El colapso del régimen venezolano genera tensiones entre la soberanía nacional y las acciones de potencias extranjeras, complicando el camino hacia la democracia.
Retrato de Nicolás Maduro, hasta hace algunas horas presidente de Venezuela. Será juzgado en Estados Unidos por narcotráfico.
La historia se empecina en colocarnos en situaciones donde no hay respuestas fáciles o libretos escritos de antemano. En otros tiempos, un operativo militar que captura al mandatario de un país, en este caso latinoamericano, hubiera merecido nuestro repudio inmediato.
Nada nos impide hoy hacerlo, pero un principio básico de realismo político nos contiene porque, más allá de la retórica, lo que en política importa es hacerse cargo de la complejidad de lo real, motivo por el cual lo sucedido en Venezuela no se resuelve con una consigna que en nuestra exclusiva intimidad nos puede dejar muy satisfechos pero a la hora de comprender lo real, y sobre todo transformarlo, no son más que sonidos y furias ininteligibles.
Claro que es legítimo hablar del principio de autodeterminación, pero esa palabra es papel picado en boca de un dictador que no tuvo escrúpulos en practicar un fraude electoral escandaloso en un país con nueve millones de exiliados.
Venezolanos festejan la captura de Maduro desde Argentina. Crédito: Reuters
Es verdad que estamos asistiendo al momento en que una dictadura se derrumbe, pero a todos los demócratas nos hubiera gustado que ese derrumbe lo hubiera propiciado el pueblo venezolano y no una potencia extranjera cuyo presidente, Donald Trump, asegura que el petróleo de ese país le pertenece. Entre esas contradicciones nos debatimos.
Contradicciones que, por otro lado, se presentan como un hecho consumado.Nicolás Maduro y su esposa, una decisiva operadora política, ya deben de estar en Estados Unidos, donde serán juzgados por los tribunales de ese país no por su ideología o sus creencias políticas, sino por su condición de narcotraficantes.
En ese contexto, las paradojas están a la orden del día. Estados Unidos, en su condición de potencia imperial, ciertamente violenta el principio de autodeterminación de una dictadura execrable. Lo sucedido posee la impureza de lo real, pero en política nunca es aconsejable llorar sobre la leche derramada.
Muchos países con más o menos entusiasmo condenaron o condenarán la intromisión yanqui, pero esas condenas no alterarán el rigor de los hechos y esta verdad podrá ser amarga pero no por eso es menos verdadera. La condena de Luiz Lula da Silva a lo sucedido fue tan previsible como el apoyo entusiasta de Javier Milei.
Donald Trump. Crédito: Xinhua
Podemos simpatizar con una posición o con otra, pero lo que efectivamente importa preguntarse es cómo los venezolanos y los gobiernos de América Latina suman esfuerzos para asegurar que este desdichado país inicie una transición democrática que instale los principios de la libertad, la justicia y la paz como valores supremos, poniendo límites a las pretensiones imperiales insinuadas por Trump.
Pero sobre todo poniendo límites a los afanes de perdurar de los déspotas del régimen chavista. Claro que este objetivo no será fácil alcanzar, pero admitamos que en las condiciones más incómodas la oportunidad de una salida democrática está abierta. Puede que no sea la deseable, pero es la posible.