Hay fenómenos que permanecen ocultos a simple vista. Mientras la lluvia suele asociarse con la limpieza del ambiente, en determinadas cuencas agrícolas ocurre exactamente lo contrario: el agua arrastra residuos acumulados durante semanas o meses y los descarga, en cuestión de horas, sobre arroyos y ríos.
Un estudio local revela pulsos de contaminación extrema que llegan hasta el río Paraná
Investigadores santafesinos comprobaron que una sola tormenta puede desencadenar un episodio de contaminación aguda en una cuenca agroindustrial de Entre Ríos. Detectaron metales pesados, bacterias fecales, cianobacterias y una toxicidad capaz de provocar la muerte total de renacuajos utilizados como bioindicadores. Advierten que el fenómeno también representa un riesgo para la salud humana.

Ese proceso acaba de ser documentado por un equipo de investigadores de la Universidad Nacional del Litoral (UNL) y del Conicet en un trabajo publicado en la revista científica Human and Ecological Risk Assessment. El estudio demuestra que una tormenta intensa fue suficiente para generar un pulso de contaminación capaz de alterar profundamente la calidad del agua, afectar organismos acuáticos y poner en evidencia un riesgo ambiental que los monitoreos convencionales rara vez logran detectar.

El escenario elegido no es casual. Se trata de la cuenca del arroyo Las Conchas, en Entre Ríos, un sistema de cursos de agua que desemboca en el río Paraná y que, desde hace años, viene siendo objeto de investigaciones encabezadas por el laboratorio dirigido por el ecotoxicólogo Rafael Lajmanovich, referente internacional en contaminación ambiental y conservación de anfibios.
Lo que ocurre después de la tormenta
La investigación nació a partir de una pregunta sencilla: ¿qué sucede inmediatamente después de una lluvia intensa en una cuenca donde conviven agricultura, establecimientos ganaderos, industrias alimenticias y plantas de tratamiento de efluentes?
Para responderla, los científicos esperaron un episodio excepcional. Entre el 24 y el 25 de octubre de 2025 cayeron entre 83 y 118 milímetros de lluvia en la provincia de Entre Ríos. En el departamento Paraná se registraron 87 milímetros en apenas un día, prácticamente toda la precipitación acumulada del mes. Veinticuatro horas después comenzaron los muestreos.

Los investigadores recorrieron cuatro puntos distribuidos en los arroyos Crespo, Espinillo y Las Conchas, siguiendo el recorrido natural del agua desde las zonas más impactadas por la actividad humana hasta sectores de mayor conservación ambiental.
Lo que encontraron fue mucho más que un deterioro pasajero.
En el arroyo Crespo el agua presentaba una intensa coloración rojiza, olor pútrido, niveles prácticamente nulos de oxígeno disuelto, concentraciones elevadas de cobre, plomo y zinc, grandes cargas bacterianas y presencia de cianobacterias potencialmente tóxicas.

Los autores interpretan que ese cuadro responde a un fenómeno conocido como "primer arrastre": las lluvias movilizan sedimentos, residuos industriales, efluentes cloacales, materia orgánica y contaminantes acumulados en lagunas de tratamiento y canales de drenaje, que terminan descargándose rápidamente sobre los cursos de agua.
Los renacuajos como centinelas
Para conocer el impacto biológico de esa contaminación, el equipo utilizó renacuajos de Rhinella arenarum, el sapo común sudamericano, una especie ampliamente utilizada como bioindicador por su elevada sensibilidad a los cambios ambientales.
Las muestras de agua obtenidas luego de la tormenta fueron llevadas al laboratorio y utilizadas en bioensayos de toxicidad.
El resultado fue contundente.
La muestra sin diluir proveniente del arroyo Crespo provocó el 100% de mortalidad de los renacuajos en apenas 24 horas de exposición. Incluso cuando el agua fue diluida continuaron observándose alteraciones fisiológicas y de comportamiento compatibles con una exposición aguda a mezclas complejas de contaminantes.

En los sitios ubicados aguas abajo la toxicidad disminuyó progresivamente, aunque siguieron registrándose modificaciones en biomarcadores bioquímicos y en la capacidad de desplazamiento de los animales, evidenciando que el impacto se propaga varios kilómetros siguiendo el recorrido del agua.
Un riesgo que también alcanza a las personas
El estudio no se limita a describir un problema ecológico. Los investigadores sostienen que la presencia de bacterias fecales y de cianobacterias potencialmente productoras de toxinas plantea un escenario preocupante para la salud pública, especialmente porque parte de estos cursos de agua son utilizados con fines recreativos.

El trabajo recuerda que sectores del arroyo Espinillo y del arroyo Las Conchas reciben visitantes durante el verano y que, al integrar los resultados con investigaciones anteriores realizadas por el mismo equipo, los niveles de Escherichia coli superan los criterios internacionales recomendados para aguas recreativas.
En consecuencia, los autores sostienen que estos episodios deberían ser abordados bajo el enfoque de "Una Salud", que entiende que la salud humana, la salud animal y la calidad de los ecosistemas forman parte de un mismo sistema.
Una línea de investigación que viene creciendo
Este trabajo no aparece de manera aislada. En 2025 el mismo grupo de investigación había generado repercusión nacional al detectar en la cuenca de Las Conchas la concentración de glifosato en sedimentos más alta registrada hasta ese momento en Sudamérica, además de una compleja mezcla de herbicidas, insecticidas y fungicidas.
Aquellos resultados ya advertían que la contaminación no respondía a un único compuesto químico sino a la combinación de múltiples sustancias provenientes de la actividad agroindustrial.

La nueva investigación agrega una dimensión distinta: demuestra que las lluvias intensas potencian ese problema al movilizar en pocas horas todos esos contaminantes acumulados, generando pulsos extremadamente tóxicos que suelen pasar inadvertidos porque los monitoreos oficiales se realizan días o semanas después de las tormentas.
Para los investigadores, allí reside uno de los principales aportes científicos del estudio: evidenciar que los programas tradicionales de control ambiental pueden estar subestimando los momentos de mayor riesgo ecológico.
Más allá de Entre Ríos
Aunque el trabajo se desarrolló en una cuenca entrerriana, sus conclusiones exceden ampliamente los límites provinciales.
El sistema del arroyo Las Conchas desemboca en el río Paraná, comparte procesos ecológicos con otros tributarios del corredor fluvial y constituye un ejemplo representativo de lo que ocurre en numerosas cuencas agroindustriales del centro argentino.
Los autores advierten que el aumento de los eventos extremos de precipitación asociado al cambio climático podría volver cada vez más frecuentes estos pulsos de contaminación, reforzando la necesidad de implementar monitoreos ambientales inmediatamente después de las tormentas y no únicamente durante períodos de estabilidad hidrológica.

El trabajo concluye que la protección efectiva de los ecosistemas ya no puede depender solamente del control periódico de la calidad del agua. Será necesario desarrollar sistemas dinámicos capaces de detectar estos episodios breves, intensos y altamente peligrosos, tanto para la biodiversidad como para las personas. Porque, como demuestra esta investigación, algunas de las mayores amenazas para los ríos no aparecen durante la sequía ni en los períodos de contaminación crónica. Llegan, silenciosamente, apenas deja de llover.
Si se puede poner resumidamente la referencia Ecological risk of rainfall-driven effluent pulses in agro-industrial streams of the Las Conchas basin (South America): Rhinella arenarum tadpoles as sentinels of acute ecotoxicity, publicado en la revista Human and Ecological Risk Assessment, por A.P. Cuzziol Boccioni, A.M. Attademo, R.C. Lajmanovich y P.M. Peltzer (Laboratorio de Ecotoxicología, Facultad de Bioquímica y Ciencias Biológicas, Universidad Nacional del Litoral–CONICET), y K. Russell-White y M.V. Lancelle (Facultad de Ingeniería Química, Universidad Nacional del Litoral).








