Teóricos de la estrategia moderna como Lawrence Freedman advierten que, en las guerras actuales de desgaste, la capacidad de destruir la infraestructura energética y económica del enemigo en su propio territorio importa tanto como la victoria en las líneas del frente de batalla.
Drones y misiles sobre Moscú
La ofensiva contra la refinería cercana al Kremlin marca una nueva fase en la estrategia de Kiev, que busca golpear la economía rusa y alterar el clima social.

El 20 de septiembre de 2026, en el último día de las elecciones legislativas rusas, Ucrania ejecutó su mayor ataque combinado contra la región de Moscú desde el inicio de la invasión a gran escala.
Según el alcalde Serguéi Sobianin, los sistemas antiaéreos derribaron unos 450 drones en la aproximación a la capital, mientras que el Ministerio de Defensa ruso elevó la cifra a más de 1.600 derribos en todo el país. No todos fueron interceptados.
Al menos tres civiles murieron. Además, una veintena resultaron heridos. Edificios residenciales de hasta veintiuna plantas debieron ser evacuados. Más de 450 vuelos en los aeropuertos de Moscú se suspendieron o retrasaron y algunos aviones en ruta fueron desviados a San Petersburgo.
El blanco prioritario fue la refinería de Kapotnia, a 15 kilómetros del Kremlin. Esta instalación suministra más de un tercio del combustible de la región de Moscú y parte de su producción se destina a las fuerzas armadas rusas. El incendio de los tanques generó columnas de humo visibles desde amplios sectores de la capital.
No es la primera vez. En junio de 2026 el mismo complejo ya había ardido y las estaciones de servicio de Gazprom Neft redujeron el límite de carga de 60 a 30 litros por vehículo. La escasez de combustible se ha extendido a decenas de regiones rusas, con incrementos de precios pese a los subsidios estatales.
Lo novedoso no es solo la escala, sino el arsenal: Kiev usó misiles de crucero Flamingo y, por primera vez, cohetes balísticos FP-7 Pelikan de la ucraniana Fire Point, provistos de ojivas de gran potencia.
La combinación de drones masivos -muchos de ellos señuelos para saturar las defensas- con misiles de mayor carga y precisión, marca un salto cualitativo en la capacidad ucraniana de ataque de largo alcance. El Estado Mayor de Ucrania confirmó además golpes a un sistema Buk-M3 en Zaporiyia, un radar Nebo-U en Donetsk y un centro de producción de drones en Lugansk.
Ucrania busca erosionar la capacidad rusa de financiar y sostener la guerra mediante el ataque sistemático a su infraestructura energética. Desde principios de 2026 los drones ucranianos han impactado refinerías en San Petersburgo, Antipinski y puertos del Báltico.
La producción de combustibles refinados ha caído aproximadamente 12 % en un año, según James Henderson, del Oxford Institute for Energy Studies. Moscú ha tenido que restringir exportaciones de ciertos productos petroleros e incluso importar combustible de Asia, una señal de vulnerabilidad inédita para un exportador neto.
Al mismo tiempo, los ataques demuestran a la población rusa que la guerra ya no es un espectáculo lejano en la televisión. Las consecuencias regionales son inmediatas. En el frente, Rusia seguirá priorizando el abastecimiento militar, lo que puede agravar la escasez civil y alimentar el descontento, aunque el control político del Kremlin permanece férreo.
En las zonas ocupadas de Ucrania, los ataques a sistemas de defensa aérea y centros de drones debilitan temporalmente la capacidad rusa de proyectar fuerza. Para los aliados occidentales, el mensaje es ambivalente: Ucrania demuestra autonomía tecnológica creciente, pero también eleva el riesgo de escalada.
La OTAN y la Unión Europea observan con atención. Un ataque de esta magnitud sobre la capital de una potencia nuclear no puede ser ignorado. Obliga a recalibrar cálculos de disuasión y de apoyo militar.
En el orden global, el episodio refuerza la normalización de la guerra de largo alcance contra infraestructuras críticas en el corazón de las potencias. Si Ucrania puede golpear repetidamente a Moscú con armas de fabricación propia, otros actores -estatales y no estatales- tomarán nota.
China, India y los grandes compradores de energía rusa ya enfrentan presiones adicionales por las sanciones estadounidenses que apuntan a sus importaciones. El riesgo de que la contienda se transforme en un conflicto de desgaste económico y psicológico a escala continental crece.
Las alianzas se tensionan. Washington ha combinado sanciones más duras con llamados a limitar ataques a infraestructuras energéticas, pero ambas partes los han ignorado. Europa, más expuesta a la inestabilidad energética y a posibles flujos migratorios, debe decidir si profundiza el apoyo a las capacidades de largo alcance ucranianas o prioriza la contención de la escalada.
Rusia, por su parte, responderá probablemente con intensificación de ataques a la red energética ucraniana de cara al invierno, perpetuando el ciclo de represalias. Este ataque no decidirá la guerra. Las fuerzas rusas mantienen superioridad numérica y de artillería en el frente. Pero sí altera el cálculo político y psicológico.
La imagen de una refinería en llamas a las puertas de Moscú, el día de las elecciones, debilita el relato de invulnerabilidad que el Kremlin ha cultivado durante más de cuatro años. Cuando una potencia nuclear ve su capital bajo fuego de drones y misiles de un adversario mucho más pequeño, el tablero de la seguridad europea y global se reconfigura.
¿Seguirá la comunidad internacional tratando este conflicto como una guerra regional contenible, o reconocerá que la capacidad de proyectar destrucción a cientos de kilómetros se ha democratizado de forma irreversible?
El autor, analista internacional especializado en Defensa y Seguridad en Estados Unidos, es docente de Ciencia Política.












