"La diplomacia no es el arte de la buena voluntad, sino el lugar donde se ajustan, con realismo y sin romanticismos, los intereses nacionales a las correlaciones de poder existentes".
Hong Kong no es Malvinas
Un análisis riguroso de las diferencias jurídicas y de poder explica por qué la estrategia china de 1997 resulta inviable para recuperar las Islas Malvinas.

La frase, atribuida en distintos matices a analistas de la escuela realista como Henry Kissinger y retomada por especialistas en geopolítica contemporánea, resume con crudeza el dilema que enfrenta cualquier intento de trasladar el modelo de Hong Kong a las islas Malvinas.

En los últimos días, el presidente Javier Milei volvió a plantear ante The Economist la posibilidad de un acuerdo de largo plazo inspirado en la retrocesión de Hong Kong a China en 1997. "El Reino Unido hizo esto con Hong Kong, entonces ¿por qué no encontrar el acuerdo para que más tarde o más temprano las islas vuelvan a la Argentina?", expresó.
La analogía resulta atractiva en el plano retórico y moviliza sensibilidades profundas en la opinión pública argentina. Sin embargo, un análisis serio de los datos históricos, jurídicos y geopolíticos muestra que la réplica es, en la práctica, poco factible.
China perdió Hong Kong en el contexto de la Primera Guerra del Opio (1839-1842). Derrotada militarmente por el Imperio Británico, se vio obligada a firmar el Tratado de Nankín de 1842, uno de los llamados "tratados desiguales".
Por él, la isla de Hong Kong fue cedida a perpetuidad al Reino Unido. Posteriormente, el Tratado de Pekín de 1860 agregó la península de Kowloon y, en 1898, el Convenio para la Extensión de Hong Kong arrendó los Nuevos Territorios por noventa y nueve años, hasta el 30 de junio de 1997.
La ocupación no fue el resultado de un simple acto de fuerza aislado, sino de la debilidad estructural de la Dinastía Qing frente al poderío naval y comercial británico. La retrocesión se produjo más de un siglo y medio después. El punto de inflexión fue la Declaración Conjunta Chino-Británica firmada el 19 de diciembre de 1984 por Margaret Thatcher y el primer ministro chino Zhao Ziyang.

El arquitecto conceptual del acuerdo fue Deng Xiaoping, quien propuso la fórmula "un país, dos sistemas". Según esta fórmula, Hong Kong conservaría su sistema capitalista, su moneda, su sistema jurídico y un alto grado de autonomía durante cincuenta años después de la transferencia de soberanía.
El 1 de julio de 1997 el territorio volvió formalmente a la República Popular China, pero Deng Xiaoping no vio el hecho, porque falleció cinco meses antes. El factor decisivo no fue solo la habilidad negociadora china, sino la expiración del arrendamiento de los Nuevos Territorios: sin ellos, el resto de Hong Kong resultaba inviable en términos de agua, espacio y logística.

China, además, había emergido como una potencia en ascenso, mientras el Reino Unido ajustaba sus intereses a una nueva correlación de fuerzas. Existen similitudes superficiales entre ambos casos. Hong Kong fue una colonia británica, mientras que las Islas Malvinas continúan bajo control británico.
En las dos situaciones, un Estado reclamante (China y Argentina) invoca títulos históricos de soberanía previos a la ocupación. Ambos diferendos fueron objeto de atención en foros internacionales y generaron -y en el caso de Malvinas siguen generando- tensiones bilaterales con Londres.
Las diferencias, sin embargo, son estructurales y decisivas. En el plano jurídico, Hong Kong combinaba cesiones a perpetuidad con un arrendamiento de plazo fijo que vencía en 1997. Las Malvinas no tienen fecha de caducidad contractual.
El Reino Unido las administra como Territorio Británico de Ultramar y sostiene el principio de autodeterminación de sus habitantes y el principio de prescripción adquisitiva, principios que la Argentina cuestiona porque se trata de una población implantada y porque nunca dejó de reclamar por su territorio en foros internacionales.
La población actual de las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur desciende mayoritariamente de colonos británicos y se identifica como tal. En Hong Kong, en cambio, la población era abrumadoramente de origen chino y culturalmente vinculada al continente. En términos geopolíticos, el desequilibrio de poder es otro.

En la década de 1980 China ya era una potencia nuclear, con un mercado interno colosal y una proyección creciente. El Reino Unido entendió que resistir la devolución generaría costos insostenibles. Argentina no dispone hoy de una asimetría de poder comparable respecto del Reino Unido.
Londres mantiene una presencia militar consolidada en el Atlántico Sur desde 1982, controla rutas estratégicas y cuenta con el respaldo de aliados occidentales. La causa Malvinas cuenta con el apoyo reiterado del Comité de Descolonización de la ONU y de resoluciones que instan a negociar la soberanía, pero que no han logrado alterar el statu quo porque carecen de mecanismos coercitivos.
El contexto internacional de 1997 es diferente al de 2026. En aquel momento, el fin de la Guerra Fría y el ascenso chino crearon una ventana de oportunidad. Hoy, el Reino Unido enfrenta otras prioridades estratégicas y no percibe presión equivalente para ceder un territorio que considera estratégico. La diplomacia, como recuerda la frase inicial, ajusta intereses nacionales a realidades de poder.
China supo esperar, construyó capacidad y aprovechó un plazo contractual. Argentina tiene un reclamo histórico legítimo y sostenido, pero carece de los mismos instrumentos de presión y de una correlación de fuerzas favorable. Plantear el modelo de Hong Kong como hoja de ruta puede servir para mantener viva la demanda y para generar adhesión interna.
Queda abierta, no obstante, la reflexión sobre si el énfasis actual en el tema responde prioritariamente a una estrategia de largo plazo o si, en un contexto de desafíos económicos y de cara a la reelección de 2027, también cumple una función electoral de reafirmar credenciales nacionalistas.
La historia de Hong Kong enseña que las retrocesiones exitosas no se improvisan: se construyen con paciencia, poder y racionalidad.
El autor es analista internacional, experto en Defensa, docente de Ciencia Política, autor del libro "Malvinas".












