

No soy un asistente habitual a las salas de teatro, pero por esas cosas de la vida algunos próceres del teatro independiente santafesino me honraron con su amistad y su afecto. Pienso en el Negro Flores, Jorge Ricci, Osvaldo Neira, Florentino Sánchez, Rafael Brusa, Roberto Schneider, Ricardo Gandini, Jorge Conti, el flaco Rodríguez. Un conocedor del teatro local exclamaría: "Qué mezcla". Y es verdad: qué linda mezcla. Discutían, se peleaban, se amigaban, volvían a pelearse. Pero en todos los casos, lo seguro es que para cada uno de ellos el teatro fue una vocación, un estilo de vida, una pasión, un arte que justificaba con creces estar vivo. Advierto: nombro a los que conocí, que no son todos, y hasta es probable que por razones generacionales falten algunos de los más importantes. Con algunos de los que nombré fui más amigo; con otros, menos, pero con todos compartí mesas de bar, pocillos de café, vasos de vino. Y cada uno de ellos en su estilo me enseñaron la historia del teatro independiente de esta ciudad, esa proeza cultural de los santafesinos.
Cuando llegué a Santa Fe en 1967, el teatro independiente ya contaba con su propia historia y sus propios reconocimientos, como por ejemplo, las declaraciones de Bernardo Canal Feijóo al diario rosarino La Capital asegurando que el meridiano del teatro argentino pasa por la ciudad de Santa Fe. Algunos nombres destacados conocí de mentas: Cocho Paolantonio, Carlos Thiel, Israel Wisniak, Miguel Brascó, Carlos Catania, Fernando Silvar, Carlos País, Oscar De Gregori, Rubén Chiri Rodríguez Aragón, Roberto Conte, entre tantos. Algunas mujeres: Chiquita Jacobi, Berta Pallarés, Graciela Martínez, Elisa Fernández Navarro, Betty y Pochola Catania. Algunos lugares: el Colegio Nacional, la Casa del Maestro, el Centro Israelita Macabi, cuando funcionaba en el local donde hoy está la Casa Radical, el Club Regatas, el Museo Rosa Galisteo, la mítica sala de calle San Martín 2222. Y claro está, cuanta vecinal y club de barrio estuvieran dispuestos a habilitar sus instalaciones para la maravilla del teatro. Algunas obras decisivas. "En el andén", de Ernesto Frers, "Lady Godiva", "Los ojos llenos de amor", "El acusador público", "La farsa del mancebo que casó con mujer brava", "Antígona", "Oficina 403", "Un Dios durmió en casa", "Interior". Algunos grupos de teatro: "Teatro de arte", "Teatro de los 21", "Cincel Taller de Teatro", "Teatro Época". Algunas instituciones que apoyaron, auspiciaron, invirtieron dinero: la Secretaría de Cultura de la Provincia, la Secretaría de Cultura de la Municipalidad, la Universidad Nacional del Litoral. Una revista importante en aquellos años: "Punto y aparte", y un crítico al que conocí muchos años después y quise y respeté mucho: Jorge Reynoso Aldao. Dos diarios: "El Litoral" y "El orden".
En un período cronológico de más de quince o veinte años pasan muchas cosas, cosas que ocurren en un tiempo más intenso que el cronológico. Menciono, por ejemplo, el momento en que en la nueva catedral Cocho Paolantonio estrena "Antígona". Año 1957. Escribe Reynoso Aldao en la revista "Punto y Aparte": "…la maravillosa audacia del Teatro de Arte, entre los inmóviles fantasmas de granito, mármol y ladrillo que son las ruinas del templo , supo dar a Santa Fe un espectáculo único, por su índole, por su entrega, por su nobleza espiritual…". Se trabajaba a pulmón, con poca plata y mucho entusiasmo. Los actores y directores vendían entradas, repartían volantes. Se experimentaba. Teatro del absurdo, teatro sin escenario o con un escenario confundido con el público. Se organizaban congresos, encuentros. De "Cincel Taller de Teatro" sale "Teatro de los 21". Disidencias con su director. Y sin embargo, en el acto de presentación del nuevo grupo asiste Israel Wesniak, director de "Cincel". Después las giras. Juntar plata para asistir a congresos en Buenos Aires, en Córdoba, en Montevideo. Un maestro se destaca por su talento: Oscar Fressler. Con él llega Stanislavski, Gordon Craig, Bertoldt Brecht. En esos años, durante la gestión de Sylvestre Begnis, se crea la Escuela de Teatro.

También a esos años pertenece la ética y la estética de la contracultura. Había un público que demandaba un teatro de calidad, un público que se correspondía con los esfuerzos de los actores, directores, escenógrafos, vestuaristas. Tres o cuatro funciones semanales era casi lo habitual. "Oficina 403", se representó durante cuarenta funciones. Estamos hablando de una ciudad donde, por ejemplo, se celebraban festivales de música a la que en algún momento asistieron las principales orquestas sinfónicas de la Argentina; una ciudad que se las ingenió para destinar lo que era el Asilo de Ancianos en Recreo como alojamiento para los artistas que manifestaban su maravilla de estar en un lugar donde las galerías se llamaban Bach, Mozart, Liszt. El teatro santafesino no empezó en 1950, hay una interesante historia previa, pero hay consenso en admitir que el teatro independiente como tal, independiente para crear e independiente de especulaciones mercantiles, nació alrededor de 1950, el año de mi llegada a este valle de lágrimas. Eran todos muy jóvenes los iniciados en esta aventura de la creación. Algunos estaban terminando el secundario; otros recién ingresaban a la Universidad.
Esto ocurría en una ciudad que tenía algo más de 200.000 habitantes, con un índice de desocupación que no superaba el tres por ciento y con una población estudiantil que crecía todos los años. Circulaban ideas y autores: Stanislavski y Brecht; Sartre y Lukaks; Marx y Kant; Sófocles y Shakespeare; Tennessee Williams y Arthur Miller; Pinter y Bergman; Strindberg y Albee. Las horas del día no alcanzaban para ensayar, escribir, interpretar y también enamorarse. Y esto ocurría en Santa Fe. Los muchachos caminaban por calle San Martín, por bulevar, frecuentaban boliches, iban al cine, asistían a conciertos. Es verdad que la nostalgia suele embellecer con tonos a veces edulcorados las imágenes del pasado. Pero no es menos cierto que hay tiempos que por una fortuita coincidencia de circunstancias son más creativos que otros. La ciudad de Santa Fe de los años cincuenta vivió a plenitud ese tiempo. Y el teatro independiente fue una de sus creaciones más genuinas. Estamos hablando de una ciudad en la que se destacaban personalidades como Carlos Guastavino, Ariel Ramírez o Fernando Birri. Una ciudad con un Cine Club reconocido a nivel nacional; un prestigiado Instituto de Cine; una ciudad con pintores, novelistas, artesanos; una ciudad en la que sus intelectuales discutían hasta la madrugada las relaciones del arte con la política y con la revolución; esa honda aspiración de cambiar el mundo y cambiar la vida; ese deseo de libertad creadora, de crítica a lo convencional, a lo establecido; esa manera de estar en la vida, de vivir para el arte y por el arte. Claro que había disputas, rencillas duras, enojos y rupturas, pero se imponía siempre el afán por hacer las cosas de la mejor manera posible, el esfuerzo por instalar con recursos escasos las verdades fulgurantes de la belleza a través de la tragedia el drama o la comedia. ¿Sobrevive en el presente la memoria de aquellas experiencias fundacionales? Supongo que sí. Todas las tardes pasó por frente de "La Treinta sesentayocho", sala y taller de teatro ubicada, vaya casualidad, en calle San Martín 3068. Hablo de un espacio, de una propuesta que recoge las mejores tradiciones de la ciudad y constituye un ejemplo de esfuerzo, talento, inspiración. No hay vuelta que darle. Santa Fe sigue siendo la ciudad donde el teatro independiente continúa creando a pesar de las dificultades monetarias, a pesar de incomprensiones o a pesar de tiempos que pareciera que no son tan propicios, aunque me consta que, contra viento y marea, los herederos de aquellos maestros siguen creando, se siguen jugando por lo que creen, siguen en la búsqueda de aquello que nunca se termina de hallar pero que se distingue por los tonos a veces armónicos, a veces ásperos, a veces afilados, a veces difusos, a veces incandescentes de la verdadera belleza.