Es la tarde del 12 de febrero de 1817 y desde la cima de la cuesta de Chacabuco el general José de San Martín intuye que su brillante estrategia para atacar como pinzas a los españoles con los regimientos del general Bernardo O'Higgins y el brigadier Miguel Soler está en serio peligro. El audaz chileno, sin esperar a Soler, se ha lanzado contra el enemigo antes de tiempo y se encuentra en apuros.
El Libertador, aquejado por sus viejas enfermedades -ya que ha debido pasar algunos de los diecisiete días del cruce de los Andes en una camilla- no lo duda ni un momento. No lo piensa más. Y dando como siempre el ejemplo, monta en su caballo y arenga a su reserva de granaderos para lanzar un último ataque.
Como nos cuenta Jorge Fernández Díaz (en su libro "La Logia de Cadiz"), "a pesar de su agudo ataque de gota, rabioso y cerebral, San Martín finalmente tomó la bandera celeste y blanca, se colocó a la cabeza de los granaderos y se lanza a la carga definitiva para definir el triunfo de Chacabuco".
Enterado de su determinación y decisivo movimiento, desde Buenos Ares el Director Juan Martín de Pueyrredón le concede el título de Brigadier de la Patria. El general victorioso -tal como lo destaca Fernández Díaz- fiel a su honor y humildad rechaza el reconociemiento individual, y concede toda la gloria a sus jefes y granaderos, a la vez que le contesta a Pueyrredón lo siguiente:
"Yo me considero sobradamente recompensado con haber merecido la aprobacion de este servicio y es el único premio para satisfacer el corazón de un hombre que no aspira a otra cosa". Deberíamos en nuestras escuelas enseñarles a los chicos y jóvenes, porque de ellos es el futuro, de qué se trata ser un verdadero patriota.
El General Don José de San Martín es el ejemplo para que puedan soñar con una Argentina mejor, aunque hoy parecieran casi olvidadas aquellas virtudes que distinguen a un gran líder: capacidad, honestidad, sacrificio y humildad.