El electorado moderno no vota principalmente programas: vota miedos, identidades y rituales de pertenencia. Así lo entienden, desde perspectivas distintas, consultores como Frank Luntz y analistas de la imagen política herederos de la escuela de Jean-Luc Parodi.
La espiral del silencio se rompió en Alemania
El avance electoral de la derecha radical en Sajonia-Anhalt profundiza la crisis del canciller Friedrich Merz y reconfigura el mapa político alemán.

En Sajonia-Anhalt, Alternativa para Alemania (AfD) acaba de demostrar que esa máxima no es teoría de manual sino la realidad que acaba de poner contra las cuerdas al canciller Friedrich Merz y a toda la arquitectura centrista alemana.
El 6 de septiembre de 2026 la AfD obtuvo el 43,8 % de los votos en Sajonia-Anhalt, más del doble que en 2021. Y dejó a la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de Merz en un devastador 17,2 %. Quedó a solo tres escaños de la mayoría absoluta. No es un accidente regional.
Es el resultado de una mutación profunda en la comunicación política que los textos sobre ritos, opinión pública y espiral del silencio ya habían diagnosticado. Las causas son estructurales y comunicacionales.
Primero, el fracaso de los "actos duros" de la política tradicional, como los definió Parodi: aquellas acciones evocadoras, clasificadoras y diferenciadoras capaces de sedimentarse en la memoria colectiva.
Merz y la CDU no lograron generar ninguno que resultara memorable y favorable, especialmente en el este. La coalición federal se diluyó en gestión económica mediocre, recortes impopulares y una política migratoria percibida como blanda.
En el este, donde el desempleo sigue por encima del promedio nacional y la memoria de la transición poscomunista sigue viva, esos "bloques gravosos de recuerdos" jugaron a favor de quien prometió ruptura.
Segundo, la AfD dominó el espacio ritual. Los rituales políticos contemporáneos, como señalan los estudios sobre comunicación mediática, ya no son solo el protocolo republicano. Son espectáculo, repetición y dramatización pensada para las cámaras y las redes.
Ulrich Siegmund (candidato regional) y Alice Weidel (copresidenta nacional) convirtieron cada evento en un rito de enfrentamiento: banderas, eslóganes de "remigración" -es decir, la devolución masiva de inmigrantes-, rechazo frontal a Bruselas y a Ucrania, y una estética de autenticidad frente a la "casta".
Mientras los partidos tradicionales seguían hablando en el lenguaje de la normalidad institucional, la AfD ofreció una combinación entre el folklore de la identidad alemana oriental y las técnicas del marketing populista global. El resultado fue una participación del 77,8 % que no diluyó el voto radical, sino que lo potenció.
Tercero, la espiral del silencio de Elisabeth Noelle-Neumann operó a pleno. Durante años, muchos electores del este sintieron que expresar simpatía por la AfD los condenaba al aislamiento. Las encuestas y los medios dominantes reforzaban la percepción de que el voto "correcto" era el de los partidos del sistema.
Cuando la AfD cruzó un umbral de visibilidad mediática y de normalización en las calles, el miedo se invirtió. La minoría se sintió mayoría y salió a votar. Pierre Bourdieu hubiera sonreído con ironía: los sondeos, lejos de reflejar la opinión pública, la construyen artificialmente y ocultan las verdaderas correlaciones de fuerza social.
Jürgen Habermas, por su parte, vería confirmado uno de sus mayores temores: que el espacio público deje de ser un lugar de deliberación crítica y se convierta en un escenario de propaganda de identidades cerradas.
Los efectos en Alemania son inmediatos y corrosivos. Merz enfrenta la peor crisis de su mandato. Su partido, que gobernaba Sajonia-Anhalt desde 2002, ha sufrido una derrota histórica en uno de sus antiguos bastiones. La presión interna crece. Weidel ya exige elecciones federales anticipadas.
Aunque el cordón sanitario se mantiene en el papel, la aritmética parlamentaria en Magdeburgo es implacable: sin la AfD o sin una improbable gran coalición minoritaria, no hay gobierno estable. El muro de contención democrático que Alemania levantó después de 1945 contra la extrema derecha está siendo puesto a prueba como nunca.
En Europa, el impacto es contundente. Bruselas observa con inquietud. Un gobierno regional de la AfD, o siquiera una influencia decisiva, debilitaría la posición alemana en la ayuda a Ucrania, en la política migratoria común y en la cohesión del propio proyecto europeo.
Otros partidos de derecha radical -desde Francia hasta Italia y los Países Bajos- celebran el resultado como prueba de que los partidos tradicionales ya no pueden contener el descontento.
La victoria de Sajonia-Anhalt no es solo alemana; es un nodo más en la red de resurgimiento populista que atraviesa el continente. La reflexión final no puede ser complaciente. El resurgimiento de estos partidos no es un accidente de la historia ni el producto exclusivo de la crisis económica.
Es el síntoma de una democracia que ha perdido la capacidad de generar rituales consensuales creíbles y de sostener una opinión pública basada en el debate racional y el intercambio de argumentos.
Mientras la política se reduzca a marketing de identidades y a la gestión del miedo al aislamiento, los partidos que ofrecen pertenencia tribal seguirán ganando. La AfD no inventó el malestar. Solo lo ritualizó mejor. Y en la era del electorado que vota sentimientos, eso basta para poner en jaque a un canciller y para estremecer a todo un continente.
El autor es analista internacional, docente de Ciencia Política y consultor político.














