy chico y no tenía mucho registro del tiempo, ahí sí tuve miedo. Me empecé a poner ansioso; lo que hoy me parece extraño es que en lugar de pensar que me podía pasar algo a mí, tuve la idea de que mi papá podía estar muerto. Entonces prendí la radio y de a poquito me sentí más tranquilo. Ese día conocí una de mis canciones favoritas, cuya letra me resulta más que incomprensible, pero siempre me emociona. Es la que dice: "Sobre la palma de mi lengua vive el himno de mi corazón". Muchos años después, como paciente de psicoanálisis, recuerdo haber hablado de otros versos de la misma letra, aquellos que preceden al estribillo y rezan: "Te seduciré/ por felicidad yo canto". Me tomó muchos años entender que en el corte de la frase, la felicidad está del lado del "yo canto" y no con la seducción.

 

En este punto, no quisiera ya forzar el registro confesional y aburrir con anécdotas personales. Sí quiero agregar que, por suerte, no soy el único hombre que tuvo un padre que le enseñó algo sobre la creencia. Tengo un amigo escritor, nacido en Rufino, que el año pasado escribió un libro del que quisiera decir algunas palabras. Se trata de "Volver a donde nunca estuve. Algo sobre mi padre", de Alberto Giordano, profesor de la Universidad Nacional de Rosario. Pienso que los lectores santafesinos de esta columna (y del universo entero) no deberían dejar de leer este hermoso testimonio.

 

Lo presento con algunas preguntas: ¿Qué une a un hijo con su padre, con uno que dejó a su madre para irse con otra mujer? ¿Cómo se odia a un padre que huyó, pero que sin embargo regresa de vez en cuando, para llevar al hijo a conciertos, compartir discos, transmitir un deseo musical? ¿Cómo se odia a un padre que ama, con el que la rivalidad es vana? ¿Cómo matar a un indefenso? Solo queda amarlo, profundamente, con un amor hecho de esperas y recuerdos de su voz.

 

Alberto es el hijo de Aldo (¡qué parecidos los nombres!) pero la relación no es a través del nombre; la herencia no es genealógica, la filiación puede tener otro orden: "Don Giordano" es el padre, "Alberto" el nombre que le gustaba a su mamá y él, ¿dónde está? En el seductor que asume el mandato (atribuido al padre) de amar a las mujeres, a todas las posibles, hasta el cansancio y la confirmación de que puede ser abandonado; en la melancolía del escritor de ensayos (un ladrón de voces) que se redime irónicamente como escritor de ensayos sobre el ensayo; en un amor, acerca del que no es posible leer sin enamorarse: "la Joyita", así es nombrada su esposa, tal como lo hizo el padre alguna vez.

 

La aventura del amor conyugal continúa los otros dos movimientos: la seducción y la melancolía; la génesis de ese amor tiene las mejores páginas del libro: la mujer lo espera, pero no como Penélope, ya que ella sí se casa con otro. ¿Puede haber amor eterno, con una mujer perdida? ¡Claro! ¡Con una mujer casada! Ese amor arrancado a la moral, invierte a su vez la huida del padre y da un paso más: se realiza en la propia paternidad. Este libro es excepcional, no porque hable de su autor, sino porque este apunte autobiográfico es lo que hace tiempo llamo el modelo del varón de nuestro siglo, así es como crecen los varones hoy: no con la Ley de un padre, sino con su amor, que es fuente de muchos más conflictos e impone, además, los riesgos estéticos de la seducción y la melancolía.

 

Para concluir, regreso a la escena del comienzo. Cuando por las noches mi papá me contaba las aventuras de Jesús, hubo una vez en que abrí los ojos y miré su rostro en la oscuridad. Mi papá me pareció uno de esos apóstoles con barba y bigote de que también hablaban las historias bíblicas. Ese día me di cuenta de que mi papá no era Dios. Era un hombre más. Entonces decidí creer en sus palabras.

 

En la voz de mi papá, yo descubrí un amor. Cuando rezo, o canto, el amor que habita en esa voz vuelve a mí y me permite amar el mundo, a pesar de su derrumbe inminente o sus ruinas.

 

Así es como crecen los varones hoy: no con la Ley de un padre, sino con su amor, que es fuente de muchos más conflictos e impone, además, los riesgos estéticos de la seducción y la melancolía.

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El texto original de este artículo fue publicado en nuestra edición impresa.
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