

Lo afirmo y me hago cargo de lo que digo: no hay ciudad que merezca ese nombre sin bares. No sé qué ocurrirá en el futuro; no sé si en el futuro habrá ciudades o cómo serán, pero sí sé que las ciudades desde hace por lo menos dos siglos se distinguen por los bares y sus primos hermanos: la taberna, el bodegón, la posada y el boliche. Dicho de una manera terminante, pero en sintonía con la experiencia y los libros: no hay modernidad sin bares, sin el café, ese lugar en el que los hombres de la ciudad se reúnen a conversar, a leer los diarios o a estar solos, a desarrollar el arte exquisito de aprender a estar solo en medio de la ciudad y en medio de la gente, apenas acompañado por el pocillo del café y el talento de conversar con uno mismo, como aconsejaba Antonio Machado. Evoco de memoria la frase de Juan Tallón: "Un pueblo que pierde la capacidad para convocar una reunión alrededor de la mesa de un bar, es un pueblo muerto. Da igual que aún tenga habitantes. Como pueblo es un cadáver". ¿Anacrónico? Puede ser. A mi edad no me quedan demasiadas alternativas, pero algunas de esas alternativas sostengo que merecen ser defendidas, evocadas, aunque más no sea para contribuir a aquello que, por no tener otro nombre mejor, se denomina "memoria".
Como en estos temas soy amigo de predicar con el ejemplo, digo que hasta el día de hoy sigo manteniendo asistencia perfecta al bar. Allí escribo, allí leo, allí converso con amigos. Allí vivo. No voy a dar el nombre de mi bar para no hacer publicidad gratis, pero nadie puede impedirme decir que está en la esquina de Yrigoyen y San Martín. Prometo no incursionar en los escabrosos laberintos de la sociología, pero a vuelo de pájaro tengo presente aquel profesor que alguna vez dijo que en las sociedades modernas, el bar es "el tercer lugar", compartiendo ese honor con el hogar y el trabajo. ¿Qué se hace en un bar? Se piensa, se aprende, se conversa. En mis tiempos de pibe, allá lejos y hace tiempo, la mayoría de edad, la condición de hombre, se adquiría cuando te permitían entrar al café, cuando el mozo en lugar de pedirte que te retires con tus diminutos pantalones cortos, te atendía. Entonces, para un muchacho ser aceptado en el bar era un certificado de mayoría de edad más importante que cualquier otro documento o cualquier otra experiencia. Que te admitan sentarte a una mesa e incluso sentarte a una mesa de codillo, loba o truco, era un reconocimiento que uno lo vivía como una gentileza. Ni hablar si además empezabas a manejar el taco de billar para ensayar alguna carambola. "Yo te evoco perdido en la vida y enredado en los hilos del humo", escribió Cátulo Castillo.
Los tiempos han cambiado y no me voy a poner a llorar por esos cambios. Es verdad, el viejo cafetín ya casi no existe. Las mesas de billares directamente han desaparecido; la barra de muchachos ha sido desplazada por la mesa de veteranos, porque los muchachos de hoy en día adquieren sus certificados de mayoría de edad con otros logros. La otra noche, conversando con unos amigos, sospechábamos que la asistencia al bar es un privilegio o un vicio practicada por una minoría. Hablo de los que asistimos todos los días al café; de lunes a viernes, y a veces de lunes a domingo. A la mañana, a la siesta o a la nochecita. ¿Y en el trasnoche? Por lo general el café no se hace cargo de ese turno. Antes sí; pero desde hace años el café es diurno, por más que a plena luz del día algunos posean una penumbra encantadora. El bar también puede ser el lugar de la melancolía, de la tristeza, de la soledad. Nada de lo humano le es ajeno, aunque la frase suene a lugar común. "Como una escuela de todas las cosas, ya de muchacho me diste entre asombros, el cigarrillo, la fe en mis sueños y una esperanza de amor". Y Discépolo sabía de lo que estaba hablando.
Mi relación con los bares santafesinos se inicia desde mi llegada a la ciudad. Con los años se envejece y en el camino se pierden cosas; algunas livianas, otras importantes. Pero una de las lealtades persistentes que sostengo desde mis años juveniles es la afición a los bares. Cuando se es joven se imita: fumamos o tomamos una copa imitando a algún modelo masculino con el que nos identificamos. Yo no fui la excepción. La diferencia -que no es exclusiva- es la relación que establecí entre bar y literatura. ¿Por qué lo hice? Tal vez por comodidad, tal vez porque en la pensión no había ni lugares ni intimidad para leer, pero tal vez porque alguna vez leí que esa costumbre practicaban los existencialistas franceses, que Jean Paul Sartre escribió "La náusea" en el Café Le Flore. ¿Snob? Puede ser. No me avergüenza reconocerlo. Creo que a cierta edad todos somos algo snob. El problema no es serlo en algún momento de la vida, el problema es serlo toda la vida; o no darse cuenta de que uno lo es, y que en cierto momento es necesario dejar de serlo para resignarse a ser uno mismo.
Cada bar que recuerdo de la ciudad está acompañado con un libro. En el Torino de bulevar y San Lorenzo, una tarde leí "El pozo" de Juan Carlos Onetti; en el Valencia de calle San Martín, una noche de lluvia leí los mejores cuentos de Chéjov; en el bar del Parque, de Freyre y Suipacha, sentado en una mesa con vista a la calle, leí "Buenos días tristeza", de Francoise Sagan; en La Modelo de calle Mendoza, una siesta de otoño descubrí a Herman Hesse a través de "Demián"; en el bar de San Jerónimo y bulevar, que le decíamos "el San Jerónimo" pero tenía otro nombre, leí "En la zona", los primeros y decisivos cuentos de Juani Saer. En el bar que entonces se llamaba "Las Cuartetas", me leí casi de una sentada "La historia universal de la infamia"; cuando en tiempos inmemoriales funcionaba entre la Casa Gris y los Tribunales, un bar que se llamaba "Los Constituyentes", y que las chicas bien de entonces le decían con tono dulce e insinuante: "Los Conti", te espero en "los Conti", alguna vez empecé a leer "El americano impasible", de Graham Greene; en el Hernandarias, una noche, a la salida del cine, el Pati Ponce me regaló los poemas de Dylan Thomas; y cada vez que regreso a ese poeta lo tengo presente a Pati y a ese poema tan especial que precisamente se llama "en mi oficio o arte sombrío". Disculpen, pero a modo de despedida la cita a Discépolo es inevitable, porque a Strindberg o a Cioran les hubiera encantado escribir, por ejemplo: "Sobre tus mesas que nunca preguntan, lloré una tarde el primer desengaño; nací a las penas, bebí mis años, y me entregué sin luchar".