En las campañas electorales modernas de América Latina, las urnas han dejado en claro que el electorado no premia la nostalgia, sino la promesa de orden y el alivio inmediato de los miedos cotidianos. La primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas del 4 de octubre de 2026 dejó un mensaje contundente: otro oficialismo vuelve a tropezar en la región.
América Latina castiga a los oficialismos y prioriza seguridad
El escenario de cara al balotaje expone la fatiga social y el límite del relato histórico frente al reclamo urgente de mayor seguridad y orden en Brasil. La primera vuelta confirmó el fuerte desgaste de los oficialismos en la región y obligará al presidente a replantear su estrategia frente al balotaje.

Flávio Bolsonaro obtuvo el 47,03 % de los votos válidos y Luiz Inácio Lula da Silva el 45,16 %, una diferencia de menos de dos puntos que obliga a ambos a medir fuerzas el 25 de octubre.
El resultado, ajustado y dentro del margen de error de la mayoría de las encuestas, confirma una tendencia regional que ya no admite matices: de las últimas 26 elecciones presidenciales en América Latina, los oficialismos solo lograron imponerse en cuatro.
El voto castigo se ha convertido en la regla, no en la excepción. Las encuestas habían proyectado a Lula en torno al 45 % o ligeramente por encima. El presidente alcanzó e incluso superó esa cifra. Sin embargo, los candidatos minoritarios -Augusto Cury, Renan Santos, Ronaldo Caiado y otros- rindieron por debajo de lo pronosticado.
Esos votos, que en teoría debían diluirse o inclinarse hacia el centro, se concentraron en Bolsonaro, quien saltó hasta el 47 %. La transferencia no fue accidental, sino que respondió a una demanda social clara y reiterada -seguridad- que la derecha suele capitalizar con mayor eficacia electoral que los partidos progresistas o de izquierda.
Mientras el discurso de orden, mano dura y combate al crimen resonaba en el Sudeste y en el Centro-Oeste, el oficialismo insistió en una narrativa centrada en la figura de Lula más que en los resultados concretos de su gestión.
Lula es, sin duda, un prócer de la democracia brasileña. Su trayectoria -desde el sindicalismo del ABC paulista hasta la presidencia que sacó a millones de la pobreza- constituye un capital político invaluable. Pero ese capital ya no opera como novedad. El electorado lo ve desde hace décadas.
En términos de marketing electoral, el candidato se ha convertido en un activo conocido y previsible. La campaña petista apostó casi exclusivamente a la persona y al legado, relegando a un segundo plano la defensa de la gestión económica, la reducción de la desigualdad o los indicadores de empleo.
El resultado fue una movilización insuficiente en los segmentos intermedios y en los estados decisivos del Sudeste, donde Flávio Bolsonaro logró imponerse incluso en Minas Gerais, el termómetro histórico de las presidenciales brasileñas.
La diferencia de 1,87 puntos porcentuales -según el Tribunal Superior Electoral- se encuentra dentro del margen de error de la mayoría de los sondeos finales (+/- 2 puntos). No se trata de un vuelco inesperado, sino de la cristalización de un clima de desafección. El 21 % de abstención y el voto útil de la derecha fragmentada amplificaron el efecto.
En el mapa regional, el Norte y el Nordeste continúan siendo el bastión lulista, pero con márgenes más estrechos que en 2022. El Sur y el Centro-Oeste se inclinaron con contundencia hacia Bolsonaro. El Sudeste, que concentra cerca del 40 % del electorado, inclinó la balanza.
Para el balotaje, Lula enfrenta un desafío técnico y político de primer orden: geolocalizar con precisión sus votos y detectar de qué segmentos puede extraer los puntos que le faltan. Necesita recuperar terreno entre los electores de 25 a 44 años, entre los evangélicos, entre los sectores de clase media urbana del Sudeste y entre los abstencionistas.
La estrategia no puede limitarse a invocar la democracia o el fantasma del 8 de enero de 2023. Debe traducir la gestión en beneficios tangibles -poder adquisitivo, seguridad pública, estabilidad- y presentar un horizonte de futuro que no se agote en la biografía del candidato.
Flávio Bolsonaro, por su parte, llega con el impulso de haber superado las proyecciones y con el respaldo de una ola conservadora que ya se expresó en gobernaciones y en el Senado. Su discurso de cambio, seguridad y rechazo al "petismo" encuentra eco en un electorado fatigado.
La historia electoral brasileña, sin embargo, muestra que ninguna segunda vuelta está escrita de antemano, aunque hasta ahora ninguna remontada haya prosperado. Esta elección no solo definirá quién ocupará el Planalto a partir del 1 de enero de 2027. Determinará el tono de los próximos años de Brasil y, por extensión, el equilibrio político de América Latina.
Lula posee capacidad y resiliencia de sobra. La pregunta que queda abierta -y que el 25 de octubre responderán las urnas- es si esas virtudes serán suficientes para reconquistar el apoyo de un pueblo que, esta vez, ha exigido más que memoria y más que lealtad personal.
El autor es analista internacional, consultor político, director del Posgrado en Seguridad en la Universidad Católica de Córdoba.
Por la remontada (DW)
El presidente de Brasil y candidato a la reelección, Luiz Inácio Lula da Silva, afirmó este lunes que buscará convencer a los abstencionistas, unos 33 millones de brasileños, que no fueron a votar, según él "por desinterés", con la mira puesta en una remontada en segunda vuelta ante su rival Flávio Bolsonaro el próximo 25 de octubre.
"Es nuestra responsabilidad devolverles el interés para participar en las elecciones", declaró el mandatario, durante la primera reunión que mantuvo con su equipo de campaña tras verse sorpresivamente aventajado en la primera vuelta por Bolsonaro por poco menos de dos puntos porcentuales.












