Durante ocho décadas, el pacifismo marcó la identidad de Japón y, tras la Segunda Guerra Mundial, quedó reflejado en su Constitución. El artículo 9, impuesto bajo la ocupación estadounidense, renuncia para siempre a la guerra como derecho soberano de la nación y prohíbe el mantenimiento de fuerzas terrestres, navales y aéreas, así como de cualquier potencial bélico.
Japón abandona el pacifismo
El Imperio del Sol Naciente dispone de Fuerzas de Autodefensa (Jieitai), creadas en 1954. Su existencia se sostiene en una interpretación oficial que reconoce el derecho inherente a la legítima defensa y permite mantener el nivel mínimo de capacidad necesario para ejercerla.

Ese compromiso, forjado en las cenizas de Hiroshima y Nagasaki, convirtió al país en un símbolo global de contención militar. Hoy, sin embargo, Tokio avanza hacia un rearme de gran escala que redefine su postura estratégica y genera inquietud en Asia-Pacífico y más allá.
Japón dispone de Fuerzas de Autodefensa (Jieitai), creadas en 1954. Su existencia se sostiene en una interpretación oficial que reconoce el derecho inherente a la legítima defensa y permite mantener el nivel mínimo de capacidad necesario para ejercerla. No se trata de un ejército ofensivo en el sentido clásico, pero el umbral de lo "mínimo" se ha expandido de forma sostenida.
Desde la reinterpretación de 2014 y la legislación de 2015 bajo Shinzo Abe, estas fuerzas pueden ejercer la autodefensa colectiva en favor de aliados si la supervivencia de Japón se ve amenazada.
Bajo la primera ministra Sanae Takaichi, el proceso se acelera: el Libro Blanco de Defensa de 2026 enfatiza capacidades de contraataque, drones, inteligencia artificial y producción armamentística nacional, presentando además la industria de defensa como motor económico. Los datos confirman la magnitud del cambio.
Según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (Sipri), el gasto militar japonés alcanzó 62.200 millones de dólares en 2025, un aumento del 9,7 % respecto al año anterior, equivalente al 1,4 % del PIB -el porcentaje más alto desde 1958- y situó a Japón en el décimo lugar en el ranking mundial.
El presupuesto de defensa para el ejercicio fiscal 2026 superó los 58.000 millones de dólares, récord por duodécimo año consecutivo, e incluye inversiones en misiles de largo alcance (superiores a 1.000 kilómetros), sistemas no tripulados y capacidades hipersónicas. El objetivo del 2 % del PIB, anunciado en 2022, se anticipó en la práctica.
Este abandono relativo del pacifismo obedece a un entorno de seguridad que Tokio describe como el más severo desde 1945. China es calificada como el principal desafío estratégico por sus actividades en el Mar de China Oriental, el Estrecho de Taiwán y la modernización militar.
Corea del Norte mantiene una amenaza nuclear e inminente, mientras Rusia genera preocupación con su presencia en las islas Kuriles y ejercicios conjuntos con Beijing.
Desde la óptica del realismo estructural de Kenneth Waltz y John J. Mearsheimer, Japón responde a un desequilibrio de poder regional: cuando un actor dominante (China) acumula capacidades ofensivas, los vecinos se ven impulsados a balancear, ya sea internamente (rearme) o externamente (alianzas).
El dilema de seguridad de Robert Jervis explica el círculo vicioso: cada medida defensiva japonesa es leída en Beijing y Moscú como amenaza ofensiva, alimentando una carrera armamentística. Las nuevas alianzas refuerzan esta lógica.
El vínculo con Estados Unidos permanece central, pese a la paradoja histórica: la potencia que lanzó las bombas atómicas de Nagasaki e Hiroshima en 1945 es hoy el garante de la seguridad japonesa, con aproximadamente 60.000 efectivos estacionados en el archipiélago.
La incertidumbre generada por la administración Trump -incluyendo la reducción de ejercicios con Corea del Sur- empuja a Tokio a diversificar.
El acuerdo de 2026 con Australia para probar misiles hipersónicos durante la próxima década, el desarrollo conjunto de Boobook (sistema de vigilancia y detección avanzada de amenazas mediante láser), y la intensificación de lazos con India, Filipinas y el Reino Unido configuran una red de contención en el Indo-Pacífico.
Analistas como Alexandra Sakaki, del Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad, subrayan que este rearme exige también un cambio de mentalidad interna, mientras otras voces plantean que, ante la existencia de vecinos nucleares, Japón podría eventualmente considerar desarrollar esa capacidad.
Los efectos en la comunidad internacional son profundos. China y Rusia denuncian un resurgimiento del militarismo y reivindican las cláusulas de "Estado enemigo" de la Carta de la ONU, recordando el orden de posguerra. La remilitarización japonesa alimenta la percepción de una "otanización" de Asia y eleva el riesgo de escalada en torno a Taiwán.
Al mismo tiempo, consolida un orden multipolar más competitivo, donde potencias medias como Japón dejan de confiar exclusivamente en el paraguas estadounidense. El realismo ofensivo de Mearsheimer predice que la búsqueda de seguridad relativa puede generar inestabilidad sistémica.
El institucionalismo liberal, por su parte, esperaría que redes de cooperación como el Quad (Diálogo de Seguridad Cuadrilateral formado por Estados Unidos, Japón, Australia e India) y un eventual Aukus ampliado (pacto entre Australia, Reino Unido y Estados Unidos, con posible incorporación de Japón) mitiguen el conflicto.
La evidencia actual se inclina hacia la primera lectura. La transformación de Japón no es un simple rearme técnico: es la renegociación de una identidad forjada en el trauma nuclear.
Convertir la defensa en motor económico, adquirir capacidades de contraataque y estrechar alianzas con la potencia que una vez devastó sus ciudades revela tanto la dureza del sistema internacional como la resiliencia de un Estado que, después de ocho décadas, decide que la paz no puede sostenerse solo con renuncias constitucionales.
El riesgo es que, al buscar seguridad, Tokio contribuya a erosionar la estabilidad que el pacifismo ayudó a preservar.
El autor es analista internacional, docente de Ciencia Política, especializado en Seguridad y Defensa en Estados Unidos.












