Pakistán abrió un nuevo frente en la región con bombardeos sobre territorio afgano y una escalada que ya dejó un saldo humanitario alarmante. Los ataques se concentraron en el este del país vecino, mientras en la frontera se multiplicaron los choques y las acusaciones cruzadas.
La tensión se disparó en un contexto de hostilidades que lleva varios días y que incluye fuego transfronterizo, operaciones nocturnas y ofensivas coordinadas. Islamabad habló de “guerra abierta”, y Kabul respondió con denuncias por violación de soberanía y ataques a civiles.
Jalalabad y Bagram, los blancos del ataque
En el este de Afganistán, Pakistán afirmó haber atacado instalaciones vinculadas a los talibanes en Jalalabad. En su relato, los bombardeos destruyeron un depósito de municiones y un almacén de drones, dentro de una ofensiva que busca degradar capacidades operativas del otro lado de la frontera.
Además, autoridades de seguridad paquistaníes confirmaron un golpe sobre la base aérea de Bagram durante una operación a primera hora del domingo. La mención de Bagram, por su peso simbólico y estratégico, marcó un salto en la escalada y encendió alarmas en toda la región.
Desde Kabul, el Ministerio de Defensa afgano reconoció ataques sobre Bagram, pero sostuvo que no hubo víctimas ni daños mayores. El vocero Enayatullah Khwarizmi remarcó que el gobierno talibán no considera la guerra como camino preferido, aunque dejó abierta la respuesta defensiva.
En paralelo, en la capital afgana se reportaron explosiones y movimientos de defensa antiaérea. El gobierno talibán afirmó haber repelido intentos de ataque y presentó el episodio como prueba de que la confrontación puede ampliarse, incluso cerca de centros urbanos y bases militares clave.
Cifras en disputa y una tragedia civil
Kabul denunció que entre el 21 de febrero y el 2 de marzo murieron 110 civiles y hubo 123 heridos por ataques aéreos y bombardeos de mortero. Entre las víctimas, aseguró, había 65 mujeres y niños. También informó daños en viviendas y en infraestructura social como escuelas y centros de salud.
Sin embargo, el conflicto se mueve con números discutidos. La misión de Naciones Unidas en Afganistán reportó al menos 42 civiles muertos en el marco de la escalada y advirtió sobre el impacto en operaciones humanitarias, con comunidades ya golpeadas por emergencias previas.
Pakistán rechazó esos conteos y sostuvo que sus ataques apuntaron a objetivos militares y a “militantes”. La falta de acceso independiente a zonas de choque y el uso de propaganda en ambos bandos vuelven difícil fijar una cifra definitiva en tiempo real.
En las calles afganas, el costo humano atraviesa el relato oficial. Informes periodísticos describieron funerales, barrios dañados y familias desplazadas por la incertidumbre. Aun entre quienes apoyan una postura dura frente a Pakistán, el miedo al bombardeo se instaló como rutina.
Choques en la frontera y acusaciones cruzadas
Islamabad informó que repelió ataques transfronterizos durante la madrugada en Baluchistán y Khyber Pakhtunkhwa. El ministro de Información Attaullah Tarar afirmó que murieron al menos 67 “milicianos afganos” en esos enfrentamientos, dentro de una secuencia de incursiones y respuesta armada.
En otro balance, Pakistán aseguró haber matado 67 miembros de fuerzas afganas en choques fronterizos y haber perdido un soldado. Kabul negó esos datos, sostuvo que sus fuerzas resistieron los ataques y acusó a Pakistán de amplificar cifras para justificar el salto militar.
Detrás del intercambio aparece un punto central: Islamabad acusa al gobierno talibán de permitir que grupos armados operen desde Afganistán y golpeen dentro de Pakistán. En particular, insiste con la amenaza del TTP, organización aliada ideológicamente a los talibanes afganos y activa en la zona.
El gobierno talibán rechaza ese enfoque y lo lee como excusa para intervenir. También plantea que Pakistán viola su espacio aéreo y ataca áreas residenciales. En este clima, cualquier incidente en la línea fronteriza puede transformarse en detonante de una nueva oleada de bombardeos.
Diplomacia en retroceso y llamado a frenar la escalada
Las hostilidades golpearon intentos recientes de contención. La escalada terminó por erosionar un alto el fuego acordado meses atrás con mediación internacional, sin que las conversaciones lograran un mecanismo estable para desactivar el conflicto de fondo.
Naciones Unidas pidió el cese inmediato de las hostilidades y alertó por el deterioro de las condiciones humanitarias. En un país con enormes necesidades de asistencia, el fuego cruzado complica corredores de ayuda y expone a población civil en zonas con servicios frágiles.
En Islamabad, el presidente Asif Ali Zardari defendió la respuesta militar y sostuvo que el país actuó tras agotar instancias diplomáticas. Del lado afgano, el gobierno talibán insiste en que no busca una guerra prolongada, pero habla de derecho a la defensa ante incursiones y bombardeos.
La región, mientras tanto, mira con preocupación la aparición de “otra guerra” en un mapa ya saturado de conflictos. Con dos Estados enfrentados en una frontera extensa y porosa, la posibilidad de una escalada sostenida amenaza con sumar inestabilidad y nuevas olas de desplazados.