"Es mucho más seguro ser temido que amado, cuando se ha de renunciar a una de las dos cosas". La máxima de Nicolás Maquiavelo resuena en la recta final de las elecciones presidenciales brasileñas del próximo domingo, 4 de octubre. En un país polarizado, el poder se disputa con emociones, redes y las últimas cartas de una campaña que puede definir el rumbo de América Latina.
Brasil decide
Cerca de 160 millones de brasileños están llamados a las urnas el 4 de octubre. Los principales candidatos son el actual presidente Lula da Silva y Flávio Bolsonaro, hijo del exmandatario Jair Bolsonaro.

Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, busca un cuarto mandato. Veterano de casi medio siglo de política, el presidente del Partido de los Trabajadores (PT) defiende un gobierno con evaluación negativa del 40 %, según Datafolha. Solo Jair Bolsonaro enfrentó un muro similar en 2022 y perdió.

Lula apuesta al nordeste, a una coalición amplia y a medidas de impacto: el aumento del 15 % en Bolsa Família, el relanzamiento de Desenrola y la prohibición de las apuestas deportivas y casinos online.
Frente a él, está Flávio Bolsonaro, de 45 años, senador por el Partido Liberal e hijo del expresidente encarcelado. Es el heredero de una marca que genera fervor y rechazo, y es quien logró reducir una ventaja que parecía sólida. Concentra su discurso en inflación, seguridad y costo de vida.

Mantiene una ventaja electoral en San Pablo y Río de Janeiro, y cosecha fuerte apoyo entre ingresos medios y altos. Su campaña, orientada por el publicista Duda Lima, intenta mostrarlo propositivo en medios tradicionales mientras reserva los ataques para las redes.
Las encuestas exhiben un empate técnico. Datafolha otorga a Lula el 40 % y a Flávio el 36 % en primera vuelta. En un eventual balotaje, el 25 de octubre, la diferencia se estrecharía 47 a 45 para el actual presidente, aunque otras mediciones invierten el orden.
El 18 % de indecisos y el voto útil de candidatos menores pueden inclinar la balanza. Según el politólogo Carlos Melo, del Insper, la dinámica de la última semana será decisiva.
El rol de las iglesias evangélicas se ha vuelto decisivo. Flávio Bolsonaro registra un 47 % de intención de voto entre ese electorado, frente al 27 % de Lula. Las redes de pastores y templos funcionan como maquinaria de movilización y difusión de mensajes, especialmente en el Sur y en periferias urbanas.
Estrategas de marketing político subrayan que este segmento, históricamente más permeable al discurso de valores, seguridad y familia, actúa como ancla de la derecha y dificulta la expansión de Lula más allá de sus bastiones tradicionales.

A este contexto complejo se le agrega la polémica con Meta, que añade tensión. El PT denunció que la página de anuncios de Lula en Facebook fue restringida y que su perfil oficial quedó desactivado.
Éden Valadares, secretario de Comunicación del partido, exigió explicaciones a la empresa y no descartó recurrir al Tribunal Superior Electoral. "Representa un grave riesgo para la igualdad de armas", sostuvo el área jurídica.
La medida contra las apuestas online es la última gran carta de Lula. Firmó una medida provisional que prohíbe las bets, actividad que su gobierno había regulado. El sector habría absorbido 62.500 millones de reales de las familias el año pasado. La oposición y los clubes critican el timing electoralista.
Expertos coinciden en que apunta al electorado femenino de ingresos bajos, el más golpeado por el endeudamiento. Los desafíos del último tramo son múltiples: polarización extrema, evaluación negativa del gobierno, escándalos residuales y la incertidumbre sobre el debate final en TV Globo. Ambos se concentran en movilizar a su base y seducir indecisos.
En el PT aseguran que quienes deciden a última hora son, sobre todo, mujeres de ingresos bajos. En el bolsonarismo confían en que el discurso del costo de vida y el respaldo evangélico sigan erosionando al oficialismo en el Sudeste.
Más allá de las fronteras, el resultado tendrá efectos regionales profundos. Brasil es la mayor economía y el actor diplomático más relevante de América del Sur. Una reelección de Lula consolidaría un eje progresista. Una victoria de Flávio podría reforzar la ola de derecha en la región y alterar el equilibrio del Mercosur y del Brics.
Estrategas advierten que la contienda es un termómetro de la polarización en democracias latinoamericanas cada vez más fragmentadas. La historia de Brasil demuestra que el poder no se hereda ni se conserva, sino que se conquista cada día.
En los próximos días no solo se elegirá un presidente; se pondrá a prueba si una democracia puede sobrevivir cuando el pasado se niega a morir y el presente se disputa como un campo de batalla. Por ahora lo único claro es que el veredicto de las urnas no cerrará la herida. Solo revelará su profundidad.
El autor es analista internacional, consultor, docente de Ciencia Política y Marketing Político.












