I

Reflexiones sobre el amor a la patria, sin alardes ni estridencias, evocan la visión de José de San Martín y Manuel Belgrano como ejemplos de nobleza y compromiso.

I
Alguna vez, André Malraux dijo que la ciudad de Buenos Aires era la capital de un imperio que no existe. George Clemenceau, Jean Jaurés y José Ortega y Gasset, dijeron palabras parecidas. Es verdad, nunca fuimos un imperio, pero qué grande, qué espléndida fue Argentina cuando los argentinos creímos en ella o cuando algunos de sus presidentes supieron devolverle a los argentinos su autoestima.
Son estas tradiciones que palpitan en tiempo presente las que permiten decir que Argentina posee futuro a pesar, incluso, de algunos argentinos.
II
A la patria se la quiere sin estridencias, sin alardes de guapo, sin efusiones sentimentales. Debería ser un amor austero, sobrio y puro como corresponde a los sentimientos nobles. Así la sintieron José de San Martín y Manuel Belgrano. Un hombre sabio e irónico dijo que la patria era el refugio de los sinvergüenzas.
Es una opinión, pero a mí me gusta pensarla como un hogar, el hogar de un noble pueblo, como decía Domingo Faustino Sarmiento. No en vano, desde la noche de los tiempos la condición de apátrida fue una maldición, una desgracia o una tragedia. Más allá de falsificadores y contrabandistas, la patria como concepto templó el alma de los pueblos.
Es verdad que fue un valor acuñado a lo largo de la historia con diversas monedas, pero nos conviene recordar que la moneda fuerte,la moneda verdadera la acuñó la revolución francesa y la medida de su valor de uso y valor de cambio fue la libertad, la igualdad y la fraternidad.
III
La patria es de todos, explicó alguna vez Jorge Luis Borges. Y una vez más estuvo en lo cierto. Los argentinos recompensaron la sabiduría de Borges con un reconocimiento unánime. Con Borges se probó, por si habría alguna duda, que un escritor que merezca ese nombre es algo así como un arquitecto de nuestra identidad como nación.
Lo que vale para el autor de "El Aleph", vale también para el propio Sarmiento, como para José Hernández, Leopoldo Marechal, Julio Cortázar, Silvina Ocampo, Roberto Arlt, Adolfo Bioy Casares y todo aquel escritor que se proponga traducir en palabras el sentido de su existencia.
Aunque a los devotos de “alpargatas sí, libros no” les disguste, a una gran nación se la reconoce por la calidad de sus escritores.
IV
A un amigo religioso, que pretendía convencerme que para ser argentino debía profesar su religión, le expliqué que él no era más argentino que yo porque los domingos asistía a misa, del mismo modo que el nieto de un italiano, un español o un judío no es menos argentino que quien invoca descender de Juan de Garay o Pedro de Mendoza.
Si me considero agnóstico no es porque sea propietario de alguna certeza absoluta, sino porque creo en la dimensión del misterio. Y esta presunción o esta duda sospecho que la comparto con el religioso que admite la existencia del misterio. Tal vez la diferencia que sostenemos es que donde el creyente percibe una presencia, yo percibo una ausencia.
V
¿La patria está mutilada porque las islas Malvinas siguen ocupadas por ingleses?. Nunca dejaremos de reclamar en los foros internacionales por las islas Malvinas, pero el destino de Argentina no depende de ellas. Este país ha demostrado que es capaz de sobrevivir con dignidad a mutilaciones políticas o económicas más graves que unas islas lejanas. Seremos argentinos con las islas o sin las islas.
Pretender lo contrario es como pretender ganar una falta envido con un cuatro o, peor aún, declarar una guerra con la ilusión de que el enemigo no dará batalla.
VI
El país que conocemos hubiera sido impensable sin la Constitución liberal de 1853, sin el ejercicio de las libertades individuales y políticas, sin el coraje de sus guerreros y sin el aporte laborioso de sus inmigrantes.
Entre todos forjaron una Argentina liberal y una sociedad abierta, pero conviene advertir que los liberales de la Generación del Ochenta sabían muy bien que las exigencias nacionales en materia de salud, educación y seguridad no las resolvía espontáneamente la economía de mercado o la magia de la mano invisible.
Si la pretensión de todo oficial es ganar el grado de general, la pretensión de todo político debería ser adquirir la condición de estadista. No hay nación sin Estado como no hay condición humana sin cerebro. “El estado es la institución donde la nación se piensa a sí misma”, escribió Émile Durkheim.
VII
Los partidos de masas históricos fundantes de nuestra identidad política están en crisis. No sé si esto es una buena o una mala noticia. Fiel a su origen militar, el peronismo siempre pretendió ser el.partido del poder y el.partido del orden. Hoy no es ni una cosa ni la otra.
Fundador de mitos, nunca supo, o no quiso saber, que los mitos cuando se distancian de su origen por la deserción de sus sacerdotes o el inexorable paso del tiempo, se debilitan e ingresan en lo que un historiador calificó como una “larga agonía” plagada de fracasos, frustraciones y deserciones.
Por su parte, la UCR fue históricamente el partido de las clases medias y el garante del estado de derecho. Hoy su relación con las clases medias oscila entre el divorcio y una levísima promesa de reconciliación. Desde el inicio del siglo XXI la UCR ha perdido votos y no encuentra liderazgos.
Si a esto le sumamos una anémica representación parlamentaria, debemos convenir que se hace muy difícil sostener el legado histórico y ser el garante de las libertades y el Estado de derecho. Decía que no sé si estos datos de la realidad son una buena o una mala noticia. Creo que nadie lo sabe, pero a mis años me asiste el derecho a extrañar esta posible ausencia.
VIII
Marxistas que no leyeron ni a Carlos Marx ni a Antonio Gramsci ni a León Trotsky; cristianos que no leyeron ni a Jacques Maritain, ni a Georges Bernanos ni a Leonardo Castellani; liberales que no leyeron ni a Adam Smith, ni a Raymond Aron ni a Juan Bautista Alberdi; nacionalistas que no leyeron ni a Charles Maurras, ni a Julio Irazusta ni a José Marīa Rosa.
No los leyeron y en más de un caso ignoran su existencia, pero nada les impide ser sus seguidores incondicionales. Habría que pensar políticamente en esa relación resbaladiza entre pasión e ignorancia.
IX
El miedo acompaña a las sociedades como la sombra al cuerpo o el desengaño al amor o la tormenta al cielo limpio. En el mundo antiguo el miedo a los bárbaros, a la peste, al hambre. En los tiempos actuales cambiaron los destinatarios pero los miedos persisten.
Raúl Alfonsín y el retorno de los militares; Carlos Menem y el retorno de la hiperinflación; los Kirchner y el retorno del neoliberalismo; Javier Milei y el retorno de los K. Adquiere condición de estadista el político que sabe administrar o conjurar esos miedos.