I
Los rastros de Saer
Un encuentro casual en un bar santafesino revela la genialidad de un autor que, según críticos, rivaliza con los grandes maestros de la literatura universal.

¿Cómo contar la vida de Juan José Saer, de Juani, como le decían sus amigos, o del Turco, como le decían muchos que lo conocían y lo querían bien? ¿Una vida se cuenta o una vida se investiga? ¿Literatura o historia? ¿Biografía o relato? ¿Qué cronología usar: la del almanaque o la de los afectos?
Precisamente a él le escuché una vez decir -no recuerdo si citaba a alguien- que toda historia tiene un principio, un medio y un fin, pero el escritor no necesariamente debe respetar ese orden.
Un historiador de vanguardia -no solo en el arte pululan esas especies- señalaría que la escritura de un texto no solo reclama de una investigación previa, sino que el texto debe incluir las peripecias de esa investigación, porque en ese itinerario cambian las perspectivas, se modifican y amplían los puntos de vista.
Supongo o presiento que colocado en ese hipotético dilema, Juani compartiría el principio de que la biografía que se escriba de su vida se hiciera con los recursos teóricos más actualizados y renovadores.
II
Estoy seguro de que fue un sábado a la tarde; un sábado a la tarde de otoño de hace casi cincuenta años. Estaba sentado a la mesa del bar de San Jerónimo y Bulevar, sí, el que está en la esquina de la universidad, y no recuerdo ese detalle por el gusto de recordarlo. No hacía frío y mientras disfrutaba de una cerveza empecé a leer "En la zona", en la vieja edición de Castelví.
Al libro me lo había prestado Juan Manuel Inchauspe, amigo de Juani y un crítico sagaz de su escritura. "Después de Borges y de Onetti, viene él", me dijo. Y me llamó la atención, porque Juan Manuel a la hora de hablar de literatura era sobrio y exigente. Así y todo pensé que exageraba un poco, que se dejaba traicionar por los afectos.
Error. Juan Manuel no se equivocaba, se anticipaba a juicios que muchos años después harían críticos y lectores, juicios, por supuesto, controvertidos porque nadie está en condiciones de afirmar categóricamente el nombre del mejor escritor del país o del mundo.
Pues bien, el sábado fue avanzando, a la tarde le sucedió la noche, en el bar entró y salió mucha gente, y mientras tanto yo seguía leyendo los cuentos y anotando en un cuaderno algunos diálogos, algunas imágenes, algunas frases.
Pasada la media noche terminé de leer el libro, y aseguro en nombre de mi condición de lector obsesivo que muy pocas veces me ocurrió algo semejante. Acababa de descubrir a un gran escritor y estaba muy pero muy contento de que eso haya ocurrido.
Recuerdo que antes de irme anoté en ese cuaderno, que aún conservo, que el relato "Algo se aproxima" podría pensarse no solo como un relato sino como un programa acerca de lo que debe ser la obra de un escritor.
III
Cárcel de Coronda. Segundo semestre de 1976. Camino con otros presos por el patio del pabellón disfrutando de los escasos recreos que nos habilitan los militares. Converso con un amigo. De literatura, claro. Hablamos de William Faulkner, de Marcel Proust, de Cesare Pavese. Y en algún momento él lo nombra a Saer. Mucho gusto, le digo.
Y lo presenta con sus dos obsesiones: la escritura y el naipe. Para la literatura, me dice sin disimular la sonrisa, tiene todas las condiciones de ganador; para el naipe me parece que su destino es de perdedor. En otro momento apunta: leé "Cicatrices". Muchos años después, Beatriz Sarlo me dijo algo parecido: si un lector se quiere iniciar con Saer, yo le recomendaría "Cicatrices".
Volvamos a mi flamante amigo de Coronda. Se llama Pancho y es de Díaz, un pueblo que está a pocos kilómetros de Serodino, el pueblo donde nació Juani en 1937 y vivió hasta los doce años. Después, con sus padres y hermanos se trasladaron a Santa Fe. Pero en Serodino quedaron tíos, primos.
¿Juani nunca se fue de Serodino? Pregunta relacionada con el mito de la patria chica y otras disquisiciones. No estoy seguro de que así haya sido, Alguna vez dijo desde su casa en París que nunca se había ido de Santa Fe; o que el patio de su casa en París era Santa Fe. ¿Santa Fe o la zona? Quien sabe. Algunos debates los personajes de Juani sostienen al respecto.
El pueblo está presente en su vida y en su obra. Cumpliendo con las exigencias del mito, no deja de ser por lo menos sugestivo que en su última novela, "La Grande", Serodino esté presente como sugerencia. Y acerca del cuento "La tardecita", supuse, cuando lo leí, que esa caminata desde la ruta por un camino de tierra a la caída de la tarde tiene a Serodino como meta.
Pues no. Parece que es Díaz, el pueblo donde también vivían familiares de Saer. ¿Tienen alguna importancia estas referencias? Depende. Por lo pronto, el primer fastidiado con ellas sería el propio Juani, a quien le molestaba mucho -me consta realmente- que sus lectores o críticos dedujeran datos biográficos de sus ficciones.
Algo de razón tiene. Pero algo. Desde el punto de vista de la literatura, su observación es impecable, pero desde el punto de vista de la historia, del historiador o del biógrafo, esa observación por lo menos se relativiza.
IV
Año 1982. La dictadura militar se retira pero parece que no tiene demasiado apuro en hacerlo. Un amigo me informa que Juan José Saer está en Santa Fe. La noticia me conmueve. Y no exagero. Durante los años del régimen militar el nombre de Saer fue para algunos de nosotros -una suerte de desdichados exiliados internos en una ciudad a la que recorríamos como extranjeros- un refugio, un placer y una esperanza.
A Santa Fe la recuperábamos con los ojos de Saer. O con la percepción de Saer. Para nosotros -aclaro- esa ciudad agobiada por la dictadura militar, esa ciudad a la que sentíamos que la habían arrasado, la única referencia para refugiarse era la ciudad que evocaban los textos de Saer.

Allí estaban los intelectuales, los estudiantes, los isleros, los timberos, las soledades y los desenfados de un tiempo que entonces creímos que se había perdido para siempre. La dictadura militar alguna vez tenía que irse, solo así era posible pensar en un futuro. Y ese futuro estaba latente en los textos de Saer. Juani se fue de Santa Fe rumbo a París en 1967.
Se suponía que estaba a lo sumo un año y regresaba. No fue así. Se quedó para siempre. Es decir, murió en París casi cuarenta años después. Entre 1967 y 1982 regresó a Santa Fe dos veces. A su casa de Mendoza y 9 de Julio y a encontrarse con sus amigos de toda la vida.
Juani fue un gran amigo de sus amigos, pero también fue algo así como un líder -no me gusta la palabra- un dirigente cultural o un caudillo, como le dijo alguna vez algo en broma, algo en serio, Marcelo.
Un caudillo con pocos y selectos seguidores en una ciudad acosada por dos ríos; pero un caudillo capaz de recrear a su alrededor las condiciones culturales de vida; un caudillo que luego ejerció su poder cultural desde París sin necesidad de pasar por Buenos Aires o sin necesidad de depender exclusivamente de Buenos Aires.










