“Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”. La frase, que muchos atribuyen a Pablo Neruda, resuena con fuerza en la trayectoria de Luiz Inácio Lula da Silva tras el infartante proceso electoral brasileño. Hijo de una madre analfabeta que crió a ocho hijos en la pobreza del Nordeste, tornero mecánico que perdió un dedo en la fábrica, líder sindical perseguido durante la dictadura, fundador del Partido de los Trabajadores (PT), presidente tres veces, preso, absuelto, y sobreviviente de enfermedades graves. Lula ha enfrentado vastos infortunios. En este proceso electoral de 2026 la adversidad tomó forma concreta. Tras quedar segundo en la primera vuelta (45,16 % frente al 47,03 % de Flávio Bolsonaro), debió lidiar con la reducción del transporte público en distritos clave de su electorado, especialmente en el Nordeste y ciudades como Salvador. La Justicia Electoral amplió dos horas el horario de votación. Aun así, la primavera democrática no se detuvo.
Brasil eligió a Lula y frena la ola de ultraderecha


Desde el retorno de la democracia en Brasil, ningún candidato que perdió la primera vuelta había ganado el balotaje. Lula rompió esa tendencia histórica. Con aproximadamente el 51,7 % de los votos válidos (alrededor de 64 millones) frente al 48,3 % de Flávio Bolsonaro (unos 59,7 millones), obtuvo un cuarto mandato no consecutivo, convirtiéndose en el mandatario electo con más años en el poder desde el retorno de la democracia. La diferencia superó los cuatro millones de sufragios en una contienda que las encuestas daban empatada y que osciló durante el escrutinio.

En las tres semanas previas al 25 de octubre, el gobierno impulsó medidas de alto impacto social. Anticipó y reajustó un 15 % el Bolsa Família (piso mínimo a 691 reales), beneficiando a cerca de 50 millones de personas con pagos antes de la votación. El Congreso aprobó la reducción de la jornada laboral de seis a cinco días y de 44 a 40 horas semanales sin pérdida salarial. Se sumaron alivios de deudas para microemprendedores y pequeños negocios, incentivos crediticios y propuestas de gratuidad en transporte. Estas acciones, junto con la movilización espontánea de bases —“Tengo 50 años de vida política y nunca vi esto”, dijo Lula tras votar—, revirtieron la tendencia.
Geográficamente, el mapa confirmó y profundizó patrones. Lula dominó el Nordeste con márgenes amplios (Bahía por encima del 70 %, Piauí cerca del 76 %, Maranhão, Pernambuco y Ceará en torno al 69 %), región donde ya había obtenido un saldo de más de 11 millones de votos en la primera vuelta. Mejoró en Minas Gerais (ligeramente por encima del 50 %), recuperó o consolidó terreno en partes del Norte (Pará, Amazonas, Amapá) y en algunas capitales. Flávio Bolsonaro mantuvo superioridad en el Sur (Santa Catarina y Paraná por encima del 60 %), Centro-Oeste, gran parte del Sudeste (São Paulo y Río de Janeiro) y Estados del Norte como Roraima y Rondônia. Lula creció especialmente entre sectores populares, beneficiarios de transferencias, trabajadores y en áreas urbanas del Nordeste y favelas; el electorado de Flávio se concentró en clases medias y altas, zonas rurales del agro y regiones del Sur y Sudeste más conservadoras. La comparación con la primera vuelta muestra una movilización adicional de unos tres millones de votantes y una abstención más baja.
Lula sabe que gobernar no será sencillo. El Congreso electo tiene mayoría opositora. El Partido Liberal (PL) de Bolsonaro se consolidó como la mayor bancada (alrededor de 121 diputados y cerca de 29 senadores), y junto con partidos de centroderecha y derecha controla una porción significativa de ambas cámaras. Lula deberá negociar permanentemente, reconstruir coaliciones con el centrão y enfrentar un Senado más hostil. La gobernabilidad exigirá pragmatismo y capacidad de acuerdo, rasgos que el propio Lula ha cultivado desde sus años sindicales.
En su discurso posvictoria, Lula subrayó el carácter popular del triunfo: “Mi victoria es del pueblo brasileño; ustedes son más que partidos políticos”. Agradeció la generosidad y el cariño, defendió la democracia frente a lo que calificó de amenaza miliciana y reiteró que el cambio no consiste en privar a la gente de derechos. Insistió en la soberanía (“Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”) y en la continuidad de conquistas sociales.

Geopolíticamente, el resultado frena la ola de victorias de la derecha alineada con la administración Trump en América Latina. Brasil, la mayor democracia y economía de la región, se reafirma como contrapeso a la influencia estadounidense, impulsor de un orden multipolar, de la integración regional y de la soberanía en temas como el Amazonas y la política exterior. Para los pueblos latinoamericanos históricamente postergados, el triunfo de Lula —obrero, nordestino, reincidente en la resiliencia— invita a reflexionar, en la línea del pensamiento de politólogos como Atilio Borón, sobre la posibilidad de que la democracia popular y la redistribución no sean meros episodios, sino un proceso capaz de desafiar las estructuras de exclusión y dependencia. En Brasil, la primavera, una vez más, se abrió paso entre las flores cortadas.
*Analista internacional; docente de Ciencia Política y Seguridad; encuestador y consultor político.








