Estados Unidos desplegó en las últimas semanas la mayor fuerza militar en Medio Oriente en más de dos décadas, en un contexto de creciente tensión con Irán y ante el riesgo de una escalada regional.

Washington refuerza su presencia aérea, naval y de defensa antimisiles ante el aumento de tensiones con Teherán y la posibilidad de un conflicto directo.

Estados Unidos desplegó en las últimas semanas la mayor fuerza militar en Medio Oriente en más de dos décadas, en un contexto de creciente tensión con Irán y ante el riesgo de una escalada regional.
El operativo, que comenzó a intensificarse a fines de enero, incluye refuerzos aéreos, navales y sistemas de defensa antimisiles en puntos estratégicos del Golfo Pérsico, el Mar Rojo y el Mediterráneo oriental.
De acuerdo con fuentes del Departamento de Defensa, el despliegue busca reforzar la capacidad de disuasión frente a eventuales acciones iraníes y proteger tanto a las fuerzas estadounidenses como a sus aliados en la región. Se trata del movimiento militar más importante desde la invasión a Irak en 2003, tanto por volumen de recursos como por alcance geográfico.

El componente más visible del operativo es la presencia de grupos de portaaviones en la zona. Entre ellos se encuentran el USS Abraham Lincoln y el USS Gerald R. Ford, acompañados por destructores y otras embarcaciones de apoyo. Estas unidades permiten proyectar poder aéreo y responder con rapidez ante cualquier incidente.
En paralelo, decenas de vuelos de transporte militar trasladaron tropas, equipamiento y sistemas logísticos a distintas bases regionales. Aviones de combate y aeronaves de vigilancia reforzaron la capacidad de patrullaje y control del espacio aéreo, mientras que aviones cisterna facilitaron el reabastecimiento en vuelo para ampliar el radio de acción.

El despliegue también incluye sistemas avanzados de defensa antimisiles, como baterías Patriot y el sistema THAAD, diseñados para interceptar proyectiles balísticos y proteger infraestructuras críticas. Estos recursos apuntan a fortalecer la cobertura defensiva ante posibles ataques contra bases militares o aliados estratégicos.
Funcionarios estadounidenses señalaron que la medida responde a la necesidad de mantener la estabilidad regional y garantizar la seguridad de rutas marítimas clave, especialmente en el estrecho de Ormuz, por donde circula una parte significativa del suministro energético mundial.

La decisión se produce en medio de un endurecimiento del discurso entre Washington y Teherán, particularmente en torno al programa nuclear iraní y a la actividad de milicias aliadas de Irán en distintos puntos del Medio Oriente. Las negociaciones diplomáticas atraviesan un momento delicado, mientras se multiplican advertencias cruzadas.
Analistas internacionales coinciden en que el movimiento estadounidense cumple una función disuasiva, aunque advierten que la acumulación de fuerzas en una región históricamente volátil aumenta el riesgo de incidentes que puedan escalar rápidamente.
Por ahora, la Casa Blanca sostiene que no busca un conflicto directo, pero deja en claro que responderá ante cualquier amenaza contra sus intereses o los de sus aliados. El escenario permanece abierto y bajo estrecha vigilancia internacional, en un momento en que cualquier paso en falso podría alterar el equilibrio regional.