Pocos días después del 24 de marzo de 1976, el ministro José Alfredo Martínez de Hoz presentó el “Programa de recuperación, saneamiento y expansión de la economía argentina”. Allí se inauguró un modelo basado en la apreciación del tipo de cambio, sostenido por el ingreso de capitales financieros atraídos por tasas de interés elevadas. La lógica que comenzó a consolidarse fue la de la valorización financiera: un esquema en el que la rentabilidad dejó de estar asociada principalmente a la producción y pasó a depender de operaciones financieras de corto plazo.
A cincuenta años del golpe cívico militar más sangriento de Argentina, no alcanza con condenar el terrorismo de Estado, es necesario señalar también que el modelo económico impuesto por la dictadura no quedó en el pasado. Por el contrario, se trata de una matriz que, con distintas formas, vuelve a emerger con consecuencias profundas para la estructura productiva y la trama social del país.
Una nueva lógica financiera
De manera simplificada, podemos decir que el modelo se estructuró sobre cuatro pilares: un fuerte ajuste del Estado, especialmente en los primeros años; la apertura indiscriminada de importaciones; una reforma financiera que liberalizó el ingreso y egreso de capitales y desreguló las tasas de interés; y una política cambiaria basada en la “tablita”, que anticipaba la evolución del tipo de cambio. Este conjunto de medidas no buscó únicamente estabilizar variables macroeconómicas, sino reconfigurar el funcionamiento de la economía en favor del capital financiero, desplazando a los sectores productivos como eje del desarrollo.
Las consecuencias fueron profundas. El auge de la “plata dulce”, es decir el diferencial obtenido por la especulación que transfirió excedentes desde el sistema productivo al financiero, junto con la avalancha de importaciones y la caída del salario real, que impactaron de lleno en la industria. Se estima que más de 20.000 fábricas cerraron en esos años, el Producto Bruto Industrial cayó cerca de un 20% y el peso de la industria en el PBI se redujo significativamente. Este industricidio afectó el empleo y deterioró las condiciones de vida, dando lugar a niveles de pobreza estructural desconocidos hasta entonces.
El modelo también golpeó con fuerza a las provincias, debilitando sus economías regionales y forzando migraciones hacia los grandes centros urbanos. A esto se sumó un fuerte incremento de la deuda externa, que entre 1975 y 1982 creció cerca de un 460%.
Nada de esto fue casual: el andamiaje represivo del régimen fue funcional a una transformación económica que buscó disciplinar a la sociedad, particularmente a los trabajadores y los jóvenes, mientras desarticulaba su base productiva.
La resistencia de la trama social
Sin embargo, es importante tener en cuenta que este esquema nunca logró consolidarse completamente. Por el contrario, siempre acabó en crisis cambiarias y salidas de capitales que interrumpieron su desarrollo. El fracaso sistemático de estas estrategias no es casual, sino el resultado de la persistencia de una trama social incompatible con su sustentabilidad.
La amplia clase media, los trabajadores y el peso de sus organizaciones, el entramado de empresas industriales, pequeñas, medianas y grandes, y la existencia de un amplio espectro de productores agropecuarios, actuaron como un factor de viva resistencia. La Argentina, directa o indirectamente, nunca aceptó llevar hasta sus últimas consecuencias este tipo de estrategias que tiene a las economías del subdesarrollo, sin estos atributos, como modelos de referencia. En definitiva, es esa tensión la que explica por qué, una y otra vez, el modelo no logra cerrar de manera duradera y al mismo tiempo pretende retornar.
Superar nuestro presente
A medio siglo del golpe hoy asistimos a un paralelismo inquietante. El actual gobierno nacional toma decisiones económicas que evocan aquel esquema creado por los funcionarios de la dictadura. ¿Por qué este ciclo de degradación iniciado entonces se sigue proyectando sobre nuestro presente? Cabe preguntarse si la trama social Argentina estará dispuesta a mutar en el sentido que la dictadura proyectó hace cinco décadas. Lo más probable es que ello no ocurra y que nuevamente la Argentina tenga que reconstruirse luego de un nuevo fracaso.
Sin embargo, para ese entonces no bastará con rechazar este tipo de esquemas y tampoco alcanzará con caer en el extremo opuesto, es decir: un modelo centrado exclusivamente en el mercado interno, sostenido por importaciones baratas y subsidios al consumo, que termina generando desequilibrios similares. La experiencia histórica muestra que ambos caminos conducen a crisis.
Mariano Cuvertino, diputado provincial.
La clave del presente y del futuro pasa por otro camino. Volver a la producción pero a una producción capaz de avanzar técnicamente, exportar al resto del mundo, incluso de sustituir importaciones. Pero sobre todo capaz de integrar a todo el espacio nacional en una estrategia de desarrollo y darle el lugar que le corresponde a la provincias en la construcción del desarrollo nacional.
Debemos dejar atrás las viejas recetas. El futuro debe venir de una sociedad comprometida, que no delegue su destino a salvadores mesiánicos sino que asuma colectivamente la tarea de construir un país federal, con instituciones sólidas, más justo y con igualdad de oportunidades para todos.