“En defensa de la patria todo es lícito menos dejarla perecer”, sostenía el general José de San Martín, un principio de resistencia extrema que parece guiar hoy la postura de Teherán al observar cómo, a mediados de agosto de 2026, el tablero geopolítico en Oriente Medio se encuentra en una parálisis tan peligrosa como volátil.
El laberinto de Washington en Oriente Medio
La expiración del acuerdo entre Estados Unidos e Irán ha intensificado la tensión, dejando a la Casa Blanca atrapada en un conflicto sin resolución aparente.

La expiración, el pasado 17 de agosto, del plazo de sesenta días establecido por el memorando de entendimiento firmado el 17 de junio entre Estados Unidos e Irán, lejos de consolidar una paz duradera, ha confirmado el fracaso de la diplomacia.
Nos encontramos ante un conflicto que, lejos de resolverse, ha mutado hacia una guerra de desgaste donde Irán ha consolidado su posición como un “pantano estratégico” del que Washington parece incapaz de salir indemne.
La retórica de Teherán ha alcanzado niveles de beligerancia sin precedentes. El anuncio reciente por parte del régimen iraní de ofrecer una recompensa de 30.000 dólares por cada soldado estadounidense capturado, vivo o muerto, y elevando la cifra a 60.000 dólares si la captura es efectuada por mujeres, no es solo un acto de propaganda.
Es una táctica de guerra asimétrica diseñada para erosionar la moral de las tropas estadounidenses y alimentar una narrativa de resistencia popular que trasciende las fronteras militares. Este tipo de medidas buscan deslegitimar la presencia estadounidense en la región, convirtiendo cada incursión en una pesadilla de relaciones públicas y un riesgo operativo constante para el Pentágono.
Irán, a través de voces como la de su presidente del Parlamento, Mohamed Baqer Qalibaf, ha proclamado una victoria militar y política. Aunque desde una óptica puramente convencional los Estados Unidos poseen un poder de fuego devastador, la realidad en el terreno sugiere que Irán ha logrado sus objetivos estratégicos.
Al transformar el estrecho de Ormuz en una herramienta de presión -manteniéndolo bloqueado y condicionando su apertura al levantamiento de sanciones y al fin del bloqueo sobre sus propios puertos-, Teherán ha logrado paralizar parte del comercio energético mundial y forzar a Washington a un gasto militar y político incalculable.
Irán actúa como un “pantano” porque, al igual que en conflictos anteriores, Estados Unidos enfrenta a un adversario que no busca ganar una batalla frontal, sino sobrevivir y desgastar.
Cada día que el estrecho permanece cerrado, los precios del petróleo fluctúan peligrosamente, generando una inestabilidad que golpea directamente a las economías globales, incluyendo la estadounidense, donde el costo del combustible supera los cuatro dólares por galón.
Desde una perspectiva militar, el conflicto ha evidenciado los límites de la capacidad de disuasión. A pesar de las campañas de ataques intensivos en julio, la capacidad iraní de respuesta -tanto defensiva como ofensiva- se mantiene intacta.
La comunidad internacional observa con alarma cómo la inacción y la falta de una hoja de ruta clara para el posconflicto están vaciando de autoridad la presencia de Washington en la región.
Varias publicaciones y análisis de Think Tanks en Washington -tales como el International Crisis Group, el Atlantic Council y el Arab Center Washington DC- han documentado y evaluado exhaustivamente los límites y las fallas de la estrategia contra Irán.
Advierten que la administración Trump ha subestimado la capacidad de resiliencia iraní ante la máxima presión económica, una política que ha demostrado históricamente ser insuficiente para doblegar el mando de los ayatolás.
El horizonte político interno para Donald Trump es sombrío. A pocos meses de las elecciones legislativas, esta guerra, lejos de ser el triunfo diplomático o militar que se prometió, se perfila como un lastre electoral.
La combinación de una economía nacional afectada por los altos precios energéticos y la percepción de un conflicto estancado donde soldados estadounidenses son blanco de recompensas directas por parte de una fuerza hostil coloca al presidente en una posición defensiva.
El electorado suele premiar la resolución, pero castiga la prolongación de conflictos sin una salida clara. Si Trump no logra estabilizar la situación en el estrecho de Ormuz antes de las urnas (noviembre de 2026), el fantasma de este conflicto no solo quedará registrado en los manuales de historia militar, sino como el punto de inflexión que pudo haber alterado el curso de su legado político.
Como solía advertir el renombrado analista internacional Kenneth Waltz respecto al uso desmedido de la supremacía militar por parte de las superpotencias, la historia demuestra que las campañas de coerción y la intervención sin una comprensión clara de los límites del poder suelen convertir las políticas de presión en trampas perpetuas de desgaste.
El autor es analista internacional y docente de Ciencia Política, especialista en Defensa y Seguridad.












