El politólogo Robert Keohane define al terrorismo internacional contemporáneo como "la globalización de la violencia informal". Esa definición cobra una vigencia perturbadora cuando un copiloto, en pleno vuelo comercial con destino a Tel Aviv, apuñala a su comandante e intenta sabotear los sistemas de la aeronave para estrellarla con casi 180 personas a bordo, la gran mayoría israelíes.
El terrorismo desafía la seguridad aérea
El dramático ataque en un vuelo a Tel Aviv expone los límites de la seguridad aérea y el impacto del conflicto en Medio Oriente sobre la población civil. El violento sabotaje una profunda alarma regional y expuso las fisuras de los controles en la aviación comercial actual.

El vuelo FZ1073 de Flydubai, que había despegado de Dubái, se desvió de emergencia y aterrizó en Tabuk, Arabia Saudita, luego de un descenso abrupto de más de 5.000 metros en cuestión de minutos y de la transmisión de códigos de emergencia que incluyeron la señal de interferencia ilícita.
Pasajeros y tripulación irrumpieron en la cabina, neutralizaron al agresor -identificado por fuentes israelíes como una persona de nacionalidad omaní- y evitaron la catástrofe. El objetivo del terrorismo es, por definición, indirecto. No persigue solo derribar un edificio o un avión.
Su fin último consiste en infundir miedo en la población civil después de concretar el acto violento, de modo que esa misma sociedad comience a exigir a su gobierno medidas excepcionales -como concesiones a determinados grupos o la disminución de ataques a otros Estados- para no vivir en un clima de tensión permanente.
El atentado fallido del FZ1073 encaja con precisión en esa lógica. El mensaje no era únicamente la muerte de quienes viajaban, sino la demostración de que ningún espacio -ni siquiera la cabina de un avión de línea regular en una ruta normalizada tras los Acuerdos de Abraham- está a salvo.
El pánico a bordo, los gritos, la sangre y la certeza de que el aparato se precipitaba hacia el suelo cumplen la función de proyectar inseguridad hacia el conjunto de la sociedad israelí y, por extensión, hacia cualquier viajero que se dirija a ese destino. Desde las teorías de la defensa y la seguridad, el episodio ilustra la naturaleza asimétrica de la amenaza.
Juan Gabriel Tokatlian, especialista en seguridad internacional y crimen organizado, ha insistido en que los actores no estatales explotan las vulnerabilidades de sistemas diseñados para confrontaciones estatales y que las respuestas exclusivamente militares o securitarias corren el riesgo de alimentar ciclos de violencia más amplios.
El caso del FZ1073 muestra cómo un solo individuo, ya situado en el corazón del sistema -la cabina-, puede poner en jaque protocolos pensados para amenazas externas. Después del 11 de septiembre de 2001, la aviación civil reforzó de manera radical las medidas de seguridad. Las cabinas se volvieron herméticas, las puertas se blindaron y solo los pilotos conocen el código de acceso.
Durante más de dos décadas se asumió que el peligro principal provenía de pasajeros o de intentos de penetración desde la cabina de pasajeros. Lo nuevo, y lo que evidencia el fracaso parcial del sistema, es que el agresor ya estaba dentro. Las normas y los procesos van detrás de las innovaciones terroristas.
Cada vez que se cierra una puerta, el adversario busca otra vía, como la radicalización de un tripulante, el acceso privilegiado, la sorpresa en el momento de mayor vulnerabilidad.
Algunos testimonios de pasajeros mencionan que el atacante habría gritado "Allahu Akbar" ("Dios es el más grande") durante la agresión. Esa frase, si se confirma, da cuenta de la influencia que determinadas interpretaciones religiosas pueden ejercer en la creación de fanáticos dispuestos a morir y matar. Sin embargo, sería un error conceptual y político considerar a una religión puntual como terrorista.
El fanatismo puede surgir en cualquier tipo de organización social, ideológica o religiosa cuando se combinan resentimiento, percepción de humillación, oportunidad de venganza y justificación absoluta de la violencia.
Reducir el fenómeno a una fe particular no solo es analíticamente impreciso; facilita la estigmatización y dificulta el diagnóstico real de las condiciones que producen individuos capaces de convertir una cabina de mando en un escenario de sacrificio.
El aterrizaje de emergencia en territorio saudí -país con el que Israel no mantiene relaciones diplomáticas formales- añade una capa de complejidad regional. La cooperación práctica que permitió el desvío y la atención a los heridos convive con la profundidad del conflicto israelí-palestino, cuya violencia constante genera oleadas de odio y resentimiento difíciles de frenar.
Cada ataque, cada represalia, cada imagen de destrucción alimenta narrativas de victimización absoluta en ambos lados y proyecta efectos que trascienden la región, como el endurecimiento de posturas, radicalización de diásporas, presión sobre gobiernos lejanos y erosión de la distinción entre combatientes y civiles. El episodio del vuelo FZ1073 no es un hecho aislado.
Es un recordatorio de que, mientras el conflicto histórico entre Israel y el mundo árabe -con la cuestión palestina en su núcleo- continúe sin una salida política creíble, la tentación de exportar ese odio a cualquier escenario transnacional -incluido el cielo- seguirá siendo una amenaza real.
La seguridad aérea puede reforzarse otra vez; el resentimiento profundo y las fracturas geopolíticas regionales, en cambio, exigen una reflexión y una voluntad política que aún no llegan.
El autor es analista internacional y docente de Ciencia Política, especializado en Defensa y Seguridad en Estados Unidos.












