Miguel Lifschitz nos dejó cuando el mundo giró en una curva tan abierta e incierta que aún no ha terminado de encontrar la recta por la que la realidad debería continuar su curso. Al igual que apuntaba de su época Stefan Zweig en "El mundo de ayer", nuestro tiempo nos ha dado una nueva organización de la simultaneidad pero aún carecemos de pericia para interpelarlo.
Una ucronía para Miguel Lifschitz
Desde su formación técnica hasta su activismo socialista, Lifschitz dejó una marca indeleble en la política, abogando por un socialismo parlamentario firme.

Lifschitz dejó al irse un mundo que ya no existe pero, si pudiera ahora intervenir en el actual, intentaría interpretarlo y modificarlo con las mismas herramientas que utilizó siempre: el pragmatismo que le dio su formación de ingeniero y la creatividad que desarrolló en el campo político.

Cuando Lifschitz era estudiante de la carrera técnica abrazó el socialismo conmovido por el proceso de Salvador Allende en Chile pero, ante la interrupción sangrienta de aquel gobierno por el golpe militar, no dudó en comenzar su militancia activa. Es bueno leer aquel momento en contraste con el actual para entender su modo de pensar la política y su actitud a la hora de ejecutarla.
La década de los años setenta fue un contrapunto psicótico de luces y sombras en el mundo; también en Latinoamérica y en el país. El ciclo keynesiano comenzaba a resquebrajarse; la primavera de Praga y el mayo francés marcaban la evidencia feroz de la fatiga de los materiales a uno y otro lado de las vallas ideológicas.
El fordismo cerraba su ciclo y ya se atisbaban en Estados Unidos las primeras deslocalizaciones. Era difícil preverlo pero el mundo estaba cambiando y se despertaría con la caída del bloque soviético y el amanecer neoliberal.
En la incubación de aquel escenario la violencia brotó en el país primero como utopía y después con la oscuridad distópica de la dictadura. La urgencia, entonces, reclamaba a la izquierda seguir la estela de la revolución cubana. La mesura, sin embargo, era la opción democrática de Allende que se adelantó en eso al programa de Enrico Berlinguer al crear el eurocomunismo -la vía parlamentaria- y romper un dogma.

Es eso lo que ve Lifschitz en los tempranos años setenta, un intangible difícil de vislumbrar para muchos: el socialismo parlamentario. Muchos años después, en el ejercicio del poder, tanto municipal como provincial, desde el pragmatismo creativo supo plasmar esta idea incluso en los proyectos de máxima ampliación del campo democrático, siempre con márgenes limitados para conquistar cada espacio.
La reforma constitucional santafesina es una herramienta que él impulsó y que fue un logro póstumo. Quienes hoy la implementaron son virtuosos ejecutores de su obra y los que la han apoyado ahora, a pesar de no avalarla en su día, rindieron un honesto y justo tributo a su ideólogo político. Esta unidad tardía también forma parte del programa vital de Lifschitz.
La ucronía invita a imaginar cómo gestionaría hoy este momento de disrupción, en medio de una revolución tecnológica que propone un escenario mucho más incierto que el giro vivido en el siglo pasado.
No hay riesgo en pensar que repetiría las mismas pautas que escogió en su juventud: la vía lenta pero firme de una construcción política serena aunque siempre audaz. Consciente de no poder impedir las irrupciones iliberales no por ello las naturalizaría.
No hay duda de que habría, como tuvo en su día, muchas voluntades sumadas a ese propósito. La tarea, entonces, no solo es recordarlo sino intentar construir, aún en el tránsito de esta extenuante curva, un programa similar. Hay referentes: la resistencia de Pedro Sánchez en España, la voluntad perenne de Luiz Lula da Silva en Brasil o la discreta virtud de Yamandú Orsi en la orilla oriental.
Habrá quien piense que es muy difícil hacerlo en un tiempo tan veloz y divergente pero,… ¿alguna vez ha estado detenida la Historia?










