"Transfiguración de Jesús", grupo escultórico tallado en alabastro, que preanuncia la agitación del barroco. Coro de la Catedral de Toledo. 2. "El sacrificio de Isaac", talla en madera policromada, que adelanta el futuro expresionismo. Museo Nacional de la Escultura de Valladolid. 3. Primer plano de la cabeza de Abraham en el dramático momento previo a la ejecución de su hijo Isaac y antes de que Dios detuviera su mano.
Su aparición en la escena de las artes plásticas fue tan infrecuente como su personalidad. El español Alonso Berruguete irrumpió, con sello propio, en el competitivo ambiente del Renacimiento. Y lo hizo en Italia, epicentro de ese fenómeno cultural de alcances universales.
Nacido en la medieval villa castellana de Paredes de Nava en torno a 1490, el joven había comenzado su formación artística en el taller de escultura y pintura fundado por su padre, Pedro Berruguete, reconocido pintor del ciclo de transición entre el último gótico y el primer Renacimiento.
Primer plano de la cabeza de Abraham en el dramático momento previo a la ejecución de su hijo Isaac y antes de que Dios detuviera su mano. Crédito: Expansión
Aunque la información sobre esa etapa inicial es escasa, historiadores del arte manifiestan que sus obras de aquel tiempo transmiten los aprendizajes obtenidos de los escultores castellanos de entonces, a partir de obras vistosas pero primitivas. El gran salto se producirá en 1507, cuando se traslade a Italia, cuna de grandes maestros y de una inédita renovación cultural.
En ese camino, Berruguete habrá de preceder a otro gran artista, El Greco, que, procedente de la isla de Candia, también llegará a Italia, país en el que su primitivismo bizantino trocará en pintura renacentista, muy influenciada por sus aprendizajes venecianos, los que luego se completarán en Roma. Esa itinerancia lo conducirá por fin a la España de los Austria y a la inmemorial Toledo, donde su genio encontrará su propio lenguaje, y, en su madurez, entregará lo mejor de su obra.
Asocio ambas figuras, no sólo por sus respectivas iluminaciones en la misma tierra -para ambos extranjera-, sino por la influencia posterior de Berruguete sobre la obra de El Greco, perceptible en la singularidad de sus estilos, que se alejan de las fuentes italianas cuanto más se acercan a sí mismos. Nutridos por las técnicas, los conocimientos y el "contagio" expresivo de los "capolavori" de los grandes maestros, avanzarán a pie firme en sus propias búsquedas, con creciente vigor artístico y lenguajes de raigal españolidad. Y si hay un punto de encuentro entre estas dos figuras y sus aprendizajes italianos, es una obra clásica: el grupo escultórico de "Laocoonte y sus hijos", desenterrada en Roma en 1506, en una viña del monte Esquilino, e inmediatamente adquirida por el papa Julio II a instancias del arquitecto Giuliano da Sangallo y Michelangelo Buonarroti, enviados para evaluar el hallazgo.
Esa obra, cuya datación se sigue discutiendo, es una copia romana de un original griego del siglo I a. C., atesorada en los Museos Vaticanos. Pero si la fecha cierta de la escultura es materia de controversia, lo indiscutible es el efecto que produjo entre los mejores artistas del Renacimiento, empezando por Miguel Ángel, que estuvo en el momento de la exhumación, y siguiendo por su rival Bramante y su ladero Rafael Sanzio. De hecho, los principales artistas de aquellos días fueron imantados por el poder de atracción de "Laocoonte". Y el furor por la escultura clásica, así como de recursos decorativos antiguos como los llamados "grutescos" (descubiertos en la soterrada "Domus aurea" de Nerón) estimulará la indagación del pasado y la impregnación de sus ejemplos en la tarea de los artistas. Entre ellos, Berruguete dibujará en Roma el "Laocoonte" por encargo de Bramante, y muchos años después, El Greco, en su última etapa, pintará una reinterpretación espectral de ese tema escultórico con Toledo de fondo.
Berruguete, que también tuvo un significativo paso por Florencia hacia 1512, fue uno de los pocos artistas españoles que logró un claro reconocimiento en Italia, al punto que Giorgio Vasari, autor de los frescos que glorifican a Cosme I de Medici en el gran salón del Palacio de la Señoría, considerado además el primer historiador del arte por su libro "Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos", lo menciona varias veces. Más aún, habla de sus relaciones con Miguel Ángel, Bramante, Leonardo da Vinci y Andrea del Sarto, y le reconoce destacada participación en el surgimiento del manierismo pictórico florentino. Al respecto, menciona algunas de sus figuras alargadas, como algunos lienzos de "La Virgen y el Niño", o el cuadro de "Salomé con la cabeza de Juan el Bautista" que se conserva en la Galería de los Uffizi, rasgos que preludian una de las características principales de la obra de El Greco.
Ambos fueron tributarios del genio de Miguel Ángel, que influyó decisivamente en la transformación de Berruguete en un gran escultor, heredero de su "terribilitá", aunque luego evolucionara hacia su propio estilo. Otro tanto ocurrirá con Theotokópoulos, que después de quedar maravillado con el artista toscano durante su estada en Italia, en su posterior maduración se convertirá en un ácido crítico de sus excesos anatómicos. Él, entre tanto, avanzará hacia las formas espectrales de sus figuras humanas, despojadas de músculos y carnalidad.
Berruguete fue un artista múltiple -pintor, escultor y arquitecto-, pero en la disciplina que sobresale con caracteres nítidos es en la talla de la madera (si bien dejó también buenas piezas en mármol y alabastro). Lo mejor de su legado está reunido hoy en el Museo Nacional de la Escultura de Valladolid, ambientado en el excepcional edificio renacentista-plateresco del Colegio de San Gregorio. Allí puede admirarse su conmovedora escultura "Sacrificio de Isaac", un grito de humanidad doliente que anticipa en siglos el de la pintura de Edvard Munch.
Alejado del virtuosismo escultórico de Miguel Ángel, Alonso se dejará llevar por la emoción, por las ebulliciones de su proceso interior en la tarea de representar dramáticas escenas de la historia religiosa. Literalmente, le sacaba astillas a la madera con su gubia apasionada, y luego acentuaba su acción con una estridente policromía. Conjugaba en sus imágenes, escultura y pintura. No le importaba la belleza formal de la pieza, sino el mensaje que emitía. Su aspiración era sacudir el corazón del observador, hacerlo latir al ritmo que había palpitado el suyo mientras esculpía.
En el extraordinario museo vallisoletano hay una gran cantidad de piezas, principalmente escultóricas, pero también algunos cuadros. En ese conjunto brilla el retablo creado por Berruguete para el convento de San Benito el Real, considerado por los críticos una "obra de arte total" (escultura y pintura, incluido el dorado a la hoja, dentro de una estructura arquitectónica). En ese espacio vertical, segmentado en distintas escenas sacras, las figuras, según una publicación del museo, "se aprietan en huecos angostos… las siluetas se alargan, levitan y se retuercen en espirales inestables; las proporciones se deforman, los cuerpos abandonan la naturalidad y se dejan ganar por un sentido estético del ritmo". Atrás han quedado los modelos clásicos, su fría perfección. Aquí el contemplador es conmovido por los desgarros de una humanidad imperfecta.
La amplia obra de Alonso González Berruguete, excede a Valladolid, se derrama sobre la geografía comarcana y sobre la extensa Castilla. Asoma en el coro de la catedral de Toledo y en el sepulcro del cardenal Juan Pardo de Tavera, ubicado en la iglesia del hospital homónimo, en rigor, su palacio renacentista, erigido fuera de la muralla de Toledo. Sus trabajos constituyen parte de los patrimonios culturales de distintas villas y ciudades, en particular, la iglesia del pueblo de Ventosa de la Cuesta, comprado por el artista e instituido su señorío en 1559. En ese lugar fueron enterrados los restos de quien introdujera el Renacimiento en España -en su variante manierista-, y provocara una reacción en cadena de genuina creatividad artística.