La discusión de esta semana en torno a la guerra renovada en Medio Oriente gira en torno a la seguridad de paso a través del estrecho de Ormuz y el pedido de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, de apoyo para “solucionarlo”.

La gran mayoría de los países de la región directamente afectada y sus ciudades más grandes dependen de la energía para el consumo diario de este bien vital.

La discusión de esta semana en torno a la guerra renovada en Medio Oriente gira en torno a la seguridad de paso a través del estrecho de Ormuz y el pedido de Donald Trump, presidente de Estados Unidos, de apoyo para “solucionarlo”.
El petróleo se apodera de la discusión por fuera de la disputa entre Israel e Irán, sus proxys y la política interna. El drama a nivel regional respecto al crudo, también dejando de lado el precio del barril a nivel internacional, pasa por la posibilidad de asegurarse el suministro para mantener la producción diaria de un elemento aún más vital: el agua.

En el Medio Oriente, la desalinización no es solo una opción tecnológica; es el corazón del suministro de agua. Países con escasas fuentes de agua dulce y poblaciones en crecimiento han convertido el mar en su principal fuente de vida.
A través de este método; Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Baréin, Kuwait, Qatar e incluso Irán; afianzan el consumo cotidiano de agua y el sinfín de ataques cruzados en el Golfo Pérsico ponen en riesgo la continuidad de un proceso del día a día.

En Dubái, uno de los episodios más preocupantes ocurrió el 2 de marzo cuando ataques iraníes contra el puerto de Jebel Ali impactaron a unos 20 kilómetros de un complejo que alberga 43 unidades desalinizadoras, responsables de producir más de 650.000 millones de litros de agua potable al año para la ciudad.
También se han reportado daños en la planta de energía y agua Fujairah F1 de EAU y en la planta Doha West de Kuwait. En ambos casos, los informes parecen provenir de ataques a puertos cercanos o de la caída de escombros tras interceptaciones de drones.
La desalinización es un proceso extremadamente intensivo en energía, y los países del Golfo han aprovechado su mayor recurso para alimentar el proceso.

Muchas plantas en el Medio Oriente son de "ciclo combinado". Utilizan gas natural para generar electricidad y aprovechan el calor residual de las turbinas para calentar el agua de mar en el proceso de desalinización térmica. Es un "dos por uno" energético.
Otro punto que acompleja la tarea es la contaminación. La huella de carbono es masiva, por lo que están invirtiendo en plantas de desalinización alimentadas por energía solar para intentar romper este vínculo.

Según un informe publicado el mes pasado por Clean Air Task Force, a finales de 2024 habían llegado al sector de las energías renovables de África más de 101.900 millones de dólares procedentes de países del Golfo, principalmente Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Qatar, Kuwait y Baréin.
Arabia Saudita es el líder mundial ya que depende de la desalinización para aproximadamente el 50% al 70% de su suministro de agua potable.
En el caso de Emiratos Árabes Unidos, hay ciudades como Dubái o Abu Dabi, el 99% del agua potable de uso doméstico proviene del mar.
Mientras que Kuwait y Qatar poseen niveles de dependencia similares, superiores al 90%, ya que carecen de ríos permanentes y sus acuíferos están casi agotados o son demasiado salobres.
El riesgo de perder el acceso al agua entre los países de Medio Oriente sin acceso a este recurso en formato dulce afecta de forma potencial a unas 150 millones de personas.