El norte de Nigeria volvió a quedar bajo shock tras una serie de ataques coordinados contra iglesias en el estado de Kaduna, donde hombres armados secuestraron a más de 160 fieles en pleno oficio religioso. La incursión se produjo en una comunidad rural del distrito de Kajuru y reavivó la alarma por la ola de raptos masivos.
Los asaltos ocurrieron en la localidad de Kurmin Wali, cuando los atacantes irrumpieron en al menos dos templos cristianos mientras se celebraban misas. Testigos citados por agencias internacionales describieron que los agresores bloquearon las salidas y obligaron a los fieles a internarse en zonas boscosas cercanas.
En ese contexto, referentes religiosos indicaron que el número inicial de personas capturadas rondó las 170, aunque un grupo logró escapar durante la huida hacia áreas de monte. Las cifras continuaban bajo revisión, en medio de dificultades para relevar lo sucedido con precisión en comunidades alejadas.
Cifras cruzadas
El recuento de víctimas varió entre distintas fuentes consultadas por la prensa internacional. Mientras algunos reportes hablaron de 163 personas todavía desaparecidas, otras estimaciones elevaron el número de no localizados a cerca de 168.
La policía del estado de Kaduna evitó dar un balance definitivo en las primeras horas. La diferencia de números expuso un patrón habitual: en ataques de este tipo, la falta de comunicaciones rápidas en zonas rurales vuelve lenta la confirmación de datos.
Violencia rural
En el norte y centro de Nigeria, estos secuestros suelen atribuirse a bandas criminales conocidas localmente como “bandits”, que actúan principalmente con fines de rescate y saqueo. El fenómeno se convirtió en un negocio sistemático, alimentado por la debilidad del control estatal en áreas extensas y de difícil acceso.
Kaduna, en particular, arrastra un historial de violencia y ataques en áreas rurales. En varias regiones, la inseguridad se mezcla con tensiones locales y disputas por recursos, en un escenario que ya provocó desplazamientos y crisis humanitarias.
Presión política
El secuestro masivo sumó presión sobre Abuja en un momento de creciente preocupación internacional por la seguridad. En Kaduna, los raptos se transformaron en un método recurrente para financiar a grupos armados, con impactos directos sobre la vida cotidiana, la educación y la actividad religiosa.
Mientras avanzaban las tareas de búsqueda, las familias aguardaban noticias con incertidumbre total. En el norte nigeriano, la violencia ya no irrumpe como excepción: se instaló como rutina y empuja a comunidades enteras a vivir bajo la amenaza permanente.