Queridos Amigos. ¿Cómo están? Hoy celebrando el Cuarto Domingo de Cuaresma, la Liturgia de la Palabra de Dios pone como centro el tema de la "ceguera". Tener ojos sanos, es importante, pero esto no asegura que veamos bien, que entendamos correctamente la realidad, que interpretemos bien lo que nos pasa. El Evangelio de hoy para abordar un tema tan importante, nos narra la curación del ciego. San Juan nos dice: "…En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento. Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo: Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado). Él fue, se lavó, y volvió con vista. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: me puso barro en los ojos, me lavé y veo". Palabra el Señor. Gloria a ti Señor Jesús.
¿Por qué unos nacen sanos, y otros no; por qué unos son tan talentosos y otros nacen con algunas limitaciones, y/o dificultades…? ¿La razón humana puede explicarlo? Que yo sepa, no. La vida es un misterio, y el misterio no se explica, se contempla. Los hombres siempre buscamos razones para explicarlo todo, siempre buscamos culpables o responsables. Pero, para Dios no hay culpables. Para Dios sólo hay personas que hay que salvar.
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La ceguera física es terrible. ¿Quién no ha visto personas que no ven, que van caminando por las calles con un bastoncito blanco? ¿Por qué ellos y no yo?, se preguntaba el Papa Francisco cuando veía alguna persona enferma. ¿Podemos imaginarnos lo que pasa por dentro de una persona ciega? Se trata de una experiencia misteriosa y única.
Existe también una ceguera espiritual y desde el punto de vista de la salvación, no sé cuál de ellas es peor. Pues, la ceguera espiritual manifiesta la incapacidad de percibir la presencia y el propósito de Dios en nuestra vida, a menudo provocada por el orgullo, el pecado, la incredulidad. ¡Y cuántos hermanos nuestros están afectados por ella!
También tenemos la ceguera intelectual, que es la incapacidad de ver más allá de los propios modelos mentales preestablecidos. Se caracteriza por la falta de perspectiva, limita la comprensión profunda y la autocrítica. ¿Cuántos que nos gobiernan se creen iluminados, sabios, pero en realidad no lo son tanto? Si lo fueran, ¿el mundo no debería estar mejor? Cuánta razón tiene el escritor francés Andrés Gide cuando sugiere: "Crea en los que buscan la verdad. Dude de los que ya la encontraron". Porque el hombre sabio busca la sabiduría; el loco piensa que ya la encontró".
Observando el mundo de hoy, especialmente la "guerra absurda" en el Medio Oriente que destruye las vidas humanas, daña las estructuras históricas maravillosas, causa el dolor y la destrucción masiva, afirmo: "cuánta ceguera" y "cuánta insensatez". La guerra nunca es una solución, es una "aventura sin retorno", como nos lo recordaba el Papa Juan Pablo II.
Si nuestra Patria argentina hoy está afectada por tantas injusticias, violencia, crispación, inseguridad, pregunto: ¿No será que muchos actuamos como ciegos, incapaces de ver bien las cosas para organizar mejor la vida del país y de los ciudadanos? Vemos bien nuestros propios intereses, pero no llegamos o no queremos ver las tragedias de otras personas.
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"Si tú eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan"Para ir finalizando quiero contarles esta bella historia que me tocó vivir.
Hace un tiempo vino a mi despacho parroquial una mujer para dialogar sobre su matrimonio que no funcionaba. Me decía que su convivencia matrimonial iba de mal en peor. Pronto me di cuenta de que su ideal del matrimonio era equivocado, porque esperaba de su esposo lo que él no podía dar. Le dije: Señora, su esposo no es un ser perfecto, no es un dios, es un ser humano como usted. ¿No será que usted espera demasiado?
Pasó un tiempo y la mujer me mandó este bello e-mail, que comienza así: Padre, desde nuestra última charla, mi vida cambió. Ya he dejado de pensar que mi marido pueda hacerme plenamente feliz. No puede. Sólo soy feliz porque Dios me hace feliz. Desde que me entregué a Dios, él ha abierto una fuente inmensa de gozo en mí. Y ha liberado a mi marido de un peso enorme. Ahora más que insistirle en que me dé lo que sólo Dios puede darme, soy libre para amarle y compartir mi felicidad con él. Y creo que él se siente mejor así. ¡Qué bello!
Pidamos a Dios que nos cure de tantas cegueras para que podamos ver mejor el bien en cada uno de nosotros y en los demás.
Existe también una ceguera espiritual y desde el punto de vista de la salvación, no sé cuál de ellas es peor. Pues, la ceguera espiritual manifiesta la incapacidad de percibir la presencia y el propósito de Dios en nuestra vida, a menudo provocada por el orgullo, el pecado, la incredulidad. ¡Y cuántos hermanos nuestros están afectados por ella!