Seguramente, alguna vez han escuchado el vocablo "hybris", un concepto griego que denota la desmesura y el orgullo desafiante, no como un defecto del carácter en sí, sino como una categoría central en el pensamiento antiguo.
Analizando la relación entre la desmesura y el poder
Un análisis sobre cómo la desmesura y la soberbia de los líderes políticos actuales reproducen patrones trágicos clásicos que derivan en crisis colectivas. Desde el mito griego hasta los conflictos bélicos contemporáneos, la arrogancia en el poder socava las instituciones y termina reflejando a la propia sociedad.

En la mitología y la tragedia griegas, la hybris no se manifestaba simplemente como un acto de soberbia extrema, sino como una transgresión activa de los límites impuestos por los dioses y por el orden cósmico. Esta "insolencia" conducía inexorablemente a la némesis, el castigo divino y justo que restablecía el equilibrio.
La caída de Edipo, por ejemplo, ilustra cómo la ignorancia y la arrogancia de su destino lo llevan a consumar los oráculos que intentaba evadir. Su destino, profetizado desde su nacimiento, era matar a su padre y casarse con su madre. Él, al conocer el oráculo, toma medidas extremas para evitarlo: abandona a quienes cree que son sus padres, el rey y la reina de Corinto.
Sin embargo, en un acto de arrogancia e ignorancia (la hybris), sin saber que no eran sus verdaderos padres, se enfrenta a un hombre mayor en el camino y lo mata en un arrebato de ira, cumpliendo así la primera parte de la profecía.
Más tarde, al resolver el enigma de la Esfinge y ser aclamado como héroe, se le ofrece el trono de Tebas y la mano de la reina viuda, Yocasta. Al aceptar el poder y el matrimonio, Edipo completa el círculo de su destino trágico.
Su caída no es un simple castigo divino, sino el resultado directo de su intento de evadir el destino con orgullo, lo que lo lleva, sin saberlo, a cumplirlo. Pues bien, la hybris de Edipo reside en su creencia de que podría burlar a los dioses y al destino mediante su propia voluntad.
También, en la Ilíada de Homero, la hybris de Aquiles se manifiesta en su rechazo a entregar el cuerpo de Héctor a Príamo, una afrenta que viola los códigos de piedad y honor. El dios Apolo mismo, al ver la impiedad del héroe, lo increpa diciéndole: "¡No tienes corazón, Aquiles! ¡No hay piedad en tu pecho, que te atreves a ultrajar al muerto!" (Homero, Ilíada, Canto XXIV).
Es, justamente, el rechazo a reconocer la propia finitud humana frente al orden establecido, sea este divino o natural. Tal como señaló Cornelio Castoriadis en "La institución imaginaria de la sociedad", al sostener que "la hybris no es la desmesura de una 'cosa' o una 'fuerza', sino la desmesura de la significación, del proyecto de dominio" (Castoriadis, 1975).
La hybris es, en definitiva, el proyecto de anular la alteridad y de imponer una voluntad única. Ahora bien, el ejercicio del poder en la modernidad, despojado de los frenos divinos y heroicos del mito, revela una hybris de nueva índole.
La soberbia de los gobernantes contemporáneos no solo se manifiesta en la opulencia o la patética auto-glorificación, sino en la convicción de una capacidad ilimitada para moldear la realidad y a la ciudadanía según sus caprichos decadentes.
Se trata de un menosprecio por la verdad y por el disenso, una negación de la complejidad social que se traduce en políticas inútiles, unilaterales, autoritarias y, a menudo, violentas. Este tipo de gobernante, imbuido de su propia infalibilidad, genera una profunda fragilidad en los vínculos sociales. La confianza mutua, el diálogo y el reconocimiento del otro como interlocutor válido se desvanecen.

Lo que emerge es una relación de poder vertical, donde la única interacción permitida es la sumisión o el conflicto. Y esta desconexión tiene un correlato directo con la violencia reinante en la clase política global.
Una crítica de la violencia
La arrogancia del poder no es una causa aislada, sino que es un síntoma de una patología social más profunda. Como argumentó alguna vez Walter Benjamin, la violencia puede ser vista no solo como un medio para un fin, sino como una expresión de la ley misma, cuando el poder se torna absoluto y pierde su legitimidad.
Concretamente, en su ensayo titulado "Para una crítica de la violencia", sostuvo que "toda violencia en su calidad de medio, o es violencia que funda el derecho o es violencia que conserva el derecho" (Benjamin, 1921). En este sentido, la hybris del gobernante es una forma de violencia que busca conservar un poder ilegítimo, perpetuando un círculo vicioso de coerción y resentimiento.
En el marco de nuestra reflexión, el caso de Antígona y Creonte, de la tragedia de Sófocles, ofrece una perspectiva crucial para entender la hybris en el ámbito estrictamente político.
Creonte, gobernante de Tebas, encarna la hybris política en su forma más pura, puesto que tras la muerte de los hermanos de Antígona, Eteocles y Polinices, decreta que Eteocles sea honrado como un héroe, mientras que el cuerpo de Polinices, considerado un traidor, será dejado sin sepultura, una pena que viola las leyes divinas y los ritos funerarios griegos.
El propio Creonte expresa el núcleo del concepto en cuestión al confrontar a Antígona: "Mi voluntad es la ley, y la ley es lo que conviene al Estado, y lo que conviene al Estado es la voluntad del gobernante" (Sófocles, Antígona, vv. 665-666). Así, al anteponer su edicto a los designios de los dioses y los lazos de sangre, Creonte comete una trasgresión monumental.
Y este acto de desmesura no solo es una falta de moral, sino una ruptura con el orden cósmico. Su arrogancia lo ciega, impidiéndole ver las consecuencias de sus acciones, que culminan en la muerte de su hijo Hemón, de su esposa Eurídice y, finalmente, en su propia desolación.
La némesis se manifiesta de manera inexorable, demostrando que ninguna ley humana, por más que emane del poder, pude subyugar las leyes de lo divino y la naturaleza. En definitiva, la tragedia muestra que el gobernante que no reconoce los límites de su poder, está condenado a la ruina.
El caso de Antígona, aunque a veces es interpretado como un acto de heroísmo, también puede ser analizado a la luz de la hybris. Su desmesura no es la del poder, sino la de la piedad. Su convicción de que las leyes divinas tienen primacía absoluta la lleva a desobedecer la ley del Estado de forma pública y desafiante.
Al enterrar a su hermano, ella no solo cumple un deber religioso, sino que también desafía frontalmente la autoridad de Creonte, demostrando un orgullo trágico en su propia rectitud. Si bien sus motivos son nobles, su inflexible adhesión a su propia verdad la lleva a un final violento, sacrificando así su vida y la de otros.
En este punto, me resulta imprescindible recordar la frase atribuida al general José de San Martín: "La soberbia es una discapacidad que suele afectar a pobres infelices mortales que se encuentran de golpe con una miserable cuota de poder".
La historia moderna está repleta de líderes que, al igual que los personajes trágicos citados, sucumbieron a la hybris. El poder, una vez adquirido, puede desencadenar una visión magnificada de sí mismo en el gobernante, llevándolo a ignorar la crítica, despreciar el consejo y creerse infalible.
Este fenómeno, denominado por el médico y político David Owen como el "síndrome de hybris", se manifiesta con características como el desprecio a la opinión ajena, la exaltación personal y la creencia de que se es un instrumento divino o moralmente superior para llevar a cabo una misión.
Bush contra Irak, Israel con Hamás
Un caso paradigmático de hybris moderna es el del expresidente estadounidense George W. Bush y su decisión de invadir Irak en el año 2003.
A pesar de las claras advertencias de los inspectores de armas de la ONU y de la creciente oposición internacional, Bush y su administración justificaron la guerra basándose en la supuesta existencia de armas de destrucción masiva, una afirmación que resultó ser infundada.
Aquí, la desmesura no radicaba solo en la decisión militar, sino en la convicción mesiánica que Estados Unidos tenía la misión de liberar a Irak e imponer la democracia.
Como señalan varios analistas alrededor del mundo, la arrogancia de Bush y su equipo los llevó a ignorar la complejidad de la situación, desestimar las posibles consecuencias y creer que la victoria sería rápida y sin complicaciones.
Pues bien, este desprecio por la realidad y la confianza excesiva en su propio juicio son signos evidentes de hybris, y la némesis se manifestó en la prolongada guerra, en un caos regional y en una inestabilidad que perdura hasta nuestros días. Otro ejemplo contemporáneo de hybris puede ser analizado en el contexto del conflicto en Franja de Gaza.
Cientos de medios de comunicación han señalado que la inteligencia israelí, antes del ataque del 7 de octubre de 2023, sufría de un exceso de confianza y desprecio hacia las capacidades de sus adversarios.
Esta arrogancia, que informes de Al Jazeera han calificado como "hybris militar y política", se manifestó en la creencia de que el "disuasivo militar" era infalible y que la amenaza de Hamás estaba contenida.
Además, se ha documentado que el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu implementó por años una estrategia que consistía en permitir que Hamás recibiera fondos y se mantuviera en el poder en Gaza, con el objetivo de debilitar a la Autoridad Palestina y frustrar la posibilidad de un Estado palestino unificado.

Con sus propias palabras, registradas por los medios en 2019, Netanyahu afirmaba: "Cualquiera que quiera frustrar un Estado palestino debe apoyar el refuerzo de Hamás, es parte de nuestra estrategia". Esta decisión, basada en la convicción de una capacidad ilimitada para manipular a los adversarios, ignorando las consecuencias a largo plazo, es una clara manifestación de hybris política.
La némesis, en este caso, se ha presentado como un catastrófico fracaso de inteligencia, una guerra prolongada, crisis humanitaria y pérdida de apoyo internacional sin precedentes, demostrando que la desmesura de una estrategia basada en la división y el desprecio por la fuerza del adversario conduce a una debacle inevitable.
Ante este panorama, proponemos una reflexión crítica que nos exige a ir más allá de la mera acusación a los líderes. La violencia política es, en gran medida, un eco de la violencia de la sociedad que la engendra. No se puede esperar que un cuerpo social fragmentado, exacerbado por las tensiones económicas y las fracturas ideológicas, produzca gobernantes con ecuanimidad y templanza.
Los líderes emergen de la colectividad y reflejan sus pulsiones más íntimas. Si la sociedad privilegia el éxito individual sin importar el costo, si exalta la confrontación y desconfía del otro, es natural que en las urnas se seleccionen figuras que encarnan esas mismas características.
La hybris del gobernante es, por tanto, el espejo de una hybris colectiva, la de una sociedad que ha olvidado sus límites y las virtudes de la moderación y el bien común. Ahora bien, les pregunto con humildad, queridos lectores:
¿Es la sociedad la que moldea a sus gobernantes, o son los gobernantes quienes corrompen a la sociedad? ¿En qué medida la retórica de la confrontación, tan presente en el discurso político, alimenta la violencia social y viceversa? ¿Podemos realmente demandar templanza a nuestros líderes si nosotros mismos, como ciudadanos, no estamos dispuestos a ejercerla?
El autor es un docente, escritor y filósofo sanjuanino.
Referencias
- Benjamin, W. (1921). Para una crítica de la violencia. En Obras completas, Vol. II. Abada Editores, 2000.
- Castoriadis, C. (1975). La institución imaginaria de la sociedad. Tusquets Editores, 1983.
- Hegel, G. W. F. (1807). Fenomenología del Espíritu. Fondo de Cultura Económica, 1966.
- Homero. La Ilíada. Traducción de E. Crespo. Gredos, 2000.
- Sófocles. (2000). Antígona. Traducción de A. B. Medina. Gredos.











